Desde Canadá, Emilia nos presenta su visión sobre la prohibición de minaretes en Suiza. Con este artículo iniciamos un mini-ciclo de dos entregas sobre el el islam en Occidente. ¿Cuáles son los límites de la libertad de culto? ¿Cuál es el lugar del islam en Europa? ¿Debe la intolerancia combatirse con más intolerancia? ¿Son los musulmanes así como los pintan los grupos conservadores? Estas son algunas interrogantes que aborda Emilia. Los invito a leer y comentar (en inglés o en castellano).
Minaretes en Suiza: ¿Deben prohibirse?
Por Emilia L.
Traducido por Chile Liberal
Hace algunos años iba en automóvil por las calles de Caracas, la capital de Venezuela, junto al editor de una revista en la cual a veces escribo. En una misma cuadra divisé una iglesia católica, una sinagoga y una mezquita. Mi editor exclamó que en su ciudad los fieles de cada una de las tres grandes religiones monoteístas del mundo viven en perfecta armonía.
Pude fácilmente entender su orgullo. Toronto también se jacta de una diversidad religiosa similar. La pequeña iglesia luterana a la cual asisto ocasionalmente en College Street, por ejemplo, queda a pocos pasos de un templo budista, de dos sinagogas (en Kensignton Market, un barrio judío tradicional) así como de varias otras iglesias cristianas de diversas denominaciones. Aunque Canadá y Venezuela son naciones nominalmente cristianas, ambos países han recibido inmigrantes de diversas religiones, quienes han dejado su impronta en las sociedades de acogida. De modo que una mezquita como Masjid-El-Noor en Toronto, completa con su respectivo minarete (una alta torre adjunta), no parece fuera de foco en una gran urbe de un país neo-europeo como Canadá.
Pero es distinta la situación en la Vieja Europa. Al menos esa es la opinión de un 57% de ciudadanos suizos que en un plebiscito organizado el mes pasado votaron a favor de una reforma constitucional que buscaba prohibir la construcción de nuevos minaretes en el país. El minarete, mencionado anteriormente, es la torre adjunta a la mezquita desde donde son llamados los fieles, en los países musulmanes, para que realicen sus oraciones. * Suiza actualmente posee cuatro minaretes. La reforma constitucional no tiene como propósito el destruirlos, sino prohibir la construcción de nuevos minaretes en el futuro.
La reforma en sí misma se logró por iniciativa del Partido Popular Suizo, una agrupación de derecha que ocupó varios titulares el año pasado por proponer que las familas de los inmigrantes condenados por delitos fuesen deportados junto con el miembro que ha delinquido. El fundamento del Partido Popular para prohibir el minarete es que esta estructura simboliza “el islamismo político y la ley charía”. Ellos enfatizan la importancia de resguardar a Suiza de la supuesta amenzaza que presenta la islamización de Europa. Además —sostienen ellos— los musulmanes en Suiza seguirían con derecho a practicar su religión e incluso pueden seguir construyendo mezquitas (excepto con minaretes, claro está).
El resultado del plebiscito generó gran expectación. Por un lado, fue celebrado por muchos conservadores, incluidos varios que abiertamente declaran “Dios bendiga a Suiza” (frase más bien irónica ya que el país es bien poco religioso). Algunos vieron en esta decisión popular una especie de "ojo por ojo" contra las naciones musulmanes, por ejemplo Arabia Saudita, donde está prohibido construir iglesias cristianas. Por otro lado, algunos condenaron la prohibición por ser discriminatoria, e incluso racista. Estas críticas provinieron no sólo de parte de musulmanes, sino también de algunos líderes cristianos quienes vieron en esta restricción un atentado contra la libertad de culto. Algunos musulmanes fueron más allá y señalaron que la decisión fue injusta, destacando que las iglesias Ortodoxas serbias y templos sij (llamados también “gurdwaras”) están siendo construidos en territorio suizo. Otro comentario frecuente ha sido que los musulmanes en Suiza no provienen de teocracias islamistas sino de países relativamente laicos como Bosnia, de modo que poco pueden estar comprometidos en algún plan para “islamizar” su país de acogida.
Desde una perspectiva exclusivamente estética, comparto esta prohibición. Un minarete en sí parece bastante fuera de contexto en un paisaje de chalés y campanarios de iglesias. Los suizos no pueden ser catalogados como un pueblo practicante, a juzgar por los índices de asistencia a ceremonias religiosas, pero sí pueden estar muy aferrados a sus tradiciones, las cuales son parte de su propia historia. Y mientras naciones neo-europeas como Canadá o Venezuela han disfrutado de su cultura occidental por prácticamente 500 años (la ciudad más antigua en el continente americano es Santo Domingo, en República Dominicana, fundada en 1498), las raíces de Suiza se extienden por muchos siglos. Por ello es que algunos pueden considerar al minarete como una intrusión en tradiciones profundamente arraigadas.
Desde otra perspectiva, no puedo sino considerar al fantasma de la islamización, tan temido por el Partido Popular Suizo, como una treta populistapara ganar votos. El hecho que una mayoría de musulmanes en Suiza no sean radicales ni tampoco provengan de países donde el islamismo militante sea una fuerza considerable confirma mi sospecha, como también me reafirma el póster propagandístico del Partido Popular: una foto de un minarete con forma de misil, emergiendo desde una bandera suiza, y de frente mostrando una mujer con un velo negro. Además, lógicamente me sorprende un poco que si este partido político está tan preocupado por la invasión islámica, entonces ¿por qué no prohíben la construcción misma de mezquitas, lugares donde al parecer los temibles musulmanes aprenden sus lecciones, y no sólo los minaretes? No logro entender por qué el minarete es en sí mismo tan peligroso.En el transcurso de este debate es común que surja el asunto de la libertad de culto. Es cierto que a los musulmanes no se les prohíbe practicar su fe, ni tampoco se les impide la construcción de nuevas mezquitas. Así todo, la prohibición de minaretes —sin otra justificación que el supuesto simbolismo del poder del islam—, sí es sentida como una restricción arbitraria y autoritaria. Además, el argumento de que Suiza decidió lo correcto porque las naciones musulmanas hacen lo mismo es algo que no me convence. Llámenme etnocéntrica si quieren, pero me gusta la idea de que en Occidente estamos por encima de la idea de que la intolerancia se combate con más intolerancia. (Es todavía más dudoso afirmar que los mismos musulmanes a quienes les afecta la prohibición del minarete son los mismos individuos que proscriben la construcción de templos cristianos en sus países.) Desde mi perspectiva, creo que Occidente debiese ser un ejemplo de tolerancia religiosa al resto del mundo.
Conviene también referirse a la cuestión de las iglesias Ortodoxas serbias y templos sij, ambos permitidos en territorio suizo. Para ponerlo en términos simples, estas religiones no tienen las mismas connotaciones que el islam en Occidente. Mientras que hay pocos o ningún Cristiano ortodoxo “nativo” en Suiza, la iglesia Ortodoxa de Oriente no es muy distina del catolicismo o protestantismo (las principales religiones de Suiza). Más aún, los ortodoxos no parecen albergar ningún rencor particular contra Occidente. Ni tampoco los sij. A pesar de la distancia doctrinal con el cristianismo, el sij a nivel de fe y de individuos no es percibido como una amenaza en Occidente ni en la cultura occidental. El islam, y por consiguiente los musulmanes, sí son percibidos así. No cabe duda que los miembros del Partido Popular Suizo lo saben, de ahí su silencio sobre los gurdwaras y las iglesias ortodoxas.
Estoy segura que si un plebiscito similar se llevase a cabo en Canadá, yo habría votado a favor de permitir los minaretes, sin importar que no soy musulmana e incluso a pesar que me siento bastante incómoda con algunas prácticas del islam actual. Quiero creer que si viviese en Suiza habría votado de igual manera. Pero no soy suiza. No soy parte de un país con una tradición que se extiende por al menos un milenio, y no sólo por algunas generaciones de ancestros.
Sin embargo, a fin de cuentas, son los suizos los dueños de su propio país, y no cuestionaría como ilegítimo el resultado de una consulta que cumple con estándares democráticos. La mejor forma de revertir los resultados de esta decisión es mediante el diálogo interno y no con normas que emanan de una autoridad superior. Las discusiones que seguirán en este debate prometen ser muy interesantes.
(* El “adhan,” o llamado a la oración no ha sido el asunto en cuestión, como lo fue en el Reino Unido, dado que en Suiza el llamado a la oración se hace dentro de los límites de la propia mezquita.)