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domingo, 3 de diciembre de 2017

Crítica literaria: "Origin", de Dan Brown

Otro best seller que nos deja pasmados


Where do we come from?
Where are we going?

La última entrega de Dan Brown, "Origin", resultó ser para mí, un fan confeso del autor de El Código Da Vinci, otra excelente lectura. Era que no. Esta vez el intrépido profesor Robert Langdon aparece en el Museo Guggenheim de Bilbao para asistir a una rueda de prensa organizada por su ex alumno Edmond Kirsch y como se imaginarán nuestro héroe acaba en un torbellino de aventuras resolviendo los más complejos acertijos en lugares atiborrados de historia en medio de alambicadas simbologías.

Dan Brown aborda esta vez el tema del origen de la vida en nuestro planeta. Nade de temas menores pues. El punto neurálgico de la novela es el Experimento de Miller y Urey. El autor da vida a un joven y excéntrico magnate, Edmond Kirsch, un híbrido entre Elon Musk ⎯fundador de Tesla⎯ y Steve Jobs, y quien además fue alumno de Langdon. El iconoclasta emprendedor convoca a la prensa y a todos los internautas del planeta vía YouTube para anunciar una noticia escalofriante que remecerá los cimientos de la humanidad.

La narración comienza en el Monasterio de Montserrat, en las colinas que rodean Barcelona, donde Kirsch ha primero develado en hermético secreto su tremendo notición a los principales pontífices de las religiones abrahámicas para así advertirles que el anuncio por transmitirse dentro de unas pocas semanas desestabilizará a los creyentes y borrará las religiones de la faz de la Tierra. 

La tensión va en aumento y a medida que las páginas, galopantes, se suceden unas tras otras van apareciendo personajes asesinados y vemos hasta atentados terroristas. Dan Brown en todo su esplendor. El lector queda inmediatamente enganchado: todo apunta a existencia de una prueba contundente, fehaciente e inapelable de que dios no existe.

El punto fuerte de las novelas de Dan Brown como todos sabemos es no dar tregua al lector. El fondo importa más que la forma. La prosa es pulida sólo para que el contenido de deslice con fluidez. Los que denuestan a Brown por una supuesta falta de valor literario son necios. El autor americano nos sirve una refinada hamburguesa gourmet. Si tu paladar artístico sólo admite platos de restaurantes con estrellas Michelin, pues ya tienes la literatura de Ian McEwan.

Los únicos que pueden abiertamente desacreditar a Dan Brown son los creyentes, a quienes desde luego le aparencen ronchas en sus ultrasensibles epidermis. Por ejemplo, el discurso de presentación de Kirsch es una punzante diatriba contra las religiones y sus mitos sobre el origen del mundo (hay algunas referencias al profesor Richard Dawkins y al filósofo Sam Harris ⎯ habitués de Chile Liberal).

Para todos los amantes de los buenos libros, es imposible no dejar de googlear mientras lees sus novelas, luego tienes que ir a la biblioteca, y finalmente quieres visitar los lugares donde se lleva a cabo la trama. París vivió una avalancha de turistas producto de El Código Da Vinci. En lo personal, tuve la dicha de visitar Florencia hace poco: Inferno fue una de las razones para querer ver y sentirme, aunque sea un poquito, un pequeño profesor Robert Langdon.

Si bien valoro con una nota muy alta esta nueva novela, la única apreciación negativa es que Dan Brown sabe demasiado bien que los productores de Hollywood esperan ansiosos sus historias para llevarlas a la pantalla grande. La literatura mediante palabras crea imágenes en la mente. El cine muestra las imágenes ya hechas pero no resuenan como las palabras. A veces da la impresión de leer un guion y no una novela. Por ejemplo, la acompañante de Langdon en esta ocasión es Ambra Vidal, la glamorosa directora del Museo Guggenheim, y basta su primera descripción para saber que es Penélope Cruz. Pero esto en nada opaca una novela absolutamente recomendable.

Desde antes que el ser humano haya inventado la rueda o dominado el fuego, cuando no existían ni la imprenta ni los teléfonos inteligentes, nos hemos como especie las mismas preguntas: ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿hacia dónde vamos?, ¿cuál es el origen de la vida? Los científicos y filósofos se han ocupado de aquello a lo largo de la historia, así como todos nosotros en algún momento nos hemos planteado esas inquietudes existenciales. Un novelista hoy nos dice que encontró la respuesta. En una de esas, capaz que la ficción sólo se haya adelantado a la realidad.

lunes, 19 de enero de 2015

Soumission


"El islam es, reconozcámoslo, la religión más estúpida del mundo"
Michel Houellebecq

El célebre novelista francés Michel Houellebecq imagina una Francia sometida al islam, y de paso, es relegado al silencio 
¿Qué sería de la literatura universal sin Francia? Sería algo así como una buena comida pero sin quesos. Las letras francesas han deslumbrado por su excelencia y su capacidad de remecernos. Y esclarecernos. Hoy, el autor francés más leído en todo el mundo es Michel Houellebecq, quien el fatídico 7 de enero pasado lanzó "Soumission" ⎯sumisión⎯, su último opus, esta vez una ficción política: en un futuro inmediato un musulmán moderado sería elegido Président de la République y comienza a imponer una versión lenta pero segura de la ley charía. La novela comienza con una Francia sacudida por constantes ataques de terroristas islámicos. Paradojalmente, pocas horas después de iniciar la gira promocional de su libro, que comenzó con una entrevista radial, una célula islamista impactó a Francia y al mundo al asesinar a los principales colaboradores del periódico satírico Charlie Hebdo. 

Nuestro autor ha sido acusado de misántropo, misógino, pervertido, panfletario, pornógrafo, racista, nihilista... por dar sólo una lista breve. Es decir, es un autor interesante para Chile Liberal. Ha incursionado en la poesía y también el cine con la curiosa e inquietante cinta "El secuestro de Michel Houellebecq", que desató el frenesí entre sus fans pero que fue catalogada unánimemente por los especialistas como una completa basura. Hoeullebecq fue galardonado el 2010 con el prestigioso premio Goncourt, que le significó al enfant terrible pasar al Olimpo de las letras francesas y ser condecorado y finalmente aceptado por el establishment literario francés. 

Dentro de las muchas extravagancias de nuestro novelista se cuenta un autoexilio en Irlanda. Lejos del estilo super-sofisticado del boulevard Saint-German-des-Pres, donde pululan Bernard-Henri Levy y muchos otros glamorosos intelectuales galos, Houellebecq eligió marginarse en la bucólica y poco glamorosa Irlanda. "Este clima va con mi personalidad", declaró. ¿Qué clase de persona se larga a vivir a Irlanda? Quien escribe trata de mantener un talante imparcial pero debo ser honesto: soy un Houellebeliever. 

Sometidos y sumisos
¿Seremos Sometidos? Antes siquiera de ser editada, su novela ya causó estragos y polémicas varias. El libro fue robado, pirateado y distribuido ilegalmente en PDF antes del lanzamiento oficial. Aguanté pacientemente hasta el momento anunciado para el lanzamiento salvo que Chanchi se consiguió un ejemplar con un día de anticipación (por eso me casé con esa mujer). La lectura fue brutalmente interrumpida por el ataque cobarde a Charlie Hebdo, que me dislocó espiritualmente. Pero anoche finalmente acabé la lectura y uso esta tribuna para dar mi parecer. 

"Usted es un gran escritor, y un gran escritor tiene grandes responsabilidades", le increparon a Houellebecq durante una aparición en el noticiario dominical de France2, el equivalente a 24 Horas de TVN. Ciertamente, es un grande, y el libro es una obra mayor. Soy honesto y también admito que su última novela no está a la altura de Partículas elementales, El mapa y el territorio, o Plataforma. Pero es el gran lanzamiento del año. El estilo sencillo de la prosa houellebecquiana brilla en todo su esplendor. Fina, de una elegancia balzaquiana, contrasta absolutamente con el aspecto demacrado y cada vez más arruinado del autor (vean la foto arriba). 

El personaje central es el usual héroe de Houellebecq: nihilista, asiduo cliente de prostitutas. Ahora se llama François, un tipo que se alimenta de comida descongelada en el microondas, que pasa su vida leyendo novelas en su cama, cigarro tras cigarro, ahogado en alcohol e irresponsabilidad. Su interés en política es nulo. Su profesión es la de catedrático de letras de la Universidad de La Sorbona, cuya tesis doctoral sobre Joris-Karl Huysmans es referencia mundial. De hecho, Houellebecq gracias a François revive a aquel autor decimonónico que ahora despierta la curiosidad de miles. Este escritor era un sujeto atormentado, que pasó del satanismo a convertirse en monje católico. Murió como religioso en la abadía más añosa de Francia. 

Narrada como un monótono relato en primera persona, Soumission sólo deja entrever la tensión político-religiosa en la campaña presidencial del año 2022, relatada a la distancia por François. Hollande ganaría la próxima elección pero el país se despedaza en el caos socioeconómico. François sólo sigue dedicado a lo suyo: sus libros, sus escritos sobre Huysmans, y las prostitutas y el alcohol y el tabaco. En la elección siguiente el Frente Nacional llega al balotaje y la única forma de detenerlos es votando por una gran coalición de derecha e izquierda, liderada por un musulmán, el carismático Ben Addes. 

Por su parte, el profesor François encuentra algo similar al amor convencional con una alumna (mucho más joven) judía, pero ella debe huir de Francia ya que el antisemitismo se vuelve insoportable y se refugia en Israel. Un día ella le escribe un mail y le dice que "conoció a alguien". Es un tópico houellebecquiano el mostrarnos a un puerco inmoral que parece descubrir el amor, pero los musulmanes acaban por destruir la relación y nuestro héroe termina devastado. 

En la ruina económica, Francia vende La Sorbona a los saudíes, que la transforman en la Universidad Islámica de La Sorbona. La única forma de proseguir su carrera en la nueva Francia es él mismo convirtiéndose al islam, como se exige para todos los altos cargos públicos. La propia palabra "islam" significa "sumisión", sumisión total de la mujer al hombre, y del hombre a Alá. Si François acepta someterse o no lo dejaré en puntos suspensivos para invitar a los lectores de Chile Liberal. 

Permea cada hoja de la novela la pesadumbre, la melancolía, la miseria moral, la tragedia inminente, pero asumida con estoicismo. La tristeza y la desesperanza es la tónica. Mucho de Michel Houellebecq hay en François, y mucho también en Michel, el personaje central de Plataforma, novela favorita de Chile Liberal. El Michel de Plataforma es un turista sexual que viaja a Tailandia para contratar prostitutas, mayores de edad o no poco importa. Michel es el estereotipo del hombre occidental acabado. Pero descubre el amor en Valérie, una mujer que lo trae a la vida. Prosiguen su relación en París donde Michel parece aspirar a la felicidad, hasta parece capaz de enamorarse. El lector se compadece de él y se alegra. **Ahora viene un spoiler, pueden dejar de leer este párrafo y saltar al siguiente** Pero en un atentado perpetrado por terroristas islámicos Valérie es brutalmente asesinada. La novela abruptamente llega a su fin. Michel es destruido por completo, y acaba sus días escribiendo libros, confinado en su tristeza, ahogado en alcohol. 

Michel Houellebecq es un tipo complejo, huraño, y como podemos imaginarnos tiene muy pocos amigos. Hay veces que la vida imita al arte. Uno de los pocos amigos de Houellebecq es Bernard Maris, un reconocido economista, comentarista radial y columnista, autor del libro Houellebecq Économiste. Bernard Maris era conocido por ser uno de los columnista más brillantes de Charlie Hebdo. 

Y sí amigos lectores. Bernard Maris fue asesinado vilmente por los terroristas islámicos el pasado 7 de enero, día del lanzamiento de Soumission. Devastado, Michel Houellebecq anunció la anulación de toda actividad promocional de su libro y se encuentra recluido en algún lugar de Francia bajo protección policial. No obstante ha hecho una aparición pública en Alemania donde fue recibido triunfalmente. Cuando la vida imita al arte, lo hace con una brutalidad apabullante.
Houellebecq era portada de Charlie Hebdo el día del atentado terrorista

jueves, 8 de enero de 2015

Je Suis Charlie

Ayer en París un grupo de salvajes irrumpió en las oficinas de Charlie Hebdo, un irreverente y satírico periódico, y acribilló a 12 personas, incluido el director y los más prominentes caricaturistas de dicho medio. ¿Cuál fue el motivo para esta barbarie? Haber publicado imágenes burlescas y escatológicas del profeta Mahoma. Ya hablamos en el post anterior del aniconismo.

La consternación, la pena, la rabia, el desconsuelo, la indignación, la solidaridad, la impotencia, todo se ha mezclado. Todo, excepto el miedo.

Sí, porque no nos dejaremos intimidar. La gente, incluido quien escribe, ha salido espontáneamente a las calles para manifestar su pésame y por sobre todo para expresar el compromiso irrestricto de nuestra civilización con uno de nuestros más preciados valores: la libertad de expresión. La libertad de expresar aquello que incomoda ⎯ incluso aquello que no debe decirse. En una sociedad libre nadie es intocable ni nadie debe escapar a la sátira. 

¿Se buscó los problemas el equipo de Charlie Hebdo? No. La sátira y la burla son parte esencial de toda sociedad sana. Es el precio a pagar por disfrutar de los beneficios de la libertad de expresión. Ninguna creencia puede responder con balas ante las palabras o las imágenes. A no ser que dicha creencia sea de naturaleza tan inherentemente soez que justifique una masacre. 

El sábado se anuncia una jornada nacional de movilización, silenciosa como la de ayer y hoy, para nuevamente repudiar este crimen abominable, inexcusable, e injustificable. E incomprensible. Volveremos a salir a marchar para que todo el mundo sepa que tú y yo somos Charlie, y que las balas criminales no lograrán silenciarnos jamás.


sábado, 3 de enero de 2015

Éxodo: La ficción se reinventa


Se estrena la película Éxodo, de Ridley Scott, y ya es censurada en tres países
Este año ha sido durísimo y decidimos con Chanchi sólo cenar en casa y beber champaña con moderación. Aunque los franceses tienen un dicho: todo con moderación ⎯ incluso la moderación. El día de año nuevo lo pasé con un dolor de cabeza monumental. No sólo por el exceso de Blanc de Blancs, sino por el afecto adverso que produce en Vuestro Humilde Servidor las malditas películas 3D. Sin nada muy extraordinario que hacer en medio del suave invierno en la costa Mediterránea, partí a ver el aclamado film de Ridley Scott Éxodo: dioses y reyes.

La peli es buena. Una obra de ficción basada en otra obra de ficción, un best seller de la Antigüedad llamado Éxodo, o Libro de Shemot en la tradición judía. Se nos relata la historia de un bebé extranjero salvado por su madre al depositarlo en una cesta para librarlo de  una matanza de niños, dictada por un rey para eliminar a un supuesto profeta recién nacido. Luego el bebé se convierte en un poderoso hombre del establishment, pero cuando descubre su verdadera identidad se consagra a la liberación de su pueblo sanguíneo. Puede parecer evocativo, y lo es, pero lamentablemente poco original: Moisés no es sino un refrito de otra historia, la de Sargón I de Acad. No diremos que es un plagio, sino más bien una adaptación. Así como, sólo por dar uno de mil posibles ejemplos, Millenium es un film sueco y existe una adaptación gringa, Moisés es la adaptación hebrea del rey Sargón, a su vez la adaptación mesopotámica de otro profeta-rey-legislador, Manu, autor de las leyes de Manu, también salvado de las aguas como Moisés, y también receptor de leyes y mandamientos varios. 

Es tentador desechar todas estas historietas como unos mamarrachos atávicos sin lugar en nuestra civilización, pero al menos los judíos tenían, como declaró el novelista francés Michel Houellebecq un enorme talento literario, por lo que les perdonamos muchas cosas.

Aclarado lo anterior, vayamos al grano. Ridley Scott (Alien, Gladiador), vuelve con una obra épica que nada envidia a los relatos bíblicos precedentes como Los diez mandamientos, de la edad de oro de Hollywood. Hoy no tenemos a un Charlton Heston como Moisés sino a Christian Bale (Batman), quien no sobreactúa ni nos hace creer que cada segundo es épico, sino que interpreta a un hombre de carne y hueso como cualquiera, un mortal, confrontado a una realidad familiar y a un enorme conflicto personal: abandonar su sencilla familia, luego de haberse alejado del centro del poder en Memphis (y de su omnipotente familia adoptiva), para salvar a su verdadero pueblo, el hebreo, de la esclavitud egipcia. Así como la narración de historias evoluciona, no sólo la tecnología sino la calidad de los relatos también madura. Scott nos muestra a un Moisés real, más bien político que místico, que organiza atentados cuasi terroristas y dirige escuadrones de guerrilla urbana para desestabilizar a Faraón, su ex primo Ramsés II, y así liderar el gran éxodo de los esclavos hacia Canáan, la Tierra Prometida, donde finalmente vivirán en libertad. Historia inspiradora y emocionante, y ahí estaba yo viéndola, con resaca, comiendo cabritas y con aspecto de huevón con esos feos lentes 3D.

Al comienzo de la película Scott nos aclara que estamos en el siglo 11 antes de la Era Común, lo que es acertado ya que sería altamente incendiario hablar de "antes de Cristo". Chile Liberal no emplea dicha nomenclatura, por inexacta. Y estúpida. 

Lo valioso, como esbozamos en el párrafo anterior, es el Moisés real. Cuando él supuestamente habla con dios, Scott nos presenta a un niño. Conminado el pequeño por Moisés a aclarar quién es, él responde ⎯controversialmente⎯ yo soy, alusión directa a Éxodo 3: 13-14, única escena del Pentateuco y de la Biblia en general en que dios dialoga directamente con un ser humano. La respuesta fiel al original habría sido "yo soy el que soy" (traducción= déjate de preguntar weás weón, esto no es paja mental filosófica sino una historia para el populacho). En hebreo es Yavé, o Jehová. Esta escena, conocida como la escena de la revelación en la zarza ardiente (vemos un matorral quemándose en la película), nos revela al Moisés según la tradición abrahámica, es decir, como un profeta, y en calidad de tal es reverenciado por moros y cristianos (valga la redundancia). 

Aquí el amigo Ridley Scott está jugando con fuego. Para los musulmanes el aniconismo es serio, es decir, está estrictamente prohibido no sólo representar a profetas, como Mahoma, sino que figurar a dios es un sacrilegio, al menos para la rama sunita (la ortodoxia chíita muestra un mínimo de flexibilidad al respecto). Los productores quizás pensaron que mostrando a un niño esquivarían la censura, pero no fue así: en Marruecos, país poco ortodoxo en estas materias, en primera instancia se aprobó la obra pero pidieron a Scott remover o retocar esa escena en particular. El director británico se negó y la película está guardada en alguna bodega de los censores, pero no es proyectada en ninguna sala. 

En Egipto, por su parte, mostrar a los hebreos como los esclavos que construyeron pirámides, esfinges y todos sus grandiosos monumentos cayó como bomba. La película tampoco pasó los tijerazos de los censores. O sea, la revolución de la Plaza Tahrir el 2011 valió callampa.  OK, es cierto que en la época del film todos estos monumentos ya estaban construidos y no existe huella de que pueblo semita alguno fuera esclavizado y haya forjado estas obras, lo que constituye uno de los muchísimos errores históricos de Éxodo ⎯ tanto del libro como de la película. Pero insistir en inexactitudes o en la poca historicidad de los personajes en cuestión es una mezcla de pedantería y necedad. Estamos ante todo frente a una obra de ficción basada en vagos indicios históricos, a lo sumo en relatos místicos de los que ya sabemos no hay ni pizca de evidencia. O sea, no jodan. (En Emiratos Árabes el film fue censurado pero ya no me da el cuero para entender por qué, averigüen ustedes solos. Sorry)

Un poco más preocupante es que en Egipto se le ha considerado a Éxodo un film sionista. El pueblo hebreo, perseverante y oprimido, lucha infatigablemente por su liberación de Egipto, la potencia mundial de la época. Consideremos que ya en 1967 y 1973 Egipto e Israel se declararon dos sendas guerras. Scott toca un tema de alta combustión.

Desde la cosmovisión cristiana occidental, la de nuestro blog, Scott nos presenta una perspectiva agnóstica. Cuando Moisés habla con dios (el niño), a veces es observado a la distancia por su hermano Aarón. Este sólo ve a su hermano hablando sólo, como preguntándose si acaso no sufre de algún trastorno. La dinámica entre su hermano, el consejo de ancianos hebreo y del pueblo en general es que el conflicto es una cuestión elemental que ha preocupado a nuestros ancestros desde tiempos inmemoriales: la libertad. La única forma de emanciparse y ser libres, de abandonar la esclavitud, es huir. El único que ve la historia como un designio místico es Moisés. Para el espectador ⎯por ejemplo yo con mi resaca y mis horribles lentes 3D⎯ los diálogos divinos del profeta son parte de una alucinación. Creo que es el punto esencial de esta obra. Y es de un valor universal muy acorde con nuestra línea actual de pensamiento: Martin Luther King en EEUU luchó contra la segregación citando la religión, tal como Moisés liberó a su pueblo apelando al llamado de un dios hebreo, que si fue cierto o no, poco importaba a la muchedumbre: lo que importa era lograr tracción político-social para movilizar a la masa y organizar una migración masiva a otras tierras para poder ser libres.

En los momentos finales de la (extensa) película, Moisés se conmueve al ver la enorme columna de compatriotas que marchan a paso cansino. Reflexiona, y se pregunta qué ocurrirá a su llegada a Canáan, cómo serán acogidos centenares de miles que desembarcan de una sola vez, qué conflictos causará una inmigración a esta escala. Muy someramente, Scott toca otro tema sensible: la emigración masiva de judíos desde la Europa asediada por los nazis hasta sus tierras ancestrales. A tal punto se ha desestabilizado ese pequeño país llamado Israel que muchos de quienes huyeron del acoso nazi o que escaparon de los campos de exterminio, una vez asentados en Israel, son hoy vistos como los invasores y los opresores. Tema que no es nada histórico ni ficticio: lo vemos en los titulares de periódicos y en la apertura de los telediarios de todo el mundo. En Chile Liberal lo hemos abordado.

A fin de cuentas, la obra es en sí de calidad y contiene un poco de todo. El cinéfilo encontrará algo para él o ella, el espectador ocasional podrá entetenerse, los talibanes de todas las religiones tendrán escenas para escandalizarse, los esnob podrán escudriñar errores históricos, y los fanáticos de los efectos especiales no serán defraudados. Quienes seguimos considerando al arte milenario de la literatura como la forma sublime de expresión artística, no superada por el cine ⎯aunque la disputa es feroz⎯, no nos queda sino describir Éxodo: dioses y reyes con el cliché típico: el libro es mejor que la película. 

sábado, 23 de enero de 2010

El problema fundamental de Haití



"En Haití, el vudú ocupa un lugar central en la celebración de los muertos como en el cementerio de Petionville, en Port-Au-Prince, donde una muchedumbre se congrega." Fuente: Le Monde.


Chile Liberal explora las causas de la pobreza de los grupos humanos

Haití es la nación más pobre de Occidente, mientras que su vecina República Dominicana es mucho más próspera. Ambos países comparten una misma isla, La Española. ¿Qué explica la diferencia entre ambos? Claramente, la geografía no es un factor determinante.

Muchos han estudiado a fondo las causas de la riqueza de las naciones, siendo el más célebre de todos el pensador escocés Adam Smith (en un próximo artículo, exploraremos los casos de Uruguay o Argentina, países que gradualmente se empobrecen, tema igualmente interesante y largamente olvidado). Smith se preguntaba por qué Inglaterra era mucho más rica que Escocia, y a su vez, por qué Holanda era más opulenta que Inglaterra. Hoy nos hacemos preguntas similares: ¿por qué Irlanda e Inglaterra, también países próximos y en la misma latitud, han sido históricamente tan disímiles en cuanto a desarrollo?

En general, los países sur-europeos son menos opulentos que los nor-europeos. Adam Smith notó que los países más avanzados tenían una división del trabajo mucho más profunda, lo que las hacía más eficientes. Max Weber, un sociólogo y economista alemán, estudió cómo la exaltación del trabajo duro y el ahorro que propugna el protestantismo fue un factor decisivo en el irrumpimiento de la economía capitalista, mientras que la ambivalencia (o desprecio) del catolicismo-romano hacia la acumulación de riqueza, junto con la celebración del ocio en desmedro del trabajo duro, incidirían en el atraso de la península ibérica, Italia y América latina con respecto a los países protestantes. Esto no es nada nuevo. Como tampoco es inverosímil que la extraordinaria ética confuciana, con su fanatismo hacia el trabajo, la honestidad y el sacrificio personal en beneficio de la comunidad, ha dado paso a los tigres asiáticos.

Lo que realmente distingue a una nación desarrollada de una subdesarrollada —o "emergente", como le llaman hoy—, es cómo su cultura premia al espíritu empresarial y emprendedor, entendiendo una empresa a LAN o el almacén de abarrotes de la señora Juanita. Al respecto, Joseph Schumpeter, un economista austro-norteamericano, nos señala lo siguiente:


"la función de los empresarios es reformar o revolucionar los esquemas de producción mediante la explotación de un invento (...) o una tecnología desconocida capaz de producir nuevos bienes o producir antiguos de maneras innovadoras,abriendo fuentes de abastecimiento de materiales o nuevas salidas para los productos, reorganizando la industria, y así sucesivamente."


(Fuente: Capitalism, Socialism and Democracy, Harper Bros 1950, p. 132. Traducción de Chile Liberal)


O sea, el espíritu emprendedor es la piedra angular de una sociedad progresista. Cuando el emprendimiento —y su consecuente riesgo— es abrazado, fomentado, incentivado y premiado en una cultura, observamos mayor cooperación y bienestar, como ocurre en las culturas protestantes, confucianas, y post-Católicas (entre éstas últimas, Francia, la Irlanda y España actual, por ejemplo). Las culturas católicas más duras —Amerérica latina o Filipinas, por ejemplo— viven en la miseria.
No obstante, el peor de todos los sistemas de creencias es el animismo, muy arraigado en África y también Haití. Los católicos practican variadas formas de animismo, lo que hace a esta religión particularmente peligrosa (piensen en las animitas en la carretera, la Virgen de la Tirana, las mandas a la Virgen de Lo Vásquez, procesión de monos de yeso, entre otras chifladuras).

El culto a los muertos y su influencia en el mundo real pueden tener consecuencias devastadoras en la evolución hacia el racionalismo de los individuos y de una sociedad de individuos. Influenciados por el miedo a ataques de brujos o almas en pena, las comunidades pueden cometer todo tipo de bestialidades, como sacrificios humanos. Cuando la gente pierde la compostura, cuando la razón y la lógica son reemplazadas por sahumerios y conversaciones con los muertos, cuando los conflictos se resuelven con vendettas encargadas a espíritus malignos, no hay posibilidad alguna de que la ética rija el comportamiento, ni menos aún puede funcionar un sistema económico eficiente, ya que brillan por su ausencia la cooperación, la confianza y la predictabilidad, que son importantísimos para lubricar el traspaso de información que demanda una estructura económica.

Haití practica una de las formas más aberrantes de animismo, llamado "vudú". El siguiente extracto del libro The Central Liberal Truth nos ilustra al respecto:
[El dr. Hodges] ha elaborado una teoría sobre por qué Haití (...) es uno de los países más pobres del mundo. La teoría se basa en la cultura, no en raza, ni en creencias, ni habilidades. La culpa de la miseria en Haití claramente recae en la creencia en los espíritus del vudú que aún dominan la vida de los haitianos. Haití tiene una visión del mundo muy particular, proveniente de sus raíces africanas y templadas por la era de la esclavitud. Los haitianos ven el mundo de distinta manera que nosotros. La principal diferencia es que que en la tradición judeo-cristiana el hombre es responsable de su destino. Mediante la internalización de la culpa, nos hacemos responsables de nuestro entorno y de nuestras acciones. En contraste, los haitianos externalizan su culpa. Todo lo bueno y lo malo es atribuído a los espíritus. Como esto limita su responsabilidad, también limita sus potenciales.

Dicho de modo sencillo, significa que si un haitiano se roba un jarro de leche desde el hospital del Dr Hodges, él no siente vergüenza porque él cree que la oportunidad le fue conferida por los espíritus. En un nivel más complejo, significa que hay un límite a la forma en que la sociedad puede organizarse, y del nivel de avance que puede lograr su agricultura.

A un niño haitiano se le enseña que todo lo que ocurre a su alrededor es
obra de los espíritus. Él es criado para externalizar la maldad y para entender que su vida corre constante peligro. La gente cree que la verdadera razón que motiva a los haitianos para emigrar es su temor al gobierno. Esto es superficial. Ellos tienen miedo unos de otros, desconfían de los demás. El nivel de paranoia en los haitianos es alarmante.


Podemos concluir que la esencia misma del atraso haitiano es la falta de responsabilidad, las creencias absurdas, la irracionalidad y ausencia de control de su entorno. El emprendimiento en Haití es motivo de burla, más aún el prepararse para un terremoto. Todos estos factores redundan en su falta de planificación, ausencia total organización, anarquía y pobreza, tanto así que la carencia de infraestructura es el principal escollo en el esfuerzo internacional por hacer llegar ayuda.

Hoy en Le Monde aparece un artículo que aborda el problema del vudú y su influencia en el comportamiento y la siquis de los haitianos, donde se nos relata que ellos creen que los espíritus sabían que vendría un terremoto.

En una primera etapa, es nuestra obligación ética el colaborar en el socorro a los angustiados haitianos. Pero luego debiésemos abrir escuelas y bibliotecas, para que los haitianos empiecen a darse cuenta de su pobreza y opten por explotar sus recursos y comerciar con el resto del mundo. Luego, progresarán por sí mismos.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Columnista invitada: ¿Debe prohibirse el burqa?

Los invito a leer la segunda entrega de este ciclo sobre el islam, por nuestra columnista invitada, Emilia, quien desde Canadá ahora aborda el tema del burqa. ¿Cuál es el papel del gobierno, la ley, y la religión en una sociedad abierta, pluralista y multiétnica? ¿Cuál es el límite al poder del gobierno en la vida de los ciudadanos? Estas entre otras varias interrogantes difíciles examinamos a continuación. Como siempre, están todos invitados a comentar.

¿Debe prohibirse el burqa?
Por Emilia L.

Si los Talibanes han conseguido algo, ha sido convertir "burqa" en una palabra familiar. El burqa por supuesto se refiere a la prenda usada por algunas mujeres musulmanas que cubre todo el cuerpo, e impide a la mujer ser vista por otros, aunque que cuenta con una malla a la altura de los ojos para que ella pueda ver. El burqa es similar al niqab, que también cubre la cabeza y el cuerpo pero que deja los ojos expuestos.

Bajo el régimen Talibán en Afganistán, las mujeres estaban obligadas a usar el burqa si es que se atrevían a salir de sus casas. Ahora un grupo de musulmanas en Canadá está tomando acciones que van en la dirección opuesta. El Congreso Musulmán de Canadá (*) está demandando al gobierno federal del país que prohiba el uso del burqa y del niqab en público. Según esta agrupación, el burqa es un instrumento de opresión contra las mujeres y por tanto no tiene cabida en un país como Canadá, nación donde la igualdad de género es una tradición. Más aún, el burqa presenta riesgos de seguridad ya que un individuo, sea hombre o mujer, puede usarlo para robar un banco u otro establecimiento sin temor de ser identificado. Finalmente, el Congreso Musulmán dice que el burqa no es un precepto del islam ni tampoco se menciona en el Corán. Es más bien una tradición cultural de Oriente Medio que ha sido adoptada por los musulmanes de aquella región.

No todos coinciden con la exigencia del Congreso Musulmán. El Congreso Islámico de Canadá por ejemplo cre que la prohibición del burqa violaría la libertad de culto y de conciencia de las musulmanas que elijan usarlo. Ante esta afirmación, el Congreso Musulmán responde por muchas, sino una mayoría de musulmanas, quienes dicen que no es una opción usarlo, más bien es una imposición por parte de sus maridos y otros familiares cercanos. Ante esto, el presidente del grupo, Farzana Hassan, ha declarado en una entrevista en CBC Radio que la libertad religiosa no es absoluta.

La pregunta sobre si debe prohibirse el burqa o no presenta un dilema para muchos canadienses, independiente de su religión. En Canadá, los derechos de la mujer y la libertad religiosa son dos principios que la mayoría de la gente toma muy en serio. Pero, ¿qué pasa cuando ambos chocan?

Me parece que la idea del burqa como una amenaza a la seguridad merece mayor discusión. Tarek Fatah del Congreso Musulmán de Canadá ha descrito al menos un incidente en el país en que un individuo —un hombre, de hecho— robó un banco usando el burqa. ¿Es esta una razón para prohibirlo en público? Tal vez sí, aunque uno podría alegar que en ese caso las máscaras de ski, probablemente usadas en muchos más robos que los burqas, también deberían prohibirse. No parece poco razonable exigir que las mujeres muestren sus rostros en situaciones en que la identificación sea necesaria para evitar fraudes, al votar o sacar dinero del banco, por ejemplo. Pero sospecho que el potencial del burqa como facilitador de atracos es una afirmación un poco exagerada por parte de sus oponentes.

Además, me parece algu dudoso el argumento de prohibir el burqa para evitar que las mujeres sean forzadas a usarlo. Este es uno de los principales argumentos del Congreso Musulmán de Canadá. Sin embargo, a través de los años una plétora de restricciones legales se han aprobado sin que se perciba algún beneficio en pro de la "protección" de las mujeres. Por ejemplo, cuando Irlanda debatía sobre el permiso para el divorcio (finalmente aprobado en 1995) algunos sostenían que perjudicaría a las mujeres ya que sus maridos las abandonarían a ellas junto con los hijos. Una política irlandesa, Alice Glenn, hizo la ahora famosa comparación de una mujer votando a favor de permitir el divorcio con "un pavo que vota a favor de la Navidad". (Desde luego, en Norteamérica diríamos para el Día de Acción de Gracias). Glenn jamás se habría dado cuenta que más de la mitad de las solicitudes de divorcio son iniciadas por mujeres y no por sus maridos. Mientras que la mayoría de estas mujeres lo hacen no por el abuso u alcoholismo de sus esposos sino por descontento general con su matrimonio, no es difícil imaginar que prohibir el divorcio sí dificulta que una mujer se libere de un hombre como Carlo Rizzi en El Padrino. Por tanto, acá tenemos un claro ejemplo de una ley (prohibición de divorcio) que ostensiblemente intentaba ayudar a la mujer pero que termina perjudicándola.

No pongo en duda que el llamado del Congreso Musulmán para prohibir el burqa provenga de una genuina preocupación por el bienestar de las mujeres (aunque sospecho que también es un intento del grupo por resaltar una imagen positiva del islam ante los canadienses no-musulmanes, quienes en su mayoría pueden asociar aquella religión con el sometimiento de la mujer). La cuestión sobre si incluso en Canadá las mujeres deben libremente decidir si usan el burqa o no merece un examen a fondo. La idea de prohibir algo que nosotros personalmente podamos considerar opresivo me parece en el mejor de los casos paternalista, y en el peor, simplemente autoritario. Una analogía esclarecedora podemos encontrar en el caso de la mujer de Arkansas (EEUU) Michelle Duggar, (ver mi artículo en inglés al respecto) quien ha tenido al menos 18 hijos. En lo personal yo he decidido algo completamente diferente: he elegido tener un sólo hijo. Así como el Congreso Musulmán afirma que el burqa no es parte del islam, mi interpretación de Salmo 127:3-5 "bienaventurado quien se ha llenado de hijos" no me obliga a tener todos los hijos que mi cuerpo puede parir. Un comentarista sobre mi bienaventurado artículo aduce que a los Duggars les "lavaron el cerebro". No digo que no sea verdad, pero ¿quién soy yo para ir a decirle a la señora Duggar que no debe tener todos los hijos que su cuerpo puede resistir porque no es algo que yo consideraría una obligación religiosa?

Lo que nos conduce a estudiar el papel de la religión en una sociedad. Estoy de acuerdo con Farzana Hassan que la libertad de culto no es absoluta. Por ejemplo, las cortes de justicia han —correctamente— ordenado el tratamiento médico para los hijos de miembros de Ciencia Cristiana. Por otro lado, del mismo modo que los líderes políticos no deben imponer sus principios religiosos respecto al aborto, la homosexualidad, etcétera, sobre gente que no comparte su religión, aparte de casos extremos no corresponde al gobierno el decidir cómo los ciudadanos deben practicar su religión. En vez de recurrir al poder coercitivo de la ley, el Congreso Musulmán de Canadá debiese considerar una campaña educativa dirigida a su comunidad sobre por qué ni el burqa ni el niqab son obligatorios.

Aunque a fin de cuentas no tengo una respuesta definitiva sobre si el burqa debe o no prohibirse por ley en Canadá, me inclino más bien en contra de una prohibición. El conflicto ocasional entre los derechos de la mujer y la libertad religiosa no siempre es de fácil solución. Al intentar resolver el problema, debemos siempre mantener un delicado equilibrio entre las necesidades del individuo y las necesidades de la sociedad.

* El Congreso Musulmán de Canadá no ha hecho un llamado a prohibir el hijab o velo, el cual cubre sólo la cabellera de la mujer

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Columnista invitada: "¿Deben prohibirse los minaretes en Suiza?"

Desde Canadá, Emilia nos presenta su visión sobre la prohibición de minaretes en Suiza. Con este artículo iniciamos un mini-ciclo de dos entregas sobre el el islam en Occidente. ¿Cuáles son los límites de la libertad de culto? ¿Cuál es el lugar del islam en Europa? ¿Debe la intolerancia combatirse con más intolerancia? ¿Son los musulmanes así como los pintan los grupos conservadores? Estas son algunas interrogantes que aborda Emilia. Los invito a leer y comentar (en inglés o en castellano).


Minaretes en Suiza: ¿Deben prohibirse?

Por Emilia L.
Traducido por Chile Liberal

Hace algunos años iba en automóvil por las calles de Caracas, la capital de Venezuela, junto al editor de una revista en la cual a veces escribo. En una misma cuadra divisé una iglesia católica, una sinagoga y una mezquita. Mi editor exclamó que en su ciudad los fieles de cada una de las tres grandes religiones monoteístas del mundo viven en perfecta armonía.

Pude fácilmente entender su orgullo. Toronto también se jacta de una diversidad religiosa similar. La pequeña iglesia luterana a la cual asisto ocasionalmente en College Street, por ejemplo, queda a pocos pasos de un templo budista, de dos sinagogas (en Kensignton Market, un barrio judío tradicional) así como de varias otras iglesias cristianas de diversas denominaciones. Aunque Canadá y Venezuela son naciones nominalmente cristianas, ambos países han recibido inmigrantes de diversas religiones, quienes han dejado su impronta en las sociedades de acogida. De modo que una mezquita como Masjid-El-Noor en Toronto, completa con su respectivo minarete (una alta torre adjunta), no parece fuera de foco en una gran urbe de un país neo-europeo como Canadá.

Pero es distinta la situación en la Vieja Europa. Al menos esa es la opinión de un 57% de ciudadanos suizos que en un plebiscito organizado el mes pasado votaron a favor de una reforma constitucional que buscaba prohibir la construcción de nuevos minaretes en el país. El minarete, mencionado anteriormente, es la torre adjunta a la mezquita desde donde son llamados los fieles, en los países musulmanes, para que realicen sus oraciones. * Suiza actualmente posee cuatro minaretes. La reforma constitucional no tiene como propósito el destruirlos, sino prohibir la construcción de nuevos minaretes en el futuro.

La reforma en sí misma se logró por iniciativa del Partido Popular Suizo, una agrupación de derecha que ocupó varios titulares el año pasado por proponer que las familas de los inmigrantes condenados por delitos fuesen deportados junto con el miembro que ha delinquido. El fundamento del Partido Popular para prohibir el minarete es que esta estructura simboliza “el islamismo político y la ley charía”. Ellos enfatizan la importancia de resguardar a Suiza de la supuesta amenzaza que presenta la islamización de Europa. Además —sostienen ellos— los musulmanes en Suiza seguirían con derecho a practicar su religión e incluso pueden seguir construyendo mezquitas (excepto con minaretes, claro está).

El resultado del plebiscito generó gran expectación. Por un lado, fue celebrado por muchos conservadores, incluidos varios que abiertamente declaran “Dios bendiga a Suiza” (frase más bien irónica ya que el país es bien poco religioso). Algunos vieron en esta decisión popular una especie de "ojo por ojo" contra las naciones musulmanes, por ejemplo Arabia Saudita, donde está prohibido construir iglesias cristianas. Por otro lado, algunos condenaron la prohibición por ser discriminatoria, e incluso racista. Estas críticas provinieron no sólo de parte de musulmanes, sino también de algunos líderes cristianos quienes vieron en esta restricción un atentado contra la libertad de culto. Algunos musulmanes fueron más allá y señalaron que la decisión fue injusta, destacando que las iglesias Ortodoxas serbias y templos sij (llamados también “gurdwaras”) están siendo construidos en territorio suizo. Otro comentario frecuente ha sido que los musulmanes en Suiza no provienen de teocracias islamistas sino de países relativamente laicos como Bosnia, de modo que poco pueden estar comprometidos en algún plan para “islamizar” su país de acogida.

Desde una perspectiva exclusivamente estética, comparto esta prohibición. Un minarete en sí parece bastante fuera de contexto en un paisaje de chalés y campanarios de iglesias. Los suizos no pueden ser catalogados como un pueblo practicante, a juzgar por los índices de asistencia a ceremonias religiosas, pero sí pueden estar muy aferrados a sus tradiciones, las cuales son parte de su propia historia. Y mientras naciones neo-europeas como Canadá o Venezuela han disfrutado de su cultura occidental por prácticamente 500 años (la ciudad más antigua en el continente americano es Santo Domingo, en República Dominicana, fundada en 1498), las raíces de Suiza se extienden por muchos siglos. Por ello es que algunos pueden considerar al minarete como una intrusión en tradiciones profundamente arraigadas.
Desde otra perspectiva, no puedo sino considerar al fantasma de la islamización, tan temido por el Partido Popular Suizo, como una treta populistapara ganar votos. El hecho que una mayoría de musulmanes en Suiza no sean radicales ni tampoco provengan de países donde el islamismo militante sea una fuerza considerable confirma mi sospecha, como también me reafirma el póster propagandístico del Partido Popular: una foto de un minarete con forma de misil, emergiendo desde una bandera suiza, y de frente mostrando una mujer con un velo negro. Además, lógicamente me sorprende un poco que si este partido político está tan preocupado por la invasión islámica, entonces ¿por qué no prohíben la construcción misma de mezquitas, lugares donde al parecer los temibles musulmanes aprenden sus lecciones, y no sólo los minaretes? No logro entender por qué el minarete es en sí mismo tan peligroso.

En el transcurso de este debate es común que surja el asunto de la libertad de culto. Es cierto que a los musulmanes no se les prohíbe practicar su fe, ni tampoco se les impide la construcción de nuevas mezquitas. Así todo, la prohibición de minaretes —sin otra justificación que el supuesto simbolismo del poder del islam—, sí es sentida como una restricción arbitraria y autoritaria. Además, el argumento de que Suiza decidió lo correcto porque las naciones musulmanas hacen lo mismo es algo que no me convence. Llámenme etnocéntrica si quieren, pero me gusta la idea de que en Occidente estamos por encima de la idea de que la intolerancia se combate con más intolerancia. (Es todavía más dudoso afirmar que los mismos musulmanes a quienes les afecta la prohibición del minarete son los mismos individuos que proscriben la construcción de templos cristianos en sus países.) Desde mi perspectiva, creo que Occidente debiese ser un ejemplo de tolerancia religiosa al resto del mundo.

Conviene también referirse a la cuestión de las iglesias Ortodoxas serbias y templos sij, ambos permitidos en territorio suizo. Para ponerlo en términos simples, estas religiones no tienen las mismas connotaciones que el islam en Occidente. Mientras que hay pocos o ningún Cristiano ortodoxo “nativo” en Suiza, la iglesia Ortodoxa de Oriente no es muy distina del catolicismo o protestantismo (las principales religiones de Suiza). Más aún, los ortodoxos no parecen albergar ningún rencor particular contra Occidente. Ni tampoco los sij. A pesar de la distancia doctrinal con el cristianismo, el sij a nivel de fe y de individuos no es percibido como una amenaza en Occidente ni en la cultura occidental. El islam, y por consiguiente los musulmanes, sí son percibidos así. No cabe duda que los miembros del Partido Popular Suizo lo saben, de ahí su silencio sobre los gurdwaras y las iglesias ortodoxas.

Estoy segura que si un plebiscito similar se llevase a cabo en Canadá, yo habría votado a favor de permitir los minaretes, sin importar que no soy musulmana e incluso a pesar que me siento bastante incómoda con algunas prácticas del islam actual. Quiero creer que si viviese en Suiza habría votado de igual manera. Pero no soy suiza. No soy parte de un país con una tradición que se extiende por al menos un milenio, y no sólo por algunas generaciones de ancestros.

Sin embargo, a fin de cuentas, son los suizos los dueños de su propio país, y no cuestionaría como ilegítimo el resultado de una consulta que cumple con estándares democráticos. La mejor forma de revertir los resultados de esta decisión es mediante el diálogo interno y no con normas que emanan de una autoridad superior. Las discusiones que seguirán en este debate prometen ser muy interesantes.

(* El “adhan,” o llamado a la oración no ha sido el asunto en cuestión, como lo fue en el Reino Unido, dado que en Suiza el llamado a la oración se hace dentro de los límites de la propia mezquita.)