domingo, 31 de enero de 2021

Seguridad Social con un “opt out” privado

Quiero alimentar a los bebés que no tienen qué comer

Quiero darle zapatos a los niños que andan descalzos

Quiero darle un techo a los que viven en las calles

Sí hay solución

Y quiero volar como un águila hasta el mar.

 

Fly Like An Eagle (Seal, 1996)

 


El covid muestra que necesitamos una seguridad social universalcon un opt out privado

 

Existe un clamor popular por conformar una red de protección social y la clase política debe responder. Un interesante artículo de The Economist nos dice que El capitalismo necesita un Estado de Bienestar para sobrevivir, y esto es correcto. El año 2020, para ralentizar la propagación del coronavirus, gobiernos como el de Reino Unido hicieron algo inédito: un Furlough Scheme con el fin de pagar a todos los afectados por el confinamiento un 80% de su sueldo, lo que constituye un histórico hito en la consolidación de una seguridad social universal. 

 

Existen dos grandes escuelas de pensamiento para abordar esta cuestión. Tenemos primero el esquema “bismarckiano”, por así decirlo, concebido en Alemania bajo Otto von Bismarck, con el objetivo de fomentar un nation-building para consolidar el poderío del Reich y apaciguar a las clases medias ante el miedo al socialismo. Este modelo alemán consiste en que el Estado otorga subsidios proporcionales a los aportes de cada contribuyente. Es decir, los que más pagan, más beneficios reciben. 

 

Por otro lado tenemos el esquema británico “beveregiano”, diseñado por Sir William Beveridge, un economista liberal, plasmado en su brillante e icónico Reporte Beveridge, publicado en 1942, durante lo más cruento de la 2a Guerra Mundial. Su objetivo a diferencia del sistema alemán, era la universalización de la seguridad social con un pago plano para todos por igual, no proporcional a los ingresos. Su objetivo último era curar las heridas del esfuerzo de guerra y evitar un estallido social una vez derrotados los nazis. Dicho en simple, su finalidad era entregar ayudas universales a todos los ciudadanos por igual. 

 

En este post,  Chile Liberal sostiene que la Nueva Seguridad Social chilena debe ser universal, rescatando la filosofía liberal beveredgiana, pero corregiendo sus defectos mediante la incorporación de elementos individuales según el aporte de cada cual, siguiendo los principios bismarckianos. Y tal como ocurre en Alemania, los ciudadanos deben ser libres de contrarar seguridad mediante prestaciones privadas.

 

Sí necesitamos seguridad social

Beveridge identificó en 1942 los “5 Gigantes” que debían combatirse: “necesidad, enfermedad, ignorancia, suciedad y ociosidad”. Su formula para luchar contra todo esto consistía en la universalidad de la asistencia social y ponerle fin al infame “Means Test”, en vigor hasta ese entonces, es decir, acabar con la verificación de la necesidad de los demandantes como condición para entregar beneficios.

 

Ya antes George Orwell, escritór británico (autor de “1984”, Granja Animal, etc.) dedicó largas páginas de su extraordinario ensayo “Road to Wigan Pier” a denunciar las nefastas consecuencias del Means Test, que en los agitados años 30 movilizó a las masas para exigir su abolición. Orwell viajó por las desoladas ciudades industriales y mineras del norte de Inglaterra y contó su experiencia de convivir con los mineros y los obreros (algo que desde la ficción novelística hicieron otros como Émile Zola con “Germinal” o el chileno Baldomero Lillo en “Sub Terra” — este último nos relata la miseria en Lota, un Wigan chileno). Ocurre que en Inglaterra para recibir asistencia social la gente debía atestiguar que es pobre, y los inspectores de la seguridad social llegaban incluso a entrar a las cocinas de la gente para comprobar que no hubiese un solo pedazo de carne en sus ollas, porque si encontraban, les quitaban las ayudas, lo que incentivaba a la gente a preferir la miseria. 

 

Lejos de ser un socialista o un justiciero social, Beveridge velaba por un funcionamiento eficiente de la economía. En su reporte veía en la universalización de la asistencia social una manera de incentivar el empleo.

 

El problema fundamental que ocurrió luego en el Reino Unido es el estigma que acarrea el hecho de demandar el dole, como se llama al seguro de cesantía. Recordemos la inolvdble escena Hot Stuff de la película Full Monty.

 

Otro inconveniente es la burocracia estilo soviético, algo que vimos en I,Daniel Blake, del cineasta Ken Loach. Peor aún, la seguridad social británica se pensó y diseñó en un mundo que necesitaba mucha mano de obra poco calificada para la reconstrucción nacional y donde el desmpleo era una catástrofe y algo raro.

 

En cuanto al estigma, las clases medias británicas creen que son ellas las que pagan para que los pobres unos flojos irredimibles sigan regocijándose en la vagancia. El extraordinario documental  Benefits Britain causó estupor nacional cuando llegó incluso a discutirse en el Parlamento. Para las estrujadas clases medias, la seguridad social no les da nada. A los pobres, les da todo. Esto solo refuerza el estigma y crea un desdén social insoportable.

 

Por otro lado, con el Furlogh Scheme aprendimos que es bastante complejo ir a buscar a la gente para devolverle su dinero porque el sistema está hecho para extraer recursos del ciudadano para alimentar la máquina burocrática, pero no funciona en sentido contrario. Ya para recibir el dole es necesario atravesar una serie kafkiana de verificaciones, y las ayudas no sobrepasan un 15% del ingreso límite de la pobreza.

 

En Alemania, en cambio, la asistencia social recibida bordea el 60% de los ingresos del demandante. Los sindicatos tienen como objetivo coordinarse con los patrones para formar y reconvertir a los empleados despedidos, y aún más interesante, la gente puede decidir si quiere cotizar fuera del sistema estatal y contratar a privados. En medio del debate constitucional en Chile, cabe destacar que la Constitución Alemana fue escrita bajo la ocupación Aliada y los norteamericanos le impidieron al Estado acaparar todo el poder (el subtexto es que nunca más podrá haber un Hitler) por lo que el Estado central alemán debe dar cabida a entes privados.

 

Lo anterior redunda en que en Alemania nadie se avergüenza de ir a reclamar un cheque, como le ocurría a los desempleados en Full Monty. Eso nos parece muy bien.

 

Para evitar la monstruosa burocracia que nos muestra Ken Loach en I, David Bake, lo lógico sería eliminar todo el aparataje inútil y hacer una transferencia directa a las cuentas individuales de los ciudadanos.

 

Urge además romper el lazo entre aporte individual como condición para el seguro de cesantía cuando hoy sabemos que el empleo de por vida fue un espejismo de la posguerra: hoy no existe el empleo vitalicio, ya no se ven los premios que le daban a nuestros padres y abuelos cuando cumplían 10, 20 o 30 años en la empresa.

 

Si somos inteligentes podemos hacer que el Estado pueda entregar una cantidad igual al límite de la pobreza, lo que responde al esquema beveredgiano, y según la contribución de cada cual se da más a quienes han pagado más al sistema, como lo vislumbrara Bismarck.

 

El covid obligó a hacer esto a la rápida pero abre ya un camino hacia una optimización y universalización de las ayudas sociales. Hoy es necesario porque a la gente se le obligó a confinarse pero acabada la pandemia seguiremos viendo que el desempleo es parte natural de la vida activa de todos. La gig economy es inherentemente inestable, y el Estado, con la participación de privados, puede ser vital para el correcto funcionamiento de la economía y asegurar prosperidad y estabilidad social.

 

En Chile tenemos un problema adicional y es que enormes sectores de la población viven en la informalidad. E incluso teniendo recursos es imposible llegar a ellos directamente sin pasar por los alcaldes, autproclamados adalides del pueblo en su lucha contra las élites. De paso se roban toda la ayuda y entregan apenas unos paquetes de fideos. Este desorden y despilfarro deben terminar.

 

La Nueva Constitución quizás— deba mencionar la seguridad social. De todos modos, el mundo moderno la sigue necesitando hoy tanto como en la época del Londres dickensiano de la Revolución Industrial, o como en el Norte de la Francia de Zola, o en la Lota de los mineros de Baldomero Lillo que bajaban al Chiflón del Diabloasí como hoy en Puente Alto y sus hacinados pobladores en tiempos del covid. De paso, ahorraremos mucho en gasto público.

 

 



sábado, 24 de octubre de 2020

Un voto Apruebo: Por una Democracia Total

 

I'll tip my hat to the new Constitution
Take a bow for the new revolution
Smile and grin at the change all around

 

–“Won’t Get Fooled Again” (The Who, 1971)

 

 

Urge una Constitución post-socialista que resuelva la brega entre el pueblo y las élites

 

La Constitución de 1980 resolvió mediante la fuerza bruta el gran conflicto ideológico del siglo 20, que fue la pugna entre el socialismo y  la libertad, con la consagración constitucional del rol subsidiario del Estado. Pero a pocos años de su promulgación cayó el Muro de Berlín, colapsó estrepitosamente la Unión Soviética, hubo una estampida de balseros cubanos hacia Miami, y el socialismo real llegó a su fin. De paso, la Constitución chilena que impedía el socialismo quedó obsoleta.

 

Pero eso poco importó. Se  hizo un recauchaje a la Constitución y recuperaríamos la democracia -- o un sucedáneao. Comenzaban los años ’90 y EEUU se erigió como el gendarme del mundo. Francis Fukuyama anunció el fin de la Historia, y el autor francés Philippe Muray famosamente declaró el nacimiento del Homo festivus y la "salida de la Historia". Tuvimos Internet con módem y Napster. Estábamos de jauja. En Chile, de hecho, con la Concertación capturamos el zeitgeist e inventamos la Tercera Vía antes que Bill Clinton y Tony Blair. 

 

Pero el conflicto de nuestra era ya no es la brega entre la tribu ideólógica que pregona el control totalitario del Estado versus los otros que buscan abolirlo. Hoy, lo que define a nuestra era es la lucha entre el pueblo y las élites.

 

El orden constitucional actual no logra resolver este problema, que nos acompañará por un buen tiempo. Antes podías llamar a la cúpula sindical o hacerle guiños a los líderes de la izquierda dura y apaciguabas los ánimos. El ciudadano de a pie en la actualidad no se siente identificado con ellos, al contrario, los aborrece.

 

El quid del asunto es cómo distribuir el poder para que las leyes del mercado no se conviertan en la ley. Cómo devolverle poder a la ciudadanía, que ya está empoderada. Cómo hacer que las elecciones sean reales y no una coreografía dirigida por los dueños del dinero, que como titiriteros manejan a los legisladores y a la opinión pública con los medios de comunicación.

 

La Constitución actual es un entuerto que sobrevivió su fecha de vencimiento. En Chile Liberal queremos un balance de poderes para que el Congreso no sea una escribanía del Presidente, para que el poder no resida en una fantasía etérea  sino que en un ente real como el Parlamento. La destrucción schumpeteriana debe ser institucionalizada.

 

El Brexit en el Reino Unido fue una rebelión popular, pero civilizada. Los británicos no arrancaron los leones de Trafalgar Square, ni botaron la columna de Nelson, ni pintarrajearon la National Gallery. A la señora Theresa May la echaron de una merecida patada en el poto sin Hawker Hunters bombardeando 10 Downing Street. A eso debemos aspirar. Y noten que en el Reino Unido no hay una Constitución escrita como tal.

 

Sinceramente, subyace algo grotesco y absurdamente cartesiano en querer escribir las leyes de un país y luego pasar años, décadas, o siglos discutiendo si el texto dice esto o lo otro. EEUU aún se desangra por el derecho a portar armas como si aún fuesen una tierra salvaje donde la ley la hace el más rápido del Oeste. Una Constitución debe ser flexible y capaz de adaptarse a su era.

 

Más aún, otro gran problema de nuestra época, como incluso lo vemos en la designación de un nuevo juez de la Corte Suprema de EEUU por parte de Trump, es que hoy en día también gobiernan los jueces mediante su inventiva para tomar textos legales, retorcerlos y hacerlos hablar y decir lo que ellos quieren que digan. Si hay algo tan terrible como el gobierno de los dueños del dinero es el gobierno de los jueces. Ambos son inherentemente antidemocráticos, porque lo ejercen quienes no han sido elegidos.

 

El gobierno debe ejercerlo la ciudadanía mediante sus representantes, sin las tutelas y cortapisas que por años toleramos pero que ya se volvieron intolerables. Se nos dice que la Constitución de 1980, que contenía el nefasto Artículo 8º entre otras bazofias, ya ha sido reformada 500 veces. Bueno, si el texto necesita tanto arreglo es porque en esencia es penca. Hay que cambiarlo. Necesitamos una democracia total.

 

Para eso, Chile Liberal vota Apruebo. Para producir una Constitución breve, neutra y duradera por al menos 40 años, y esperamos que una Convención Mixta obligue a los políticos  trabajar por los ciudadanos que los eligieron.