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lunes, 9 de enero de 2012

Sí a la tasa Tobin

Una idea poco ortodoxa desde una perspectiva purista, pero necesaria

En 1971, el economista norteamericano James Tobin propuso aplicar un impuesto prácticamente imperceptible a las transacciones bancarias. El 2012, el presidente francés Nicolas Sarkozy y su homóloga alemana, la canciller Angela Merkel, han manifestado su interés en poner en práctica la "tasa Tobin", conocida también en francés con el pomposo nombre de taxe sur les transactions financières.

Como es de esperarse, la furia de la escuálida banca francesa se manifestó de inmediato, más aún porque Nicolás Sarkozy está decidido a aplicar esta tasa. Merkel dice que lo planteará a su gabinete. En Frankfurt, los banqueros también han expresado su rechazo. En la City, el mayor centro financiero del mundo, el rechazo es categórico. The Economist se ha plegado a las quejas y también ha planteado su frontal oposición. Como el nuestro es un sitio de juicio independiente, nos desmarcamos de esta tendencia y estamos a favor.

No sé si se habrán dado cuenta quienes se oponen, pero las finanzas europeas exhiben un forado de proporciones exorbitantes. Los gobiernos necesitan sacar dinero de alguna parte y la tasa Tobin ofrece varias ventajas. La primera es que cumple con la condición necesaria de todo impuesto para ser practicable, y es que es fácil y barato cobrarlo. Esta condición es la misma por la que se aplica, por ejemplo, el IVA, con toda seguridad el impuesto más maldito que existe. La tasa Tobin puede recaudarse ya que es sencillo rastrear con medios informáticos los flujos de capital que se efectúan cada jornada.

Segundo, y más importante, es un impuesto altamente progresivo, en otras palabras, lo pagan realmente quienes más tienen: lo grandes financistas. El monto de la tasa en sí es bajísimo, apenas un 0,1$%, pero considerando el volumen de las transacciones por parte de las entidades bancarias, permite en conjunto obtener bastante dinero justamente a partir de quienes han recibido el generoso aporte del contribuyente para continuar la necesaria actividad financiera que el sistema de mercado necesita.

Los puristas, desde luego, están furiosos. Pero esa rabia esta mal focalizada. La razón para implantar la tasa Tobin no es el desprecio a la actividad financiera —el cerebro que pone capital ahí donde no hay y facilita la inventiva típica del capitalismo—, sino que la necesidad imperiosa de sacar dinero para tapar el orificio que abrió en la deuda soberana europea en el controversial rescate de la banca.

La aplicación unilateral de esta tasa sería suicida por parte de Francia. Es indispensable que se una Alemania, y por eso, la señora Merkel de una vez por todas debe mostrar liderazgo. Su excesiva cautela es irritante. Si el motor franco-alemán lo pone en marcha, la UE lo seguirá y la City tendrá que plegarse, con la intención de que luego se aplique a escala mundial. 

Es falso que la industra financiera emigrará como las golondrinas de un lugar bajo la tasa Tobin a otro libre de ella, porque por su naturaleza los centros financieros no son fácilmente desmontables. Hay una tradición y una expertise en Londres que no puede mandarse a cambiar así nomás a Dubai o a Suiza. Sarkozy lo sabe y ha mostrado extraordinaria audacia y liderazgo, tal como mostró en la liberación de Libia. Nada de mal cuando se aproximan elecciones presidenciales.

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