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domingo, 27 de diciembre de 2009

Columnista invitada: ¿Debe prohibirse el burqa?

Los invito a leer la segunda entrega de este ciclo sobre el islam, por nuestra columnista invitada, Emilia, quien desde Canadá ahora aborda el tema del burqa. ¿Cuál es el papel del gobierno, la ley, y la religión en una sociedad abierta, pluralista y multiétnica? ¿Cuál es el límite al poder del gobierno en la vida de los ciudadanos? Estas entre otras varias interrogantes difíciles examinamos a continuación. Como siempre, están todos invitados a comentar.

¿Debe prohibirse el burqa?
Por Emilia L.

Si los Talibanes han conseguido algo, ha sido convertir "burqa" en una palabra familiar. El burqa por supuesto se refiere a la prenda usada por algunas mujeres musulmanas que cubre todo el cuerpo, e impide a la mujer ser vista por otros, aunque que cuenta con una malla a la altura de los ojos para que ella pueda ver. El burqa es similar al niqab, que también cubre la cabeza y el cuerpo pero que deja los ojos expuestos.

Bajo el régimen Talibán en Afganistán, las mujeres estaban obligadas a usar el burqa si es que se atrevían a salir de sus casas. Ahora un grupo de musulmanas en Canadá está tomando acciones que van en la dirección opuesta. El Congreso Musulmán de Canadá (*) está demandando al gobierno federal del país que prohiba el uso del burqa y del niqab en público. Según esta agrupación, el burqa es un instrumento de opresión contra las mujeres y por tanto no tiene cabida en un país como Canadá, nación donde la igualdad de género es una tradición. Más aún, el burqa presenta riesgos de seguridad ya que un individuo, sea hombre o mujer, puede usarlo para robar un banco u otro establecimiento sin temor de ser identificado. Finalmente, el Congreso Musulmán dice que el burqa no es un precepto del islam ni tampoco se menciona en el Corán. Es más bien una tradición cultural de Oriente Medio que ha sido adoptada por los musulmanes de aquella región.

No todos coinciden con la exigencia del Congreso Musulmán. El Congreso Islámico de Canadá por ejemplo cre que la prohibición del burqa violaría la libertad de culto y de conciencia de las musulmanas que elijan usarlo. Ante esta afirmación, el Congreso Musulmán responde por muchas, sino una mayoría de musulmanas, quienes dicen que no es una opción usarlo, más bien es una imposición por parte de sus maridos y otros familiares cercanos. Ante esto, el presidente del grupo, Farzana Hassan, ha declarado en una entrevista en CBC Radio que la libertad religiosa no es absoluta.

La pregunta sobre si debe prohibirse el burqa o no presenta un dilema para muchos canadienses, independiente de su religión. En Canadá, los derechos de la mujer y la libertad religiosa son dos principios que la mayoría de la gente toma muy en serio. Pero, ¿qué pasa cuando ambos chocan?

Me parece que la idea del burqa como una amenaza a la seguridad merece mayor discusión. Tarek Fatah del Congreso Musulmán de Canadá ha descrito al menos un incidente en el país en que un individuo —un hombre, de hecho— robó un banco usando el burqa. ¿Es esta una razón para prohibirlo en público? Tal vez sí, aunque uno podría alegar que en ese caso las máscaras de ski, probablemente usadas en muchos más robos que los burqas, también deberían prohibirse. No parece poco razonable exigir que las mujeres muestren sus rostros en situaciones en que la identificación sea necesaria para evitar fraudes, al votar o sacar dinero del banco, por ejemplo. Pero sospecho que el potencial del burqa como facilitador de atracos es una afirmación un poco exagerada por parte de sus oponentes.

Además, me parece algu dudoso el argumento de prohibir el burqa para evitar que las mujeres sean forzadas a usarlo. Este es uno de los principales argumentos del Congreso Musulmán de Canadá. Sin embargo, a través de los años una plétora de restricciones legales se han aprobado sin que se perciba algún beneficio en pro de la "protección" de las mujeres. Por ejemplo, cuando Irlanda debatía sobre el permiso para el divorcio (finalmente aprobado en 1995) algunos sostenían que perjudicaría a las mujeres ya que sus maridos las abandonarían a ellas junto con los hijos. Una política irlandesa, Alice Glenn, hizo la ahora famosa comparación de una mujer votando a favor de permitir el divorcio con "un pavo que vota a favor de la Navidad". (Desde luego, en Norteamérica diríamos para el Día de Acción de Gracias). Glenn jamás se habría dado cuenta que más de la mitad de las solicitudes de divorcio son iniciadas por mujeres y no por sus maridos. Mientras que la mayoría de estas mujeres lo hacen no por el abuso u alcoholismo de sus esposos sino por descontento general con su matrimonio, no es difícil imaginar que prohibir el divorcio sí dificulta que una mujer se libere de un hombre como Carlo Rizzi en El Padrino. Por tanto, acá tenemos un claro ejemplo de una ley (prohibición de divorcio) que ostensiblemente intentaba ayudar a la mujer pero que termina perjudicándola.

No pongo en duda que el llamado del Congreso Musulmán para prohibir el burqa provenga de una genuina preocupación por el bienestar de las mujeres (aunque sospecho que también es un intento del grupo por resaltar una imagen positiva del islam ante los canadienses no-musulmanes, quienes en su mayoría pueden asociar aquella religión con el sometimiento de la mujer). La cuestión sobre si incluso en Canadá las mujeres deben libremente decidir si usan el burqa o no merece un examen a fondo. La idea de prohibir algo que nosotros personalmente podamos considerar opresivo me parece en el mejor de los casos paternalista, y en el peor, simplemente autoritario. Una analogía esclarecedora podemos encontrar en el caso de la mujer de Arkansas (EEUU) Michelle Duggar, (ver mi artículo en inglés al respecto) quien ha tenido al menos 18 hijos. En lo personal yo he decidido algo completamente diferente: he elegido tener un sólo hijo. Así como el Congreso Musulmán afirma que el burqa no es parte del islam, mi interpretación de Salmo 127:3-5 "bienaventurado quien se ha llenado de hijos" no me obliga a tener todos los hijos que mi cuerpo puede parir. Un comentarista sobre mi bienaventurado artículo aduce que a los Duggars les "lavaron el cerebro". No digo que no sea verdad, pero ¿quién soy yo para ir a decirle a la señora Duggar que no debe tener todos los hijos que su cuerpo puede resistir porque no es algo que yo consideraría una obligación religiosa?

Lo que nos conduce a estudiar el papel de la religión en una sociedad. Estoy de acuerdo con Farzana Hassan que la libertad de culto no es absoluta. Por ejemplo, las cortes de justicia han —correctamente— ordenado el tratamiento médico para los hijos de miembros de Ciencia Cristiana. Por otro lado, del mismo modo que los líderes políticos no deben imponer sus principios religiosos respecto al aborto, la homosexualidad, etcétera, sobre gente que no comparte su religión, aparte de casos extremos no corresponde al gobierno el decidir cómo los ciudadanos deben practicar su religión. En vez de recurrir al poder coercitivo de la ley, el Congreso Musulmán de Canadá debiese considerar una campaña educativa dirigida a su comunidad sobre por qué ni el burqa ni el niqab son obligatorios.

Aunque a fin de cuentas no tengo una respuesta definitiva sobre si el burqa debe o no prohibirse por ley en Canadá, me inclino más bien en contra de una prohibición. El conflicto ocasional entre los derechos de la mujer y la libertad religiosa no siempre es de fácil solución. Al intentar resolver el problema, debemos siempre mantener un delicado equilibrio entre las necesidades del individuo y las necesidades de la sociedad.

* El Congreso Musulmán de Canadá no ha hecho un llamado a prohibir el hijab o velo, el cual cubre sólo la cabellera de la mujer

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Columnista invitada: "¿Deben prohibirse los minaretes en Suiza?"

Desde Canadá, Emilia nos presenta su visión sobre la prohibición de minaretes en Suiza. Con este artículo iniciamos un mini-ciclo de dos entregas sobre el el islam en Occidente. ¿Cuáles son los límites de la libertad de culto? ¿Cuál es el lugar del islam en Europa? ¿Debe la intolerancia combatirse con más intolerancia? ¿Son los musulmanes así como los pintan los grupos conservadores? Estas son algunas interrogantes que aborda Emilia. Los invito a leer y comentar (en inglés o en castellano).


Minaretes en Suiza: ¿Deben prohibirse?

Por Emilia L.
Traducido por Chile Liberal

Hace algunos años iba en automóvil por las calles de Caracas, la capital de Venezuela, junto al editor de una revista en la cual a veces escribo. En una misma cuadra divisé una iglesia católica, una sinagoga y una mezquita. Mi editor exclamó que en su ciudad los fieles de cada una de las tres grandes religiones monoteístas del mundo viven en perfecta armonía.

Pude fácilmente entender su orgullo. Toronto también se jacta de una diversidad religiosa similar. La pequeña iglesia luterana a la cual asisto ocasionalmente en College Street, por ejemplo, queda a pocos pasos de un templo budista, de dos sinagogas (en Kensignton Market, un barrio judío tradicional) así como de varias otras iglesias cristianas de diversas denominaciones. Aunque Canadá y Venezuela son naciones nominalmente cristianas, ambos países han recibido inmigrantes de diversas religiones, quienes han dejado su impronta en las sociedades de acogida. De modo que una mezquita como Masjid-El-Noor en Toronto, completa con su respectivo minarete (una alta torre adjunta), no parece fuera de foco en una gran urbe de un país neo-europeo como Canadá.

Pero es distinta la situación en la Vieja Europa. Al menos esa es la opinión de un 57% de ciudadanos suizos que en un plebiscito organizado el mes pasado votaron a favor de una reforma constitucional que buscaba prohibir la construcción de nuevos minaretes en el país. El minarete, mencionado anteriormente, es la torre adjunta a la mezquita desde donde son llamados los fieles, en los países musulmanes, para que realicen sus oraciones. * Suiza actualmente posee cuatro minaretes. La reforma constitucional no tiene como propósito el destruirlos, sino prohibir la construcción de nuevos minaretes en el futuro.

La reforma en sí misma se logró por iniciativa del Partido Popular Suizo, una agrupación de derecha que ocupó varios titulares el año pasado por proponer que las familas de los inmigrantes condenados por delitos fuesen deportados junto con el miembro que ha delinquido. El fundamento del Partido Popular para prohibir el minarete es que esta estructura simboliza “el islamismo político y la ley charía”. Ellos enfatizan la importancia de resguardar a Suiza de la supuesta amenzaza que presenta la islamización de Europa. Además —sostienen ellos— los musulmanes en Suiza seguirían con derecho a practicar su religión e incluso pueden seguir construyendo mezquitas (excepto con minaretes, claro está).

El resultado del plebiscito generó gran expectación. Por un lado, fue celebrado por muchos conservadores, incluidos varios que abiertamente declaran “Dios bendiga a Suiza” (frase más bien irónica ya que el país es bien poco religioso). Algunos vieron en esta decisión popular una especie de "ojo por ojo" contra las naciones musulmanes, por ejemplo Arabia Saudita, donde está prohibido construir iglesias cristianas. Por otro lado, algunos condenaron la prohibición por ser discriminatoria, e incluso racista. Estas críticas provinieron no sólo de parte de musulmanes, sino también de algunos líderes cristianos quienes vieron en esta restricción un atentado contra la libertad de culto. Algunos musulmanes fueron más allá y señalaron que la decisión fue injusta, destacando que las iglesias Ortodoxas serbias y templos sij (llamados también “gurdwaras”) están siendo construidos en territorio suizo. Otro comentario frecuente ha sido que los musulmanes en Suiza no provienen de teocracias islamistas sino de países relativamente laicos como Bosnia, de modo que poco pueden estar comprometidos en algún plan para “islamizar” su país de acogida.

Desde una perspectiva exclusivamente estética, comparto esta prohibición. Un minarete en sí parece bastante fuera de contexto en un paisaje de chalés y campanarios de iglesias. Los suizos no pueden ser catalogados como un pueblo practicante, a juzgar por los índices de asistencia a ceremonias religiosas, pero sí pueden estar muy aferrados a sus tradiciones, las cuales son parte de su propia historia. Y mientras naciones neo-europeas como Canadá o Venezuela han disfrutado de su cultura occidental por prácticamente 500 años (la ciudad más antigua en el continente americano es Santo Domingo, en República Dominicana, fundada en 1498), las raíces de Suiza se extienden por muchos siglos. Por ello es que algunos pueden considerar al minarete como una intrusión en tradiciones profundamente arraigadas.
Desde otra perspectiva, no puedo sino considerar al fantasma de la islamización, tan temido por el Partido Popular Suizo, como una treta populistapara ganar votos. El hecho que una mayoría de musulmanes en Suiza no sean radicales ni tampoco provengan de países donde el islamismo militante sea una fuerza considerable confirma mi sospecha, como también me reafirma el póster propagandístico del Partido Popular: una foto de un minarete con forma de misil, emergiendo desde una bandera suiza, y de frente mostrando una mujer con un velo negro. Además, lógicamente me sorprende un poco que si este partido político está tan preocupado por la invasión islámica, entonces ¿por qué no prohíben la construcción misma de mezquitas, lugares donde al parecer los temibles musulmanes aprenden sus lecciones, y no sólo los minaretes? No logro entender por qué el minarete es en sí mismo tan peligroso.

En el transcurso de este debate es común que surja el asunto de la libertad de culto. Es cierto que a los musulmanes no se les prohíbe practicar su fe, ni tampoco se les impide la construcción de nuevas mezquitas. Así todo, la prohibición de minaretes —sin otra justificación que el supuesto simbolismo del poder del islam—, sí es sentida como una restricción arbitraria y autoritaria. Además, el argumento de que Suiza decidió lo correcto porque las naciones musulmanas hacen lo mismo es algo que no me convence. Llámenme etnocéntrica si quieren, pero me gusta la idea de que en Occidente estamos por encima de la idea de que la intolerancia se combate con más intolerancia. (Es todavía más dudoso afirmar que los mismos musulmanes a quienes les afecta la prohibición del minarete son los mismos individuos que proscriben la construcción de templos cristianos en sus países.) Desde mi perspectiva, creo que Occidente debiese ser un ejemplo de tolerancia religiosa al resto del mundo.

Conviene también referirse a la cuestión de las iglesias Ortodoxas serbias y templos sij, ambos permitidos en territorio suizo. Para ponerlo en términos simples, estas religiones no tienen las mismas connotaciones que el islam en Occidente. Mientras que hay pocos o ningún Cristiano ortodoxo “nativo” en Suiza, la iglesia Ortodoxa de Oriente no es muy distina del catolicismo o protestantismo (las principales religiones de Suiza). Más aún, los ortodoxos no parecen albergar ningún rencor particular contra Occidente. Ni tampoco los sij. A pesar de la distancia doctrinal con el cristianismo, el sij a nivel de fe y de individuos no es percibido como una amenaza en Occidente ni en la cultura occidental. El islam, y por consiguiente los musulmanes, sí son percibidos así. No cabe duda que los miembros del Partido Popular Suizo lo saben, de ahí su silencio sobre los gurdwaras y las iglesias ortodoxas.

Estoy segura que si un plebiscito similar se llevase a cabo en Canadá, yo habría votado a favor de permitir los minaretes, sin importar que no soy musulmana e incluso a pesar que me siento bastante incómoda con algunas prácticas del islam actual. Quiero creer que si viviese en Suiza habría votado de igual manera. Pero no soy suiza. No soy parte de un país con una tradición que se extiende por al menos un milenio, y no sólo por algunas generaciones de ancestros.

Sin embargo, a fin de cuentas, son los suizos los dueños de su propio país, y no cuestionaría como ilegítimo el resultado de una consulta que cumple con estándares democráticos. La mejor forma de revertir los resultados de esta decisión es mediante el diálogo interno y no con normas que emanan de una autoridad superior. Las discusiones que seguirán en este debate prometen ser muy interesantes.

(* El “adhan,” o llamado a la oración no ha sido el asunto en cuestión, como lo fue en el Reino Unido, dado que en Suiza el llamado a la oración se hace dentro de los límites de la propia mezquita.)

sábado, 18 de octubre de 2008

Stephen Harper: Bible-basher, philistine, conservative and divisive, apart from that OK


Canada has traditionally been perceived as a quiet, prosperous and welcoming country. Perhaps that's why there aren't many Canada watchers. Not that there's nothing to watch, but there's not an awful lot to criticise. Personally, I feel grateful to a number of Canadian clerics who founded and run my high-school and were my teachers, and I always felt that it was a faraway place but close at the same time.

Having said that, I fear things are changing fast, an for worse. Indignation sparked in Chile when we saw our footballers beaten up by the Toronto police. Not that Chilean police are exemplary, but the brutality was excessive and disproportionate—even for Chilean standards. The use of billy clubs, pepper gas and other devices, banned in the civilised world, amounted to extreme anger when the whole country saw their footballers physically damaged and needing medical attention weeks after the incident, which left some players out of work for months. The behaviour of the Chilean footballers was wrong. The passion that football ignites is beyond anyone's understanding, even more so when it comes to playing with Argentina. Chilean footballers have a sad record of trashing hotel rooms after games and drunken incidents. The incident also divided Chilean public opinion. As expected, the ultra-conservatives/Pinochet nostalgic thought it was OK because police are supposed to be tough. Chilean players wanted to sign autographs to their fans after a heated game, and the police didn't let them, and a fight broke up. What really struck me was to see such brutality in Canada, of all places. I would expect to see the Chileans apologising for wrongdoing, or brutality in some ex communist nation, but you don't expect the police services of Canada being singled out for excessive use of force. Enraged Chilean residents in Canada then told another story: Canada may not be the quiet, peaceful and welcoming place we once thought. The article Policing in Canada published in The Economist in july 2008 has actually confirmed some of these fears.

At the root of all this, probably, lies what I describe as the greatest economic evil: the welfare state. What's the conection? A country that decidedly need immigrants to populate their vast lands can't attract workers if there's a welfare state in place because that means that some make a living off other people's work, which only generates resentment and social agitation. If you work hard and you realise that for four or five months of the year your hard-earned money goes straight to he tax collector, and you notice that scores of people live off your money, you have reasons to get angry. Some time ago, someone told me that in Canda you only need a medical card to have 'free' medical care, and apparently it is a 'very good thing', even an 'example' for countries like the US or Chile for that matter. First of all, it doesn't matter how many times I repeat this but here we go again: there's no such thing as a free lunch. No, in Canada health care is not free, it's paid, by everyone and not at the point of delivery, but it is paid. Second, if people are paying, why can't they pay it to a private insurer of their choice which can design a customised health plan for each individual, potentially making it cheaper and more effective? It is sad to see that conservatives are the only ones to note the problem and offer a solution, but once you put them in government they start promoting their values. The stereotype of the Canadian Conservatives, quoted from someone mentioned in The Economist (see article), is as follows: “Philistines from the west, sweeping out of the prairies towards the outposts of civilisation in Toronto and Montreal".

Stephen Harper, the re-elected Canada's prime minister, has a record in office not quite impressive. I have checked with some of my friends and he's divisive and linked to Christian orthodoxies (abortion and same-sex marriage are not only opposed by him, but he intends to prohibit it to others too). On the other hand, he's pushing to curb the welfare state, which is necessary for many reasons, but crucial to keep the immigration process working smoothly by attracting people intersted in making a living by joining the economy, and not living off the state. A welfare state is funded by heavy taxation, and taxes distort the economy making it less efficient, and where there's no efficiency there's no economy.

Though in favour of free trade, Harper will have to review the terms of NAFTA, where Chile has also joined. It's shocking to learn that senator Obama wants to revisit it. Free trade is the key to development and growth. With the credit-crunch crisis possibly getting worse before it gets better, a market skeptic like Obama can be a serious disruption, and potentially lethal. US Democrats will surely also control Congress and further government spending (remember Obama's universal healthcare plan) and reviewing free trade agreements is definitely going down a dangerous road. But just like McCain turned his candidacy an unpalatble option by naming religious freak Sarah Palin as his running mate, it's the silly things that make Canada's Stephen Harper a bad choice for liberal free-marketeers. Harper may be in favour of NAFTA. That's a good thing. Although we still need to ask ourselves if we can call free trade a treaty of over 8000 pages of regulations. But why do Conservatives insist in free trade but not free minds to marry or terminate a pregnancy? His socially conservative stance has receded, and he's won, fair and square, although in a low turnout election.

Canada's Liberals are only themselves to blame. If Liberals are not willing to promote a free market agenda, they become a less attractive choice. The most attractive policy of Canada's Liberals was their support of a carbon tax, something that has made this blog an unpopular one among the most extreme sections of the libertarian opinion. I know taxation is—as described by John Stuart Mill—a mild form of robbery. But again in line with The Economist's pragmatic stance, it has become necessary to punish polluters to prevent the climate change catastrophe. Lacking arguments, Conservatives and orthodox libetarians regard climate change a mere conspiracy. This is wrong, inadequate, stupid and dangerous. Quebecker Stépehan Dion was right to push for a carbon tax. Sadly, his party slumped in this week election and needs a new leader to revive an alternative to the current Conservatives. Stephen Harper may be OK for now, but soon Canadians will need to get rid of him.

Canada is increasingly becoming a multicultural place, and that's praiseworthy. The key of evolution is inclusion, not exclusion. The question now is how to prevent ghetto and riots like we saw in the French banlieu, or radicalised religious fanatics willing to bomb their own country fellows, like we saw in London. Let the market attract brave, flexible, enthusiast and open-minded immigrants, and don't let the welfare state get in the way.























The following is The Economist's political endorsement for Stephen Harper (my highlights).



Canada's general election
The fear factor

Oct 9th 2008

Why Stephen Harper does not deserve to be dumped

IT IS not easy to be a successful Conservative in Canada. Perhaps it is the effect of living next to the United States. Perhaps it is because the country was founded on the collectivist principles of “peace, order and good government” rather than the individualist “life, liberty and the pursuit of happiness” of its neighbour. Perhaps it is because the things that Canadians most value about their country are its publicly run health service, its European-style welfare state and its tolerance. All are associated with the Liberals, who have been the natural party of government in Canada for the past century. To cap it all, conservative ideas of deregulation and unfettered free-market capitalism have been brought into disrepute by the financial turmoil south of the border.

So perhaps it is not surprising that the hopes of Stephen Harper, Canada’s Conservative prime minister, of endowing his minority government with a parliamentary majority at a general election on October 14th may end up being dashed. At first his decision to call the election looked shrewd, as the Conservatives raced to a lead of 15 percentage points in the opinion polls. Then the Wall Street panic got going. Canadians began to worry that Mr Harper was not doing enough to protect them. His poll lead has been cut by almost half. Unless he bucks the trend he could even lose power.

That would be unwarranted. It was a surprise when Mr Harper won the last election in January 2006, ending a dozen years of Liberal rule. Few pundits imagined that he would survive longer than a year. That he has governed for 32 months is a tribute to the political skills of an underestimated man. He does not offer a soaring vision of radical change. Canadians have not warmed to him: he comes over as a bloodless control freak. But he is hardworking, and a skilled parliamentary tactician. He governs a rather successful country that needs incremental improvement, not a revolution.

Mr Harper promised Canadians some modest measures. Some of these were sensible. Others, such as the cut in the sales tax, were not. But he got most of them done. He patched up Canada’s relations with the United States, which had deteriorated. His decision to keep Canadian troops fighting in Afghanistan was unpopular, but he was careful to ensure that it was backed by leading Liberals. He has increased defence spending, which shows realism in a country that lays claim to a large chunk of the disputed Arctic.

Mr Harper’s political home is in the west, in oil-rich Alberta where they like their politicians in the carnivorous mould of Sarah Palin. In office he has tried to woo eastern Canada, dropping his previous opposition to abortion and gay marriage, and recognising French-speaking Quebec as a “nation within a united Canada”. But his inner oilman has won out when it comes to the environment, an important issue in a country that is both a heavy carbon-emitter and especially vulnerable to climate change. Stéphane Dion, the Liberal leader, bravely proposes a carbon tax, which he claims would be revenue-neutral. Simply to rubbish this as a “crazy” idea that would “screw everybody”, as Mr Harper has done, shows a disappointing lack of leadership, and is grounds enough to deny the Conservatives a majority. In fact another minority Conservative government would not be a bad result for Canada: neither of the main party leaders has done enough to persuade Canadians that they deserve untrammelled power.

The first credit-crunch election
If the voters go further and eject Mr Harper, that, sadly, will not be because they have been convinced by the cerebral Mr Dion’s worthy carbon tax. It will be because the opposition—a gang of four, comprising the socialist New Democrats, the separatist Bloc Québécois and the rising Green Party as well as the Liberals—has succeeded in panicking the voters on the economy. And yet, in a sinking world, Canada is something of a cork. Its well-regulated banks are solid. Growth has slowed but not stopped. The big worry is the fear that an American recession will drag Canada down with it.

Mr Harper says, rightly enough, that his government has taken prudent measures to help Canada weather a storm it cannot duck: he has offered tax cuts and selective aid to help vulnerable manufacturing towns. But it is his seeming non-reaction to what is so far a non-crisis that looks likely to deny him the majority he was seeking, and could even let in the opposition. In what is the first credit-crunch election in a big Western country, Mr Harper’s ejection would set a dispiriting precedent that panic plays better politically than prudence.