lunes, 25 de julio de 2016
Crítica de cine: Colonia
jueves, 19 de septiembre de 2013
Los ecos aún reverberan
miércoles, 11 de septiembre de 2013
¿Nunca más?
sábado, 20 de septiembre de 2008
Por qué Allende sí fue un "Gran Chileno"
Augusto Pinochet, 11 de septiembre de 1973
Con toda seguridad, Allende ha sido el peor presidente de la historia de Chile, y quizás del mundo. No habrá otro peor que él. A nadie hoy se le ocurriría regalarle un medio litro de leche a los pobres, congelar precios y emitir dinero hasta el hartazgo como parte de un plan de superación de la pobreza. Nadie haría alarde hoy de portar un fusil, o de bailar cumbia con Fidel Castro (o Chávez, etc).
Sin embargo, en medio de la paz republicana de hoy, es un motivo de horror el pensar que un ex presidente chileno, vivo en la memoria de muchos porque los hechos acontecieron hace apenas 35 años, se suicidó en el palacio presidencial mientras las fuerzas armadas bombardeaban su oficina en medio del peor caos del Chile moderno. Un hecho así no ocurre todos los días, ni creo que se repetirá en el futuro próximo.En el programa de TV "Grandes Chilenos" la teleaudiencia ha querido rendirle un tributo no a un ex presidente marxista, sino a un hombre, compatriota nuestro, con defectos y virtudes, que murió mientras ostentaba el mando de la nación, cargo que ganó de manera legal. La ciudadanía no había tenido oportunidad de metabolizar el trauma del golpe. Hoy, cuando ni siquiera el propio Partido Socialista sería capaz de defender el programa de Allende, existe la madurez cívica como para despedir a este ex mandatario como se merece.
El programa chileno se basa en 100 Great Britons, originalmente concebido y transmitido por la BBC, televisora estatal británica. La idea era generar discusión y debates, y los hubo (número 1, Churchill; 2, John Lennon). Es imposible lograr un acuerdo unánime sobre quién es el mejor de todos los tiempos. Los ingleses lo saben y lo asumen con su flema característica. Los chilenos, gente de estructuras mentales colectivistas, se asombran porque no hay acuerdo sobre quién debe ser ungido como el mejor de la historia. Para evitar tener una diferencia de opinión, algo escandaloso en nuestra rígida sociedad, habíamos inventado el santo secular de Arturo Prat. A los niños se les enseña que él era el más grande y punto. No es necesario discutir, porque tener diferencias es malo: estar todos de acuerdo es bueno.
Espero que sea otro signo de madurez el que en esta oportunidad la gente piense en otro aparte de Arturo Prat como un Gran Chileno, si bien hay patrones que se repiten entre el Capitán Prat y el ex presidente: ambos se arrojan a lo absurdo, ambos dejan la cagada, ambos son suicidas, y terminan siendo aclamados como héroes.
sábado, 6 de septiembre de 2008
El fin de Allende
Otro aniversario de los terribles acontecimientos que estallaron en Chile el 11 de septiembre de 1973. El siguiente es el artículo que The Economist escribió en aquella época para informar sobre el golpe militar. Es interesante además contrastar con el artículo que el semanario liberal publicó a propósito de la muerte del ex dictador chileno.
Sin duda, Pinochet se quedó demasiado tiempo, y lo que fue en un momento pacificación, se convirtió en matonaje estatal que se extendió injustificadamente por años, e incluso hasta la época cuando ya la población aclamaba por un rápido retorno a nuestra extensa tradición republicana y democrática. La falta de accountability, vale decir, de responsabilidad ante los actos, en este caso los abusos, fue inicialmente tolerada, pero finalmente se volvió intolerable. Un gobierno que no es accountable debe ser repudiado.
Con esta entrega completamos un ciclo sobre el golpe militar, que resumimos a continuación:
¡Y si eso significa una guerra civil, que así sea!, Time, agosto de 1973
El sangriento final de un sueño marxista, Time, 23 de septiembre de 1973
El fin de Allende, The Economist, 15 de septiembre de 1973
La partida de un tirano, The Economist, 13 de diciembre 2006
Chile Liberal invita a leer y comentar, y les dejo con un mensaje a favor de la democracia representativa, el gobierno limitado, y un compromiso irrestricto con la economía de libre mercado.
15 de septiembre de 1973
The Economist (ver original)
El presidente Allende no se ha convertido en un mártir, incluso aunque fuese cierto el rumor de que él mismo se quitó la vida el martes recién pasado. El bombardeo al palacio presidencial y su posterior asalto, así como la toma del poder que han hecho los comandantes en jefe de las fuerzas armadas de Chile, han puesto un amargo fin al primer gobierno marxista democráticamente elegido en Occidente. Y es posible que esto sea sólo el inicio de la lucha. Con todas las comunicaciones cortadas entre Chile y el exterior, ha sido difícil determinar exactamente qué está ocurriendo pero la violencia parece ser continua. Si el resultado es una sangrienta guerra civil, o si los generales ahora al mando no organizan elecciones pronto, no debe quedar ninguna duda sobre quién es el responsable de las tragedias que afectan a Chile. El responsable es Salvador Allende y los partidos marxistas que continuaron con su estrategia para ganar el poder absoluto en el país hasta el punto en que la oposición se desesperó al ser incapaz de ponerle atajo por medios constitucionales al gobierno.Lo que ha ocurrido en Santiago no ha sido el típico golpe militar Latinoamericano. Las fuerzas armadas toleraron a Allende por tres años. Durante este tiempo, el presidente logró sumergir al país en la peor crisis social y económica de su historia moderna. La confiscación de fundos y fábricas provocó una alarmante desplome de la producción y las pérdidas en empresas estatales sobrepasaron los $1.000 millones, según cifras oficiales. La inflación aumentó un 350% en los últimos doce meses. Las pequeñas empresas se fueron a la ruina. Los funcionarios y trabajadores de alta calificación vieron cómo la inflación destruía sus sueldos, las dueñas de casa comenzaron a hacer interminables filas para tratar de conseguir alimentos, pero no encontraban. La creciente desesperación causó un enorme huelga que los camioneros ya habían iniciado hace seis semanas.
Pero el gobierno de Allende no hizo otra cosa sino destruir la economía. Violó la letra y el espíritu de la constitución. La forma en que ignoró por completo al Congreso y al Poder Judicial dañó la fe del país en sus instituciones democráticas. Una resolución aprobada por la mayoría opositora en el Congreso declaró el mes pasado que "el gobierno no es meramente responsable por infracciones aisladas a la ley y la constitución, sino que ha hecho de ellas su sistema permanente de conducta”. El sentimiento de que el Parlamento es irrelevante aumentó con la violencia callejera, igual de grave como lo visto en Belfast (Irlanda del Norte), y por la forma en que el gobierno ha tolerado el aprovisionamiento de grupos armados de ultra-izquierda que han declarado abiertamente que se preparan para una guerra civil.
La fuerzas armadas han actuado recién ahora, cuando es evidente que existe un mandato popular para que intervengan. Al final tuvieron que actuar porque todos los medios constitucionales han fallado en su intento por restringir al gobierno, que terminó siendo inconstitucional. El detonante del golpe lo proporcionaron los esfuerzos de los extremistas de ultra-izquierda por promover la insurrección en las fuerzas armadas. Dos de los líderes de la coalición de gobierno, la llamada "Unidad Popular", el señor Carlos Altamirano, antiguo secretario general del Partido Socialista, y el señor Óscar Garretón, del Movimiento Acción Popular Unida, fueron nombrados por la marina como los "autores intelectuales" de los planes de amotinamiento detectados entre los marinos de Valparaíso. Los comandantes de las fuerzas navales en Valparaíso fueron los primeros en movilizarse esta semana.
Pero el rápido éxito del golpe y la participación en él de todas las fuerzas militares (incluida la fuerza policial, Carabineros) indican que los planes fueron prolijamente preparados. Aún está por verse si las fuerzas armadas siguen sólidas en su oposición al gobierno derrocado. La desaparición de dos comandantes, el admirante Raúl Montero y el general Sepúlveda, jefe de Carabineros, quienes fueron reemplazados por sus subordinados anti-marxistas el mismo día del golpe, demuestra que no todo el alto mando era partidario de la movilización. El peligro real de un baño de sangre se hará realidad si es que se produce un quiebre en las fuerzas armadas, o si estallan serios amotinamientos en los rangos inferiores. Esto podría desencadenar una caótica guerra civil. Se puede esperar una fuerte resistencia por parte de los comités de trabajadores y brigadas paramilitares que el Partido Socialista y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria aún manejan en Santiago y de algunos grupos guerrilleros en el sur. Pero si no logran un apoyo significativo, podrán ser controlados
No hay vuelta al pasado
Sea cual sea el gobierno que emerja de este golpe militar, no podrá esperar tiempos fáciles. También habrá tentación entre quienes sufrieron a manos de Allende para ajustar cuentas con los vencidos. Pocos creen que en Chile las cosas volverán a ser como antes. El trabajo de reconstrucción demandará enormes sacrificios, tal como en Brasil cuando Roberto Campos fue el responsable de la planificación económica en los años posteriores al golpe de 1964. Esto no significa que Chile será otro Brasil ya que hay grandes diferencias; primero, incluso con los acontecimientos actuales, Chile es un país menos violento, y segundo, sus soldados tienen una visión distinta de su papel como militares que los soldados detrás de Campos. Los chilenos aceptan que es demasiado tarde para revertir muchos de los cambios introducidos por el Dr. Allende; para reconstruir el sector privado, por ejemplo, pondrán más énfasis en atraer a los inversionistas extranjeros y en la creación de nuevas industrias que en devolver lo que el gobierno ha robado.
El general Pinochet y sus camaradas de armas no son los peones de nadie. Su golpe de estado fue planeado dentro del país, y los intentos de algunos por hacer creer que EEUU está involucrado suenan absurdos para todos quienes saben lo cauteloso que los norteamericanos han sido en sus últimos intercambios con Chile. El nuevo gobierno que emerge, que parece ser de carácter militar-tecnócrata, tratará de recomponer el tejido social que Allende rompió. Si significa la muerte temporal de la democracia chilena, es algo que debe ser deplorado. Pero no hay que olvidar quiénes lo hicieron inevitable.
lunes, 10 de septiembre de 2007
El sangriento final de un sueño marxista
El sangriento final de un sueño marxista
TIME
Lunes 24 de septiembre, 1973
Seleccionado y traducido por Chile Liberal
La semana pasada, la capital de Chile se convirtió en un sangriento campo de batalla que duró dos terribles días. Los aviones pasaban prácticamente por sobre los techos, lanzando bombas y misiles. Tanques recorrían las calles causando daño con sus ataques, militares allanando casas, y el ruido de los enfrentamientos se sentía en toda la ciudad. El objetivo principal, el palacio presidencial, se convirtió en cenizas bajo una nube de humo y llamas. En su interior, el presidente marxista de Chile, Salvador Allende Gossens (65), murió en su oficina, al tiempo que una junta militar se tomaba el país.El llamado del general Pinochet fue seguido por el comandante de la armada, almirante José Toribio Merino Castro, quien reiteró el ultimátum: “No me voy a rendir”, declaró Allende. “Eso es lo que hacen los cobardes, como ustedes”.
Como el ataque al palacio era inminente, Allende congregó al resto de sus colaboradores en una de las salas del palacio. “Señores”, dijo, “aquí me quedo.” Le pidió a todos que abandonasen el lugar, pero nadie quiso hacerlo. Allende ordenó que todas las mujeres fueran a la oficina del mayordomo de palacio y pidió que los hombres tomasen posición de combate. Se produjo un ataque de 20 minutos con soldados de infantería y tanques. Durante un breve tregua, el general Pinochet llamó nuevamente al palacio. Le dio 15 minutos a Allende para que se rindiese. Allende nuevamente se negó. Cuando se produjo este alto al fuego, las mujeres del palacio, incluida Beatriz (31), hija de Allende, escaparon a un lugar seguro.
Al mediodía, dos Hawker Hunters atacaron el palacio con bombas, misiles y gas lacrimógeno. Una hora y media más tarde, soldados de infantería entraron a La Moneda por una de las puertas laterales, y los oficiales le dieron 10 minutos a Allende para que se rindiese. “Todos ustedes, bajen sin armas y con las manos arriba”, el presidente le ordenó a los pocos colaboradores que aún permanecían con él. “Váyanse y ríndanse a los militares. Yo seré el último en salir”. Luego, de acuerdo a la versión de Mejido, Allende se disparó.
La esposa de Allende había escuchado las últimas palabras de su esposo transmitidas por radio. “Al mediodía, Salvador no contestaba el teléfono en La Moneda”, dijo ella. “Cuando por fin pude comunicarme, los que contestaron fueron agentes de seguridad o carabineros”. Mientras tanto, la fuerza aérea también atacó su chalet en el Barrio Alto. “Entre cada ataque, cuando los aviones volvían a la base para reabastecerse, los enfrentamientos eran feroces. La residencia estaba en llamas. La última llamada telefónica la hice tendida sobre el piso”.
Ni fue sino hasta el día siguiente que la señora de Allende supo que el paradero de su esposo era uno de los hospitales militares del ejército, y que estaba herido de gravedad. Cuando ella fue a verlo, se enteró de que en realidad estaba muerto. En sus declaraciones a la prensa dijo que era probable que él se hubiese suicidado con un fusil semiautomático, obsequio de Fidel Castro. Pero continuaban los rumores de que Allende había recibido trece disparos, la viuda de Allende pudo a continuación ver el féretro pero no el cadáver, y que el presidente y cuatro de sus acompañantes habían sido asesinados a sangre fría. Los rumores inmediatamente comenzaron a contribuir a crear la nueva leyenda de Allende, el mártir marxista.
El mismo día los restos de Allende fueron transportados a un aeropuerto militar en las afueras de Santiago y puesto en un avión rumbo a la ciudad de Viña del Mar, donde se encuentra al mausoleo de la familia del presidente. A la señora de Allende se le permitió acompañar el féretro, al igual que a su hermana Laura, dos sobrinos y un colaborador.
En el cementerio Santa Inés, la viuda de Allende, acongojada por el enorme sufrimiento y arrebatada de furia, cortó algunas flores y las dejó sobre el ataúd. “Salvador Allende no puede ser sepultado en el anonimato”, dijo con su voz endurecida a los sepultureros. “Quiero que ustedes al menos sepan el nombre de quien están enterrando”.
Mientras tanto, la junta comenzó a gestionar su consolidación. En una apresurada ceremonia en la Escuela Militar “Bernardo O’Higgins”, así llamada en honor a uno de los próceres de este país, se formó un gobierno militar que contaba además con dos civiles de tendencia derechista, para mantener las apariencias de algún modo. No deja de ser inquietante que los nuevos líderes hayan prestado juramento de lealtad a la junta, y no a la Constitución chilena. El general Augusto Pinochet ha encabezado el gabinete como jefe de la junta militar. Sus otros miembros son: almirante Merino, comandante en jefe de la fuerza aérea Gustavo Leigh Guzmán, y el general director de Carabineros César Mendoza Durán. La cartera más importante del nuevo gabinete, el ministerio del interior, ha sido asignada al general de ejército Óscar Bonilla.
Los militares han cerrado todos los aeropuertos chilenos y la frontera con Argentina, Bolivia y Perú. Se ha declarado estado de sitio en todo el país y Santiago se encuentra en toque de queda permanente. Se ha advertido que los trasgresores serán baleados inmediatamente. Mientras el ejército combatía contra franco tiradores de izquierda, los residentes de la capital deben mantener su cabeza gacha porque los soldados disparan apenas detectan movimiento en una ventana. A finales de la semana, los militares han declarado oficialmente que la capital volvería a la normalidad. Pero el toque de queda continúa, los aeropuertos siguen cerrados, y todas las comunicaciones con el resto del mundo han sido censuradas.
Circulan historias de soldados que han acuchillado prisioneros sin motivo alguno, mientras que otros soldados, portando listas con nombres de simpatizantes de Allende, allanan puerta a puerta todos los hogares siguiéndoles las huellas.
Se ha informado que al menos uno de los buscados, el secretario general del Partido Socialista, Carlos Altamirano, ha sido muerto “por accidente” durante un combate. Otra fuente ha dicho que al menos 3.000 personas fueron trasladadas a altamar en un barco transformado en prisión. Entre los prisioneros, se cree que se encuentra el miembro del Partido Comunista, el poeta Pablo Neruda, laureado con el Premio Nobel de Literatura en 1971, y ex embajador de Chile en París.
Aunque muchos, sino todos los objetivos a futuro son inciertos, la junta ha dejado bien en claro su determinación de cambiar el rumbo de la política exterior de corte izquierdista que Allende quiso para Chile. Uno de los primeros actos ha sido el cortar relaciones diplomáticas con Cuba, que Allende reconoció apenas asumió el poder, desafiando las restricciones impuestas por la OEA.
Transcurridas unas horas después de la muerte de Allende, 150 cubanos fueron enviados al aeropuerto Pudahuel y puestos a bordo de un avión rumbo a su país de origen. Entre ellos se encontraba la hija de Allende, Beatriz, quien se encuentra casada con el embajador cubano.
Castro, quien ha sido un aliado entusiasta de Allende, ha embestido diciendo que “el imperialismo norteamericano ha derribado un movimiento revolucionario”. Los políticos de todo el continente han manifestado su horror ante la muerte de la democracia chilena. El presidente mexicano Luis Echeverría, quien prestó apoyo moral y financiero al gobierno de Allende, ordenó el retiro de su embajador y ofreció asilo político a todos los chilenos que lo soliciten, específicamente a la viuda de Allende. Ella inicialmente lo rechazó, pero a finales de la semana cambió de opinión y aceptó la oferta. El gobierno mexicano ha decretado tres días de duelo nacional, por primera vez ordenado en honor a un gobernante extranjero desde el asesinato de John F. Kennedy.
Pero hay un país que ha brillado por su silencio: Estados Unidos. La administración Nixon se opuso a Allende desde que se anunció su triunfo electoral en la elección presidencial de 1970. La hostilidad de Washington se incrementó luego que Allende nacionalizó por completo las minas de cobre y otras propiedades industriales de compañías norteamericanas, negándose a pagar compensaciones. Las relaciones entre ambos países empeoraron aún más cuando se supo que la multinacional ITT había ofrecido al gobierno de EEUU más de 1 millón de dólares para evitar la elección de Allende, y que sostuvo reuniones con la CIA para buscar formas de mantenerlo lejos del poder.
La administración Nixon hizo todos los esfuerzos posibles para poner en aprietos a Allende, principalmente ejerciendo presiones financieras en organismos internacionales como el Banco Mundial. En agosto de 1971, como resultado de los reclamos de EEUU que el endeudado Chile era un país riesgoso, el Banco de Exportaciones e Importaciones negó un préstamo de 21 millones de dólares para que la aerolínea Lan Chile comprase tres jets Boeing, a pesar que la empresa tiene un historial de pago impecable. Las exportaciones de EEUU a Chile en total cayeron un 50% durante los tres años de Allende.
Apoyo militar
Pero el Pentágono mantuvo relaciones en términos bastante amistosos con el alto mando chileno. El año pasado, por ejemplo, EEUU entregó 10 millones de dólares a la fuerza aérea chilena para la compra de aviones de transporte y otros equipos. Tan sólido ha sido el intercambio militar que, de hecho, se rumoreaba en Washington que la semana pasada que varios oficiales norteamericanos se enteraron del golpe de estado 16 horas antes de que ocurriese.
Los voceros de la Casa Blanca han negado que el gobierno estaba al tanto de estos hechos antes que ocurriesen. Insisten que ha habido muchos rumores, en distintas fechas, de un posible golpe. Pero nada concreto se supo hasta que efectivamente La Moneda ardió en llamas. En cualquier caso, EEUU no puso en alerta a Allende debido a que haberlo hecho se consideraría el intervenir en los asuntos internos de otro país. La explicación evidentemente no ha sido convincente como para despejar las sospechas que EEUU ha desempañado un papel central en la elaboración de un plan para derrocar al presidente chileno.
Gran parte de la culpa de la caída de Allende la tiene él mismo. Las políticas fiscales de su gobierno arruinaron la economía. Siempre un importador neto de alimentos, el país debió importar aún más debido a la reducción en la producción agrícola culpa de las reformas agrarias de aplicadas bajo su administración. Como propietario de las minas de cobre, el gobierno se encontró en serias dificultades cuando cayó el precio del mineral. Las reservas extrajeras sumaban $345 millones cuando Allende asumió la primera magistratura de la nación. A finales del año pasado habían desaparecido por completo, y Chile se vio obligado a solicitar una reprogramación de sus más de $2.500 millones en deuda externa. El país se polarizó de tal modo que Allende estaba bajo ataques simultáneos de derechistas, que reclamaban su extremismo de izquierda, y de la propia izquierda que lo consideraba demasiado blando.
Pocos chilenos fueron neutrales respecto a su figura. Aunque su lujoso estilo de vida disminuyó casi impercetiblemente, los ricos (5% de la población que controla el 20% de la riqueza), lo detestaban por expropiarles sus propiedades, que son la fuente de su riqueza. La clase media, aruinada por la inflación y asediada por la escasez de productos, se encontraba furiosa e irreconciliable. Cientos, quizás miles de chilenos abandonaron el país. Otros que se quedaron han mantenido sus pasajes aéreos a mano en caso de una emergencia.
A pesar de todo, Allende tuvo muchos admiradores. Algunos ni siquiera socialistas, por ejemplo algunos liberales simpatizantes de su causa quienes abrigaron esperanzas de que quizás podría remediar la inmensa brecha entre ricos y pobres. Éstos últimos, principalmente campesinos y obreros, lo idolatraban. “Tendría que ser muy hipócrita para decir que soy presidente de todos los chilenos”, comentó en una oportunidad. Ellos escuchaban atónitos los discursos de el “Chicho”.
A pesar de ser partidario del marxismo, Allende disfrutó de la buena vida. Bebía buen whisky, gustaba del golf, y amaba los mejores vinos. Además de su residencia particular, tenía una casa de descanso a la cual se llevaba a los amigos, y mujeres, donde los agasajaba con exquisitas carnes asadas. Allende se vestía con ropas sofisticadas pero manteía un estilo casual, usando jerseys de cuello incluso en la oficina presidencial. De hecho, se dice que usaba un jersey blanco al momento de su muerte. Después que los enfrentamientos culminaron la semana pasada, el gobierno militar transmitió un reportaje televisivo mostrando el lujoso guardarropas del presidente y sus estantes repletos de licores importados y alimentos. El mensaje era indiscutible: mientras sus simpatizantes hacían largas colas para comprar alimentos básicos,
Allende disfrutaba del estilo de vida que él tanto criticaba.
La familia de Allende proviene de la época de la fundación de Chile. Su abuelo, también doctor, fue un gran maestro de una logia masónica y dio inicio a las primeras escuelas laicas en Chile, país predominantemente católico. El padre de Allende fue notario, y murió mientras su hijo cumplía una de sus muchas sentencias de cárcel por participar en actividades socialistas. Allende fue autorizado para asistir al funeral de su padre. En su tumba pronunció un discurso improvisado en el que se conminó a sí mismo a luchar por la libertad, a defender el puebo y lograr justicia social. Se graduó de doctor pero renunció a la medicina para dedicarse a la política. Buscó con tenacidad la presidencia del país hasta que en su cuarto intento finalmente logró la nominación.
Una vez en el poder, Allende rápidamente buscó cambiar la economía chilena. Su antecesor demócrata cristiano, Eduardo Frei, ya había impulsado las reformas agrarias e inició la participación gubernamental en el sector industrial. Pero Allende dio inicio a un programa mucho más profundo de operación y propiedad estatal, comenzando con apropiarse por completo de la explotación del cobre, cuyos dueños norteamericanos habían sido deplorablemente lentos en preparar a los empleados chilenos para trabajos mejor remunerados y de mayor sofisticación. Teléfonos, electricidad, acero y cemento fueron nacionalizados, junto con los bancos tanto extranjeros como nacionales. Los sindicatos comenzaron a administrar las nuevas plantas que aparecieron en el cordón industrial de Santiago, cercanos a los barrios de clase media. Con el consentimiento tácito del gobierno, los campesinos se tomaron enormes porciones de tierras cuyos patrones se encontraban ausentes, aunque en su entusiasmo también se apoderaron de las tierras de pequeños agricultores.
Allende cometió al menos dos errores políticos cruciales. Primero, olvidó (o ignoró) el hecho de haber asumido el poder como ganador de una minoría. En la tumultuosa elección de 1970, Allende superó a los otros dos candidatos, pero ganó sólo el 36,3% de los votos. Tal como lo establece la Constitución, el Congreso Nacional debía elegir al ganador. Siguiendo la tradición, se designó a Allende, quien había obtenido más votos que los candidatos restantes. Por esta razón se convirtió en presidente aunqe dos tercios del electorado prefería a otros candidatos. Pero ejerció el poder como si todo el país lo apoyase.
Los cacerolazos
El segundo error fue asumir que las clases medias y altas aceptarían plácidamente su “vía chilena al socialismo” mientras todo fuese hecho dentro de los márgenes constitucionales. Esto nunca ocurrió. “Si tenemos que quemar la mitad de Chile para salvarnos del comunismo, así lo haremos”, amenazó Roberto Thieme, líder del grupo de ultra-derecha Patria y Libertad. Hubo más oponentes, de tipo moderado, que fueron menos drásticos pero de igual convencimiento en su rechazo a los planes de Allende de expandir el sector estatal. Los partidos de Oposición, mayoritarios en las dos cámaras del Congreso Nacional, lucharon contra su gobierno durante todo su mandato.
Uno de los sectores más decididamente opuestos a Allende fueron las mujeres chilenas, quizás las más liberadas de América Latina. A medida que los ocasionales días sin carne se convertían en semanas enteras, organizaron la “marcha de las cacerolas vacías” en 1971 para graficar el constante encarecimiento de los alimentos y su posterior escasez. El sonido de los cucharones golpeando las cacerolas comenzó en uno de los distritos de la capital y se extendió a todo Santiago, lo que disgustó al gobierno. Hace dos semanas, después que los simpatizantizantes de Allende montaron una concentración masiva en la Plaza de la Constitución para celebrar el tercer aniversario de su elección, 100.000 mujeres se agolparon a las calles al día siguiente para manifestar su rechazo. Fueron dispersadas con gas lacrimógeno.
La principal causa de la caída de Allende fue su incapacidad para apaciguar la seguidilla de paros nacionales, originadas no por los sindicatos izquierdistas sino por los implacables enemigos que tenía el presidente en la clase media. A comienzos de este año, los trabajadores de El Teniente, la mina de cobre subterránea más grande del mundo, marcharon por 74 días para conseguir aumentos salariales que costarían al gobierno alrededor de 75 millónes de dólares en reducción de ingresos.
Se extiende el descontento
Tres semanas después de llegar a acuerdo con los huelguistas del cobre, el poderoso gremio de los camioneros (casi todo el comercio nacional se transporta vía terrestre) inició una nueva paralización. Primero pararon en octubre, por quejas sobre la falta de repuestos y los mayores costos operacionales aplicados por el gobierno. Esta vez culparon a Allende por no cumplir con lo pactado el año pasado para solucionar ambos problemas. Este nuevo paro costó al país alrededor de 6 millones de dólares diarios, perjudicando el abastecimiento de alimentos al país, al tiempo que el combustible comenzaba a escasear y los cultivos de cereales cernían una amenaza al país ya que las semillas y fertilizantes no pudieron entregarse a tiempo.
Aunque el país comenzó a sobrevivir con raciones más pequeñas, los camioneros se encontraban inesperadamente bien preparados para un largo paro. Recientemente, el corrsponsal de TIME Rudolph Raunch visitó un grupo de camioneros que acampaban en las cercanías de Santiago y quienes disfrutaban de cantidades prodigiosas de carnes, ensaladas, vinos y las típicas empanadas. “¿De dónde proviene el dinero para todo esto?”, preguntó nuestro corresponsal. “De la CIA”, le contestaron los camioneros en medio de carcajadas. En Washington, la CIA lo negó.
Mientras tanto, la polarización política de Chile continuaba, con Allende al parecer incapaz de cambiar las cosas. Las protestas de los camioneron incitaron a protestas esporádicas de médicos, dueños de locales comerciales, choferes de la locomoción colectiva y taxistas, todos furiosos por la creciente inflación (300% en los primeros seis meses del año) y con sueldos magros. Para evitar el caos, el presidente trató de llegar a un acuerdo con uno de los partidos opositores, la Democracia Cristiana. Nada se pudo conseguir porque el partido está completamente fraccionado. Uno de estos sectores hizo un llamado para apoyar al gobierno. Otros, dirigidos por el ex presidente Eduardo Frei, se decidieron a provocar el derrocamiento del gobierno negándose a cooperar.
En un esfuerzo por reducer la oposición de la derecha y para asustar a los camioneros, Allende persuadió a los comandantes de las fuerzas armadas para que se uniesen al gabinete de gobierno. Este fue un error grave, ya que politizó a los militares, quienes trataron de mantenerse por sobre las diferencias entre partidarios y detractores de Allende. El resultado fue un constante cambio en la designación de puestos políticos.
Hace menos de diez días después de su designación como ministro de obras públicas, y con la responsabilidad de solucionar el paro de los camioneros, el general del aire César Ruiz Danyau renunció, acusando al gobierno de no darle suficiente autoridad. Facciones anti-allendistas dentro del ejército obligaron al general Carlos Prat Gonzalez, comadante en jefe del ejército, a renunciar a su cargo de ministro de defensa. Fue reemplazado por el general Pinochet, quien es hoy el presidente de la junta.
La Democracia Cristiana se ha reagrupado y recibido el golpe con júbilo. Han emitido un comunicado de prensa, previamente aprobado por la junta, donde deploran la violencia pero ofreciendo su apoyo a los nuevos líderes del país. La declaración del partido continuó con su convencimiento de que el poder pronto será devuelto “al pueblo soberano” apenas “la junta termine sus difíciles tareas”.
Historia trágica
La semana pasada, el nuevo ministro del interior, el general Bonilla, prometió que Chile volverá a tener un gobierno civil, pero no aclaró cuándo. La mayoría de los analistas asume que los militares permanecerán en el poder por un buen tiempo, todo el tiempo que sea necesario para borrar cualquier vestigio de marxismo en el país.
La democracia siempre ha sido una de las víctimas de la trágica historia sudamericana de violencia y agitación. Hoy, el 70% de los 200 millones de latinoamericanos viven bajo algún tipo de gobierno militar. En muchos casos, los oficiales han derrocado a líderes populistas o izquierdistas, como el caso de Joao Goulart en Brasil o Jacobo Arbenz en Guatemala, quien trató de cambiar las rígidas estructuras oligárquicas del país. Allende es el caso más reciente de un reformador de este tipo, con grandes ambiciones pero que culminó en un fracaso.
La junta militar chilena ha tenido éxito en su objetivo principal: deshacerse de Allende. Pero la pregunta es, ¿a qué precio? Como inspiración espiritual para la izquierda, Allende puede resultar más poderoso muerto que vivo. Por otro lado, su derrocamiento puede convencer a los más radicales de que la forma más segura para el socialismo es la revolución violenta, reprimiendo a todos los disidentes. Ciertamente, este “hombre honesto, no creyente” jamás será olvidado por los más pobres en Chile, quienes ya lo consideran un santo secular. Lo que significa que la próxima vez que un líder marxista aparezca en Chile, su métodos probablemente no serán pacíficos.
viernes, 31 de agosto de 2007
¡Y si eso significa una guerra civil, que así sea!
Chile, después de meses de inestabilidad, ahora enfrenta la amenaza de una guerra civil. El presidente marxista Salvador Allende Gossens se ha estremecido de tal manera ante la oleada de protestas que ha sacudido al país que ha decidido reorganizar por completo su gabinete de gobierno y ahora ha designado a los comandantes en jefe del ejército, armada, fuerza aérea y policía en cargos ministeriales. La crisis estalló producto de un paro nacional de camioneros que comenzó el 26 de julio y ha aislado parcialmente a los más de 3 millones de habitantes de Santiago. Bandas de terroristas han detonado bombas en oleoductos y han dinamitado las principales carreteras. Personal militar ahora resguarda las estaciones gasolineras mientras los santiaguinos esperan en colas que abarcan varias cuadras los escasos suministros de todo tipo de productos, desde fósforos hasta carnes.
Grupos de trabajadores militantes se han tomado más de 30 fábricas en el “cordón industrial” de Santiago, donde se produce la mayoría de los productos chilenos. James Randall, editor asociado de TIME, junto al reportero Paul Rotter, han recorrido recientemente la capital de Chile y han visitado una de las fábricas en toma. El siguiente es el informe de James Randall:
Aquí cuelgan lienzos enormes junto a la carretera que conecta Santiago con el resto del país, mostrando consignas pintadas a mano que proclaman el nuevo orden: “Los trabajadores, no los empresarios, dirigirán la industria nacional”. Las tomas fueron iniciadas por Allende durante el cuasi golpe militar de junio (TIME, 7 de julio). En dicho momento, Allende vio estas acciones como el primer paso en la movilización de los trabajadores para así rescatar al gobierno de la posibilidad de que las Fuerzas Armadas resulten desleales. La lealtad se mantuvo. Pero Allende ahora se encuentra consternado frente a la negativa de los trabajadores a desalojar las fábricas ocupadas. Este rechazo ha sido un golpe mortal al descalabro de la economía chilena.
Decidimos visitar la planta Lucchetti, una de las empresas expropiadas, y que produce cerca de la mitad de las pastas chilenas. En el portón de entrada fuimos detenidos por un fornido “guardia del pueblo”, quien nos vigiló muy de cerca mientras uno de sus acompañantes desapareció rumbo a una fábrica cercana. Al cabo de unos minutos, un hombre más bien rechoncho, que vestía una arrugada chaqueta deportiva, vino a nuestro encuentro. Después de escuchar nuestra solicitud de entrevista, nos guió hasta una pequeña oficina. “Hemos tomado la fábrica”, dijo el vocero sindicalista Guillermo Bonilla, “porque los jefes nunca nos han tratado con respeto ni tampoco nos consultan sobre cambios en los trabajos. Son unos desgraciados”. Continúa Bonilla: “Ahora que nos libramos de ellos, los trabajadores administrarán por su cuenta la empresa y harán una labor mucho mejor. A los trabajadores disconformes los apartaremos pronto, y la producción aumentará [la verdad sea dicha, desde el comienzo de la toma la producción ha caído]. Eliminaremos la inflación trabajando extra, cuidando mejor las maquinarias y no pidiendo excesivos aumentos de sueldo”.
Considerando el desesperadamente ruinoso estado de la economía chilena, la solución de Bonilla suena un tanto simplista. El hecho concreto es que los trabajadores chilenos ahora ganan alrededor de $ US 30 mensuales, y necesitarán de aumentos sustanciales de sueldo para superar la inflación, que ha llegado al 300% anual, la tasa inflacionaria más alta del mundo. Si ellos llegasen a recibir semejante aumento salarial, la tendencia a la inflación continuará disparándose como lo ha hecho hasta ahora, aniquilando las ganancias obtenidas. Es decir, están atrapados en su propia Trampa 22. Bonilla ha jurado que los trabajadores de Lucchetti continuarán la toma hasta que el gobierno tome las medidas necesarias para mejorar las condiciones laborales de su gente. Ahora bien, qué es exactamente lo que el gobierno debe hacer, él no lo explica. Pero ha advertido que responderán ante cualquier intento por desalojarlos mediante la fuerza. “¡Y si eso significa una guerra civil, que así sea!”
Respaldando las palabras de Bonilla se encuentra la disciplina militarizada de los trabajadores. Se turnan para dormir en la fábrica, por lo que mantienen una guardia constante en el recinto. Y aunque no hemos visto armas, la derecha chilena (la oposición al gobierno de Allende) insiste en que los trabajadores sí están armados.
A pesar de todo, los trabajadores se veían bastante felices, casi eufóricos. Durante nuestra visita se jugaba un partido de fútbol, y por otro lado un grupo de jóvenes cantaban con guitarra en mano canciones para nada revolucionarias (por ejemplo: “tallarines Lucchetti son muy muy muy ricos”). Pero la semana pasada el buen humor se acabó. En busca de armamentos, efectivos militares tomaron por asalto una fábrica textil en la ciudad sureña de Punta Arenas. Un trabajador fue golpeado brutalmente y otro fue asesinado de un tiro. En Lucchetti, a un fotógrafo se le advirtió no entrar ni tomar fotografías “por motivos de seguridad”. Bonilla, nervioso, añadió: “Creemos que los militares pueden venir en cualquier momento”. Con los jefes militares, tradicionalmente neutros, ahora como integrantes del gabinete de Allende, todo el país se pregunta si las palabras de Bonilla se cumplirán o no.


