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sábado, 25 de marzo de 2017

Los cinco ingredientes de populismo

Los cinco ingredientes del populismo según el profesor Niall Ferguson


El populismo embiste en todo el mundo y debemos entender su génesis para detenerlo


En la era de la posverdad y de la reacción populista les propongo nadar contra la corriente. Ahora que se levantan enemigos imaginarios y se proponen soluciones absurdas, y cuando cualquier pelafustán se da ínfulas de erudito porque "estamos cansados de los expertos", hagamos algo realmente iconoclasta, radical, controversial, políticamente incorrecto y rupturista: escuchemos gente inteligente.

El profesor Niall Ferguson es uno de los intelectuales públicos más prominentes en el Reino Unido y muy respetado también en Estados Unidos. Como ocurre en sociedades avanzadas, los intelectuales también son figuras mediáticas: Ferguson ha escrito y presentado magníficas series de TV como Civilización, ¿el fin de Occiente? o su libro-documental El dinero, Historia financiera del mundo, recompensado con un Emmy. Realizó la brillante investigación Los Rothschild, banqueros del mundo y hace pocos años lanzó una imponente biografía de Henry Kissinger. 

En Chile Liberal desde luego tenemos diferencias con él pero ello no obsta para destacar su trabajo. Lo que nos motiva en este post es rescatar un interesante análisis suyo sobre el fenómeno del populismo, del cual Ferguson se valió para anticipar el triunfo de Donald Trump. Nos servimos de esta misma matriz para comprender cómo irrumpe el populismo en Chile. Los invito a ver en YouTube Los 5 ingredientes del populismo. A continuación un resumen con nuestra apreciación:

1. Aumento de la inmigración
La primera edad de oro de la globalización comprendió desde finales del siglo 19 hasta su fin abrupto en 1914. (En la historiografía francesa a este periodo se le llama Belle Époque.) Se vio el mayor flujo migratorio de la historia, principalmente con el desplazamiento de la población de Europa a EEUU a niveles mucho mayores que los actuales. Ferguson no lo dice pero la cifra que manejo es de un 5% de la población mundial viviendo fuera de su país natal, comparado con un magro 3% actual. 

El miedo al inmigrante ha sido uno de los grandes temas del populista Trump, como sabemos. En Chile también comprobamos tasas migratorias importantes y prácticamente sin precedentes. Podemos declarar que vivimos la segunda mayor ola migratoria desde la colonización europea y es inminente que nuestra época pase a convertirse en la mayor era de inmigración de nuestra historia. ¿Hay algún líder político o de opinión, hay intelectuales exacerbando el miedo a los inmigrantes à la Donald Trump o à la Marine Le Pen? 

2. Aumento en la desigualdad
Niall Ferguson se apoya en Thomas Piketty para establecer este punto y acierta. En Chile Liberal ya abordamos el magnum opus y súper-ventas internacional "Capital en el siglo 21". La expansión actual de la brecha entre ricos y pobres es incontestable. El economista francés de hecho demuestra que la desigualdad actual sólo es superada en magnitud por la desigualdad durante la Belle Époque.

Sólo un necio podría negar que la situación es la misma en Chile. La globalización, si bien ha traído más progreso e inversión que nunca a nuestro país, también fractura la sociedad creando una clase de winners y otra de losers. Así todo, en los países emergentes como Chile los pobres continúan siendo infinitamente más ricos que los pobres de la generación anterior. No está claro cuánto tiempo esta realidad puede apaciguar a la opinión pública. El problema es crítico en los países ricos, bien entrados ya en la era post-industrial, donde por primera vez desde que tenemos memoria viva los pobres son hoy, comparativamente hablando, más pobres que antes. El gringo actual es más pobre que sus padres, más pobre que sus abuelos y bisabuelos, e incluso más pobre que sus tatarabuelos. Hoy en Chile nadie, absolutamente nadie, es más pobre que sus progenitores.

3. Aumento en la percepción de la corrupción
En EUU ⎯país con una institucionalidad sólida⎯, vemos que corporaciones como el Congreso han sufrido el derrumbe de su reputación ante los ojos del electorado. La clase política es ferozmente resistida y denostada.

Lo vimos en las elecciones pasadas donde la infame frase Crooked Hillary, "Hillary corrupta", la condenó. Ni hablar de Chile. Nosotros experimentamos hoy la crisis de corrupción más pavorosa de la que tenemos recuerdo, quizás sólo superada en la época de "la escoba de Ibáñez". 

4. Una crisis financiera mayor
La crisis que comenzó el año 2007 será recordada como una de las peores crisis financieras ⎯ sólo la Gran Depresión de 1929 fue más devastadora. Acá Ferguson nos presenta un elemento muy interesante. Todos consideramos al colapso de Wall Street ese terrible martes 24 de octubre de 1929 como la crisis más horrible de la era moderna. En realidad, hubo un periodo tanto o más desequilibrante llamado Pánico financiero de 1873, el cual redundó en años de bajo crecimiento que perdurarían hasta mediados de la década 1890. Las similitudes con la actualidad son espeluznantes y demuestran que no es tan cliché eso de que la historia se repite a sí misma.

Pues en esto Chile vive una situación excepcional. La Gran Recesión, como finalmente se bautizó a la Crisis Subprime/Credit Crunch/Crisis financiera post-2007, desde luego fue un golpe bajo a las finanzas chilenas. Pero como cultivamos desde 1990 la austeridad fiscal y cierta rectitud política, las finanzas chilenas estuvieron en orden como para resistir el embiste. El año 2010 ya Chile estaba convaleciente y listo para recuperarse, prueba de aquello fue la etapa de alto crecimiento y bajo desempleo que acompañó al expresidente Sebastián Piñera (consecuentemente vino la explosión inmigratoria). 

De todo modos, a pesar que la economía chilena es quizás la más abierta del mundo gracias a nuestros acuerdos de libre comercio (insólito que hoy acuerdos comerciales sean cuestionados), estamos expuestos a las veleidades de los grandes mercados por mucho que nuestro interés ahora resida en los lazos con otras economías emergentes, y no en las alicaídas economías post-industriales occidentales. Hoy vivimos una crisis económica que si bien no es aguda igualmente causa frustración en los votantes debido al crecimiento por debajo de nuestro potencial y el fin del pleno empleo.

5. El ingrediente final: aparece un demagogo
En este escenario irrumpe un líder que conecta con el sentimiento de los electores, quienes se sienten desilusionados y desamparados ante los cuatro elementos descritos anteriormente. La cuestión que plantea Ferguson se limita a determinar quién es el demagogo cuando ya tenemos los cuatro ingredientes.

El profesor escocés nos cuenta un hecho histórico fascinante. La gente cree que lo vivido hoy es la primera vez que ocurre en la historia. Ferguson desempolva a Denis Kearney, el Donald Trump de la década 1870, el populista más insigne durante la crisis financiera descrita en el ingrediente número 4.

Su retórica se resume en que los problemas de los trabajadores californianos se debían a los inmigrantes y a una clase dirigente corrupta. Su eslogan era simple: "¡Fuera chinos!". La diatriba pasó del discurso a la acción convirtiéndose en ley ⎯siguiendo la lógica del discurso xenófobo de Trump y sus posteriores decretos migratorios actuales⎯, conocida como la Exclusion Act de 1882 que detuvo primero la inmigración de asiáticos y luego de otros inmigrantes, y finalmente logró detener todos los flujos migratorios. Fue el primero en proponer un muro, mucho antes del Muro de Trump, tal como se ve en esta escalofriante imagen de aquellos años:

Tal como Trump, Kearney formó parte de una legión populista mundial: en la misma época surgían líderes populistas en Europa, principalmente anti-judíos (los judíos de ayer son los musulmanes de hoy).

Ferguson recomienda que los gobiernos cuenten con algún "Consejo asesor de historiadores" y no sólo de economistas, más aún considerando el papel lamentable de los economistas y su nulo aporte. En Chile no sé qué pensar de tener como asesores a Salazar u otros. Mejor sigamos con los economistas y tecnócratas hasta que tengamos una masa decente de intelectuales.

La conferencia de Ferguson pasa a analizar las consecuencias de la oleada populista de la década 1870. Repasemos sus puntos:

1. Aumento de los aranceles y menor comercio internacional, que duró hasta fines del siglo 19, cuando comenzaría la primera edad de oro de la globalización (Belle Époque). Ya vemos que Trump quiere aumentar aranceles, medida explícita también en el programa de Marine Le Pen, quien propone un 3% de "arancel patriótico" sobre las importaciones.

2. Los populistas no forman gobiernos, no logran poder, pero sí asustan al establishment. En el caso de Trump el populismo sí triunfó. Pero vemos que fracasó en Holanda, y estamos expectantes ante el desenlace en Francia. Ferguson destaca que Kearney ni ninguno de sus pares en Europa se convirtieron figuras políticas mayores.


3. El populismo no inicia guerras como los fascismos reales de los años 30. Éstos implicaban combates con hombres en uniforme, y Ferguson se apresura en no acusar a todos los populistas de fascistas. Los populistas no causan guerras bélicas porque lo suyo son las guerras comerciales y el proteccionismo en general. 

4. Las oleadas populistas no duran mucho tiempo. Esto es evidente. La gente se da cuenta que las soluciones no funcionan. El populismo de Kearney desapareció en la década 1890 y fue relegado al olvido, tanto así que hoy apenas sabemos quién fue. Ejemplos que entrega Ferguson: los populistas de Argentina y Venezuela. Sus soluciones son peores que los problemas que denunciaron. Vemos cómo Argentina nunca se industrializó y al contrario está atrapada en asfixiantes barreras proteccionistas.

5. La era post-populista dio lugar al progresismo en EEUU y al socialismo europeo. Lloyd George en Reino Unido y Woodrow Wilson en EEUU fueron los grandes líderes progresistas que aparecieron cuando se agotó el populismo posterior al Pánico de 1874. Una vez en el poder, forjaron la nueva globalización que paradójicamente culminó en el cataclismo de la I Guerra Mundial. La lección de la Historia es que son los progresistas quienes causan las guerras. Si bien no comparto esta conclusión de Ferguson al menos sí entiendo el fondo.


El populismo a la chilena
Es inquietante constatar que los cuatro ingredientes de Ferguson se aprecian en Chile. ¿Sólo falta que emerja el demagogo? No, ya lo tenemos ⎯ y no es uno, sino varios.

Sebastián Piñera dio el punta pie inicial cuando de manera estúpida e irresponsable denunció los supuestos graves problemas de criminalidad que según él conlleva el acoger inmigrantes. Las estadísticas dicen que los recién llegados son mucho menos proclives al crimen que la población local pero a Piñera eso no le preocupa.

Tenemos otros populistas, principalmente Alejandro Guiller y Manuel José Ossandón. Para ser justos, Guillier es más bien un populista descafeinado, alguien que en realidad no sabemos muy bien qué piensa, quizás nada, pero sí sabemos que el populacho lo aclama porque salía en TV y de él emanaba cierto aire de integridad. Más bien es un carismático, un demagogo en ciernes, que potencialmente puede empezar a conectar con los votantes sobre los cuatro ingredientes que explica Ferguson.

Ossandón en cambio es el populista por excelencia. Un populista de verdad. Dentro de poco anunciará construir un muro en la frontera de Chile con Perú. Así como Le Pen quiere terminar con el árabe en las escuelas francesas, a pesar que ninguna lección se imparte en árabe, así también Ossandón comienza con el populismo puro que es anunciar medidas ramplonas frente a problemas complejos para pasar al populismo de alto octanaje, que consiste en ofrecer soluciones radicales a problemas inexistentes, a exaltar el "ellos contra nosotros", a proclamarse el purgador de todo lo corrupto, y ser la encarnación de lo anti-sistema, aunque sea él mismo producto del sistema y parlamentario desde tiempos inmemoriales.

Lo mejor que podemos hacer para inocular a la población de la epidemia populista es primero detectar los factores que la hacen posible, como lo hemos hecho en este post, y luego pasar de la cháchara a la acción. 

Urge una ley moderna de inmigración: un sistema de puntos como en Canadá o Australia. Es imperativo mantener el rigor fiscal, donde hemos fallado ya que nos endeudamos y no crecemos ni ahorramos. Requerimos un sistema de seguridad social, proveído por privados conjuntamente con el Estado, para mitigar la sensación de precariedad de los trabajadores. Es esencial, además, un esfuerzo constante por la transparencia en la designación de cargos, la claridad en el financiamiento de campañas y la probidad en la gestión pública para acabar con la lacra de la corrupción y la corrosión de las instituciones (Pacogate, Milicogate, compra de tierras místicas). Empecemos ahora mismo porque el populismo ya está desatado.


viernes, 20 de noviembre de 2015

Un voto por Macri



Desde Chile enviamos un voto simbólico por el hombre con los instintos económicos que Argentina necesita

El ex Jefe de gobierno de Buenos Aires, Mauricio Macri, no puede etiquetarse como un liberal en el sentido ortodoxo del término, pero agrada a Chile Liberal. A pesar de cierto conservadurismo en temas societales (oposición al aborto, por ejemplo), la gravedad de la situación económica en Argentina amerita alguien con la mentalidad del también ex Presidente del club Boca Juniors.

El economista Simon Kuznets declaró que los países se dividen en cuatro categorías: los desarrollados, los subdesarrollados, Japón y Argentina. Analizar el país del tango es tan complejo que Mario Vargas Llosa se ha declarado incapaz de hacerlo. Establecer la mejor opción presidencial tampoco es fácil. Pero en realidad tan complicado no es si comenzamos con un repaso de su trayectoria y situación. 

Es un mamut geográficamente enorme, donde la masiva inmigración italiana ha moldeado un carácter nacional gregario con una pasión desbordante que siempre ha contrastado con el talante estoico, individualista y normativo del chileno. Argentina, contrario a su propia narrativa, nunca fue un país del primer mundo: esto es una exageración propia de su desbordante pasión mediterránea. 

En su momento de gloria (todo país latinoamericano ha tenido sus 15 minutos y ninguno lo ha aprovechado) su fuente de ingresos fue primero el trigo. Sus despobladas planicies fueron catalogas como "un páramo inútil" por Charles Darwin, pero eran ideales para la explotación bovina, que gracias a la invención de los frigoríficos llevó al campo argentino a producir y exportar enormes cantidades a Europa. Sus haciendas llegaron a ser altamente productivas. Pero un país genuinamente avanzado pasa de la etapa de la exportación de materias primas, cosa que Argentina no ha logrado.

El crash de la Bolsa en 1929 arrastró al mundo al colapso: EEUU se desmorona, la URSS se erige como opción plausible y seduce a la intelectualidad, Europa sucumbe al fascismo, y en Argentina estalla el primer golpe de Estado (y en el resto del continente se vería una interminable seguidilla de golpes). El país hermano aprendió que los gobiernos autoritarios brindaban expeditamente las herramientas  para protegerse de las veleidades internacionales y controlar los flujos de capitales. Argentina jamás se recuperaría de la Gran Depresión, y el peronismo, un amasijo caótico de populismo socialista y fascismo económico, irrumpiría y causaría estragos hasta hoy. 

En estos momentos, Argentina no exporta más trigo o carne que el diminuto Uruguay. Uno de cada cuatro niños vive en la desnutrición. La economía depende de la soya, cuyo precio va en picada. El proteccionismo alentado por el peronismo encarece la importación y dificulta la exportación, y los vuelve insulares ante la competencia internacional. El país es un paria en los mercados de capitales. Después de la nacionalización de YPF nadie se apura para invertir ahí. Sin entrada de divisas, sin acceso a créditos, y desprovista de reservas en su Banco Central, el gobierno saliente ha hecho curiosas contorsiones y malabarismos para evitar un nuevo colapso como el del corralito a fines del 2001 (Argentina ya ha caído en default 7 veces). Cuando el fracaso fue innegable, empezaron a falsear descaradamente las cifras. Con un 25% de inflación real y ante al fin del boom de las commodities, el panorama es desalentador.

Sho lo voto
Macri, no obstante, entiende todo esto. A pesar de haber rendido un extraño tributo al peronismo, sabe que se necesitan medidas impopulares en la dirección opuesta al clientelismo de los Kirchner. Si bien no va a privatizar las AFP o YPF, sabemos que va a cortar subsidios y se esmerará por mejorar la imagen internacional para acceder a créditos.

La vía populista de Cristina Fernández necesita un golpe de timón, incluso el improbable delfín oficialista, Daniel Scioli, lo sabe. La cuestión es determinar si habrá un ambiente propicio para que Macri gobierne, o si la oposición causará tales convulsiones que veamos nuevamente a argentinos batallando por un pedazo de carne. Con un Brasil en recesión y un Chile anémico, la región exige que sus clases políticas otorguen gobernabilidad.

Se dijo lo mismo durante la elección de Piñera: Chile no resistiría ser gobernado por un hombre de negocios, y de derechas. Estallaría el caos. Sí, hubo marchas, se desplomó la popularidad del Presidente, pero primó la razón. Piñera además era un payaso, Macri no. La campaña del terror que ha comenzado el kirchnerismo es absurda. 

Macri emite las notas que queremos escuchar cuando habla de la institucionalidad que requiere Argentina, o de la necesidad que el Congreso no sea una mera oficina de timbres de la presidencia (lo que atenta contra la separación de poderes), o cuestiones tan obvias como la profesionalización de la policía y aplicar la ley en todo el territorio. Esto, en Chile Liberal, nos gusta.

Finalmente, quizás con un dejo de egoísmo, sabemos que Mauricio Macri quiere estrechar los lazos con Chile. Sus ideas al oeste de los Andes caen en tierra fértil. 

Evo Morales ha hostigado a nuestro país y ha públicamente entregado su adhesión a Scioli, acto inaceptable para un jefe de Estado. Esperamos que Macri vea en el ejemplo chileno aquello que es bueno copiar y aprenda de los errores que se deben evitar, y se aparte del Axis of Evil latinoamericano (Bolivia, Ecuador, Venezuela) y que hablando el idioma común de mercados abiertos, acabemos por forjar una integración real y profunda. Necesitamos a Argentina más cerca del Eje de Chile, Perú, Colombia y México.

El balotaje argentino ha sido lamentablemente agresivo, por parte del oficialismo. En su momento  no se sabía si Scioli ganaba en primera vuelta, y que si había segunda vuelta sería un trámite. Hoy, Macri incluso lleva ventaja. Un hombre con un halo tecnócrata, sin el carisma como el que gusta en Argentina (pensemos en Evita), resultó ser no sólo un hábil político, sino que es depositario de la frustración de los argentinos frente al deplorable saldo del binomio Kirchner. Pero se presenta como constructivo. La actual cleptocracia incompetente debe acabarse. Para ello, argentina hará muy bien en elegir a Mauricio Macri como su nuevo Presidente.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Columnista invitada: "¿Deben prohibirse los minaretes en Suiza?"

Desde Canadá, Emilia nos presenta su visión sobre la prohibición de minaretes en Suiza. Con este artículo iniciamos un mini-ciclo de dos entregas sobre el el islam en Occidente. ¿Cuáles son los límites de la libertad de culto? ¿Cuál es el lugar del islam en Europa? ¿Debe la intolerancia combatirse con más intolerancia? ¿Son los musulmanes así como los pintan los grupos conservadores? Estas son algunas interrogantes que aborda Emilia. Los invito a leer y comentar (en inglés o en castellano).


Minaretes en Suiza: ¿Deben prohibirse?

Por Emilia L.
Traducido por Chile Liberal

Hace algunos años iba en automóvil por las calles de Caracas, la capital de Venezuela, junto al editor de una revista en la cual a veces escribo. En una misma cuadra divisé una iglesia católica, una sinagoga y una mezquita. Mi editor exclamó que en su ciudad los fieles de cada una de las tres grandes religiones monoteístas del mundo viven en perfecta armonía.

Pude fácilmente entender su orgullo. Toronto también se jacta de una diversidad religiosa similar. La pequeña iglesia luterana a la cual asisto ocasionalmente en College Street, por ejemplo, queda a pocos pasos de un templo budista, de dos sinagogas (en Kensignton Market, un barrio judío tradicional) así como de varias otras iglesias cristianas de diversas denominaciones. Aunque Canadá y Venezuela son naciones nominalmente cristianas, ambos países han recibido inmigrantes de diversas religiones, quienes han dejado su impronta en las sociedades de acogida. De modo que una mezquita como Masjid-El-Noor en Toronto, completa con su respectivo minarete (una alta torre adjunta), no parece fuera de foco en una gran urbe de un país neo-europeo como Canadá.

Pero es distinta la situación en la Vieja Europa. Al menos esa es la opinión de un 57% de ciudadanos suizos que en un plebiscito organizado el mes pasado votaron a favor de una reforma constitucional que buscaba prohibir la construcción de nuevos minaretes en el país. El minarete, mencionado anteriormente, es la torre adjunta a la mezquita desde donde son llamados los fieles, en los países musulmanes, para que realicen sus oraciones. * Suiza actualmente posee cuatro minaretes. La reforma constitucional no tiene como propósito el destruirlos, sino prohibir la construcción de nuevos minaretes en el futuro.

La reforma en sí misma se logró por iniciativa del Partido Popular Suizo, una agrupación de derecha que ocupó varios titulares el año pasado por proponer que las familas de los inmigrantes condenados por delitos fuesen deportados junto con el miembro que ha delinquido. El fundamento del Partido Popular para prohibir el minarete es que esta estructura simboliza “el islamismo político y la ley charía”. Ellos enfatizan la importancia de resguardar a Suiza de la supuesta amenzaza que presenta la islamización de Europa. Además —sostienen ellos— los musulmanes en Suiza seguirían con derecho a practicar su religión e incluso pueden seguir construyendo mezquitas (excepto con minaretes, claro está).

El resultado del plebiscito generó gran expectación. Por un lado, fue celebrado por muchos conservadores, incluidos varios que abiertamente declaran “Dios bendiga a Suiza” (frase más bien irónica ya que el país es bien poco religioso). Algunos vieron en esta decisión popular una especie de "ojo por ojo" contra las naciones musulmanes, por ejemplo Arabia Saudita, donde está prohibido construir iglesias cristianas. Por otro lado, algunos condenaron la prohibición por ser discriminatoria, e incluso racista. Estas críticas provinieron no sólo de parte de musulmanes, sino también de algunos líderes cristianos quienes vieron en esta restricción un atentado contra la libertad de culto. Algunos musulmanes fueron más allá y señalaron que la decisión fue injusta, destacando que las iglesias Ortodoxas serbias y templos sij (llamados también “gurdwaras”) están siendo construidos en territorio suizo. Otro comentario frecuente ha sido que los musulmanes en Suiza no provienen de teocracias islamistas sino de países relativamente laicos como Bosnia, de modo que poco pueden estar comprometidos en algún plan para “islamizar” su país de acogida.

Desde una perspectiva exclusivamente estética, comparto esta prohibición. Un minarete en sí parece bastante fuera de contexto en un paisaje de chalés y campanarios de iglesias. Los suizos no pueden ser catalogados como un pueblo practicante, a juzgar por los índices de asistencia a ceremonias religiosas, pero sí pueden estar muy aferrados a sus tradiciones, las cuales son parte de su propia historia. Y mientras naciones neo-europeas como Canadá o Venezuela han disfrutado de su cultura occidental por prácticamente 500 años (la ciudad más antigua en el continente americano es Santo Domingo, en República Dominicana, fundada en 1498), las raíces de Suiza se extienden por muchos siglos. Por ello es que algunos pueden considerar al minarete como una intrusión en tradiciones profundamente arraigadas.
Desde otra perspectiva, no puedo sino considerar al fantasma de la islamización, tan temido por el Partido Popular Suizo, como una treta populistapara ganar votos. El hecho que una mayoría de musulmanes en Suiza no sean radicales ni tampoco provengan de países donde el islamismo militante sea una fuerza considerable confirma mi sospecha, como también me reafirma el póster propagandístico del Partido Popular: una foto de un minarete con forma de misil, emergiendo desde una bandera suiza, y de frente mostrando una mujer con un velo negro. Además, lógicamente me sorprende un poco que si este partido político está tan preocupado por la invasión islámica, entonces ¿por qué no prohíben la construcción misma de mezquitas, lugares donde al parecer los temibles musulmanes aprenden sus lecciones, y no sólo los minaretes? No logro entender por qué el minarete es en sí mismo tan peligroso.

En el transcurso de este debate es común que surja el asunto de la libertad de culto. Es cierto que a los musulmanes no se les prohíbe practicar su fe, ni tampoco se les impide la construcción de nuevas mezquitas. Así todo, la prohibición de minaretes —sin otra justificación que el supuesto simbolismo del poder del islam—, sí es sentida como una restricción arbitraria y autoritaria. Además, el argumento de que Suiza decidió lo correcto porque las naciones musulmanas hacen lo mismo es algo que no me convence. Llámenme etnocéntrica si quieren, pero me gusta la idea de que en Occidente estamos por encima de la idea de que la intolerancia se combate con más intolerancia. (Es todavía más dudoso afirmar que los mismos musulmanes a quienes les afecta la prohibición del minarete son los mismos individuos que proscriben la construcción de templos cristianos en sus países.) Desde mi perspectiva, creo que Occidente debiese ser un ejemplo de tolerancia religiosa al resto del mundo.

Conviene también referirse a la cuestión de las iglesias Ortodoxas serbias y templos sij, ambos permitidos en territorio suizo. Para ponerlo en términos simples, estas religiones no tienen las mismas connotaciones que el islam en Occidente. Mientras que hay pocos o ningún Cristiano ortodoxo “nativo” en Suiza, la iglesia Ortodoxa de Oriente no es muy distina del catolicismo o protestantismo (las principales religiones de Suiza). Más aún, los ortodoxos no parecen albergar ningún rencor particular contra Occidente. Ni tampoco los sij. A pesar de la distancia doctrinal con el cristianismo, el sij a nivel de fe y de individuos no es percibido como una amenaza en Occidente ni en la cultura occidental. El islam, y por consiguiente los musulmanes, sí son percibidos así. No cabe duda que los miembros del Partido Popular Suizo lo saben, de ahí su silencio sobre los gurdwaras y las iglesias ortodoxas.

Estoy segura que si un plebiscito similar se llevase a cabo en Canadá, yo habría votado a favor de permitir los minaretes, sin importar que no soy musulmana e incluso a pesar que me siento bastante incómoda con algunas prácticas del islam actual. Quiero creer que si viviese en Suiza habría votado de igual manera. Pero no soy suiza. No soy parte de un país con una tradición que se extiende por al menos un milenio, y no sólo por algunas generaciones de ancestros.

Sin embargo, a fin de cuentas, son los suizos los dueños de su propio país, y no cuestionaría como ilegítimo el resultado de una consulta que cumple con estándares democráticos. La mejor forma de revertir los resultados de esta decisión es mediante el diálogo interno y no con normas que emanan de una autoridad superior. Las discusiones que seguirán en este debate prometen ser muy interesantes.

(* El “adhan,” o llamado a la oración no ha sido el asunto en cuestión, como lo fue en el Reino Unido, dado que en Suiza el llamado a la oración se hace dentro de los límites de la propia mezquita.)

domingo, 10 de mayo de 2009

Necesitamos mantener nuestra reputación

Se acerca la última cuenta al país de la presidenta Michelle Bachelet, en un clima económico tumultuoso. Se dice que la economía mundial ya tocó fondo, pero eso está aún por verse. En Chile, la mandataria goza de un nivel de popularidad sin precedentes, que ha llegado a un extraordinario 67% de aprobación. Sin duda, la excelente gestión del equipo económico de la presidenta ha sido instrumental, pero además contribuye la confianza que tiene el electorado en una coalición de gobierno que ha proporcionado casi dos décadas de estabilidad financiera. Es en el lado político donde aún queda mucho por reformar. Pero el líder opositor, el conservador moderado Sebastián Piñera, parece quedarse sin argumentos cuando vemos que hasta el semanario británico The Economist (ver a continuación) elogia la gestión del gobierno de Bachelet, a la vez que nadie asegura que la derecha sea un baluarte de probidad.

No "estamos blindados", como alardeó el ministro Velasco. Pero sí el país se encuentra en una posición robusta: el manejo de las finanzas en Chile ha sido profesional y tecnocrático. Es la intención de este blog el instigar un golpe de timón en la conducción del país, pero bajo condición que quienes pretendan reemplazar a la Concertación posean la credibilidad como para demostrar que pueden hacerlo mejor. Esta es una duda que Piñera, y los políticos que lo rodean, aún no aplacan.

En el resto del continente aún persisten piquetes de populismo y socialismos trasnochados. El temor es que otros que iban rumbo a consolidarse, se derrumben ante una prolongada recesión que acecha. La Gran Depresión de 1929 desembocó en nacionalismos y proteccionismos que hicieron estallar la II Guerra Mundial en Europa, y una seguidilla de dictaduras militares en América Latina. Necesitamos evitar los errores del pasado.

El siguiente es un artículo seleccionado y traducido por Chile Liberal para su difundir y comentar. Los destacados son propios.







Esa cosa tan frágil: una buena reputación
The Economist (ver original)

En estos dos últimos siglos, América Latina ha sido sinónimo de despilfarro de oportunidades y de crisis económicas. Su reputación se encuentra tan arraigada que cuando la presidenta de Chile se reunió con el primer ministro británico y ella se jactó de la visión que tuvo su gobierno al ahorrar sus excedentes durante los años del boom, el líder opositor británico, George Osborne, se burló: "Los latinoamericanos le están dando clases de finanzas públicas a Gordon Brown. Aunque cueste creerlo, así es".

Felizmente, la visión del señor Osborne es añeja, o al menos sólo se aplica a unos pocos países de la región [Nota de ChL: Osborne es Conservador]. Durante la década pasada, la mayoría de los países más grandes han mejorado enormemente sus políticas económicas y las instituciones gubernamentales necesarias para aplicarlas. Esta es una de las principales razones por las que América Latina hasta hace poco era un mero espectador en la crisis financiera mundial. Sus bancos son principalmente conservadores y están bien regulados. Muchos países se abstuvieron de continuar con sus malas costumbres habituales de abusar de los préstamos durante los años de boom. Las cuentas públicas no sólo se han mantenido en equilibrio, sino que el endeudamiento público cayó y la región terminó con un superávit de cuenta corriente. De hecho, desde el punto de vista que se quiera, Chile es una de las economías mejor administradas del mundo, pero México, Brasil, Colombia, Perú y Uruguay lo siguen a corta distancia.

Desgraciadamente, nada de lo anterior sirve para blindar a la región contra la recesión mundial. La mayoría de los analistas pronostican que la producción se contraerá este año y se experimentará un tímido repunte el próximo año, o sea, el ingreso per capita caerá. Algunos países están peor que otros. Incluso antes del brote de influenza porcina, México ya se encontraba malherido ya que su economía está firmemente acoplada con la de EEUU. Brasil está un poco mejor. Argentina, Venezuela y Ecuador han desdeñado la prudencia de sus vecinos y se han enemistado con los inversionistas. Sólo la incierta posibilidad de ayuda económica de China puede evitar una posible crisis el próximo año.

Así todo, en contraste con las recesiones anteriores, América Latina en su conjunto no se encuentra peor que el resto del mundo. Es decir, sus flaquezas no están exacerbando el problema. Incluso más, sus gobiernos han sido capaces de amortiguar el golpe con políticas contracíclicas, las mismas que los países ricos han acostumbrado desde los tiempos de Keynes pero que los habituales derroches latinoamericanos y la poca seriedad de sus gobiernos habían hecho imposible en el pasado. Por ello, en vez de verse obligados a recortar gastos cuando caen las recaudacioness de impuesto, esta vez los gobiernos han sido capaces de aumentarlo. Sus bancos centrales han ganado credibilidad como enemigos de la inflación, y muchos tienes suficientes reservas como para bajar las tasas de interés sin poner en riesgo sus monedas.

Conoce tus límites
No obstante, los esfuerzos que hacen los gobiernos para apaciguar el dolor desde luego que tienen un límite. Mientras haya radio de acción, sin lugar a dudas, para suavizar la política monetaria, debe contenerse la política fiscal. El FMI, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo van a tapar las grietas este año, pero el próximo se prevé difícil. La recaudación fiscal caerá aún más y los gobiernos latinoamericanos, por causa de sus oscuros pasados, se verán en aprietos para conseguir recursos en los mercados de capitales, que ya estarán seriamente solicitados.

La prioridad para estos gobiernos debe ser mantener la reputación que se han ganado recientemente manteniendo la estabilidad financiera. Esto significa que deben mantener a raya sus presupuestos. Algunos de sus logros sociales en estos últimos años inevitablemente se perderán. Pero los gobiernos sí pueden ayudar a los pobres focalizando sus recursos en áreas como evitar la desnutrición infantil, contener la deserción escolar y mejorando los servicios de salud pública.

Hay otra lección, mucho más difícil. El reciente crecimiento de América Latina se debe a factores externos, como el dinero barato y los altos precios de las materias primas. Con la economía mundial--en el mejor de los casos--desacelerándose por varios años, la región tendrá que buscar en sí misma espacio para crecer, y debe hacerlo mejorando su productividad. Esto necesita de un enorme esfuerzo no sólo por mejorar sus niveles de educación, sino de implementación de reformas que llevan años esperando, como por ejemplo, flexibilizar el mercado laboral. Estas reformas nunca son fáciles en América Latina, donde los políticos democráticos deben conseguir votos de gente que vive en países con las mayores desigualdades del mundo. Pero si la región aspira a consolidar su nueva reputación de progreso prudente y buena gestión económica, tendrán que hacerlo.