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lunes, 25 de julio de 2016

Crítica de cine: Colonia


El último largometraje protagonizado por Emma Watson no decepciona

Acaba de estrenarse Colonia, un film sobre la macabra Colonia Dignidad, y con Chanchi desafiamos las tradicionales temperaturas caniculares de julio en Francia para ir a verla. Quedamos bastante satisfechos: quizás porque en realidad tampoco teníamos grandes expectativas.

La belleza hipnótica de Emma Watson y su voz perfectamente articulada, capaz de romper los vidrios de las ventanas con su nitidez, encarna a Lena, una azafata que llega a Chile, donde vive su pololo alemán, Daniel, interpretado por Daniel Bruhl. Él es un activista de izquierda profundamente comprometido con el gobierno de la Unidad Popular (1970-1973), encabezado por el reverenciado ex Presidente de Chile, Salvador Allende. 

El golpe militar y la remisión al Estado Nacional separan a esta pareja. De un helicóptero desciende el general Contreras con un soplón encapuchado, quien empieza a apuntar a los colaboradores directos de la UP. Daniel es uno de ellos. Un bus blanco, una especia de ambulancia, se lo lleva a él y a varios otros. 

Lena sigue su rastro y llega hasta un fundo perdido en el sur de Chile llamado Colonia Dignidad. Decide entrar como residente con el objetivo de encontrar a su amado y rescatarlo. En el reducto, Daniel ha sido ferozmente torturado y luego puesto a trabajar con el resto de los miembros en la fabricación de armas y gas sarín, encargados en persona por el ex mandamás de Chile, Augusto Pinochet, al fundador de Colonia, Paul Schaffer. (Esto fue un hecho verídico, durante los créditos vemos fotos de Pinochet aclamado por Schaffer y los residentes de la Colonia.) 

El film en su estilo es muy "Emma Watson". La antigua Hermione Granger hoy es una estilizada señorita, siempre impecable: sexy pero jamás vulgar, e intelectual sin un ápice de aburrida. Une joven bella y talentosa comprometida con grandes causas. Así también es el film Colonia, y quizás ahí yace sea su debilidad.

Los detalles sórdidos son sólo sugeridos. En Chile todos conocemos la triste realidad de los "tíos permanentes" en la infame Colonia Dignidad, que no era sino un culto cristiano fundado por un ex nazi prófugo acusado de pederastia en Alemania. Una escena en que el líder llama a los niños a las duchas, mientras ellos entonan angelicales cánticos religiosos, señala sutilmente que el abuso sexual de menores era la norma en ese campo de concentración instalado en Chile a vista y paciencia de las autoridades. Pero la película en sí no ahonda ni en las violaciones ni en el trabajo forzado, sino que permanece centrado en la historia central del argumento que es la valentía de Lena y su tenacidad por llegar hasta Daniel.

Probablemente el realizador, Florian Gallenberger, no logró conciliar a la perfección el horror de la Colonia, que supera la ficción más escabrosa jamás imaginable, con la necesidad de mantener la compostura para no perturbar en demasía a los espectadores, y de paso, guardando respeto por quienes padecieron el horror. Sospecho que contar en el reparto con una estrella de la talla de Emma Watson requirió tratar el tema con delicadeza. 

En lo personal, creo que esto fue atinado. Sin un trato fino, Colonia puede convertirse en un film extremadamente mórbido. No era la idea hacer un film à la Pasolini. Es más prudente dejar que de la sordidez explícita se ocupen documentales o la literatura. Exponer a los cinéfilos al horror de los campos de concentración de la Alemania Nazi ya es de por sí desestabilizante. Añadirle una dictadura sudamericana, más lavado de cerebro y pedofilia sistemática, puede sobrepasar el límite de lo tolerable.

Este largometraje no obstante es valiente al mostrar uno de los capítulos más oscuros del siglo XX, como lo fue el golpe militar en Chile el año 1973, tratando de equilibrar un thriller con una historia de amor, sin abandonar un tono militante, y todo en un conjunto estético y elegante que sigue una estructura cadenciosa clásica, diseñada para para un público selecto pero suficientemente masivo.

En Chile servirá para continuar este largo proceso de catarsis y de búsqueda interior sobre el pasaje más tenebroso de nuestra historia, que ahora vuelve a salir al mundo en todo su horror, y aunque Colonia algo lo mitiga dejando entrever la majestuosidad de los Andes nevados y los idílicos parajes sureños, sigue ahí la herida lacerante. No queda sino aplaudir este buen film, y la actuación correcta y sobria de Emma Watson.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Los ecos aún reverberan


En el día de las glorias del ejército, Chile Liberal pasa revista a las fuerzas armadas. Para ello, vamos a desmenuzar la excelente serie chilena Ecos del desierto y esperamos que sea el paso decisivo hacia el juicio y castigo a las atrocidades de la dictadura cívico-militar. Nuestra recomendación al próximo gobierno de Michelle Bachelet será derogar la ley de amnistía.

Si alguien aún no ha visto Ecos del deiserto, véanla. La calidad técnica, el guión, la interpretación y el contenido coronan a Andrés Wood como uno de los grandes realizadores chilenos. Felicitamos a Chilevisión por transmitir esta miniserie que sin duda será vista en Europa y el mundo para testimoniar las fechorías inaceptables de los represores chilenos.

La tesis de la serie sigue la línea que ha propuesto Chile Liberal. Los supuestos "excesos" o "confusos incidentes" ocurridos desde 1973 son insuficientes para explicar órdenes directas emitidas por el propio Augusto Pinochet para exterminar a destajo a quien fuera que fuese con el objetivo de amedrentar a la población, y todo sin un ápice de legalidad, constituyendo una doble falta en unas fuerzas armadas que se jactan de profesionalismo y de guardianas del orden legal.

El crimen relatado en la serie no guarda relación con el relato oficial de los polemistas ultraconservadores (porque no pasan de polemistas, jamás han sido comentaristas ni analistas) tipo Gonzalo Rojas o, principalmente, Hermógenes Pérez. Se ha hecho creer a algunos que en el esfuerzo por desarmar al país de los supuestos elementos extremistas se desataron tiroteos por parte de solados conscriptos o efectivos de menor rango y que producto del caos del estado de guerra sólo podemos hablar ya sea de daño colateral o de peligrosos asesinos abatidos correctamente en combate, hechos que difícilmente podrían constituir crímenes de lesa humanidad.

Completamente falso, como lo sabe la mayoría de los chilenos que ha rechazado desde siempre tanto a la dictadura militar como a los civiles que adularon al régimen y de pasadita ganaron no poca plata con las privatizaciones truchas y la corruptela generalizada que propició el mitómano y cleptómano Capitán General Augusto Pinochet.

El caso de Carlos Berger está plenamente documentado en la investigación del caso Caravana de la muerte, mundialmente infame, que finalmente significó el desafuero del autodesignado senador Pinochet luego de su orden de arresto en Londres, Reino Unido.

Lejos de ser una confusa balacera en que un conscripto de Pelotillehue portando un fusil más grande que él dispararía asustado al ver un guerrillero cubano armado hasta los dientes con explosivos y una Kalashnikov, Carlos Berger fue detenido en una radio de Calama por no cesar las transmisiones el día del Golpe, desobedeciendo el Bando nº 5 que ordenaba el cese de actividades comunicacionales. Berger continuó transmitiendo, por lo que fue detenido por una patrulla militar. Sin oponer resistencia, se entregó y fue sancionado con 60 días de reclusión en el regimiento de Calama, como dictó el tribunal militar y el consejo de guerra de la zona. Después de todo, la Junta Militar había declarado Estado de guerra en el país por lo que civiles eran juzgados bajo las leyes militares.

Hasta acá todo clínicamente perfecto: los militares siguen los procedimientos de sus superiores, la ley marcial se aplica correctamente. Cuando se acerca el fin de la condena, la mujer de Berger, la abogada Carmen Hertz, comienza a tramitar la excarcelación. Un misterioso helicóptero aterriza en la ciudad, Berger y otros detenidos son trasladados a un supuesto interrogatorio fuera del regimiento. Inexplicablemente fueron ejecutados, sus cuerpos no aparecerían nunca más.

La serie nos muestra varias ejecuciones profesionalmente frías, rigurosas, conforme a las leyes militares. Convengamos que si tú amiga o amigo lector portas armamento militar, corresponde que seas enjuiciado en tribunales militares. Ni hablar si disparas contra personal militar, éstos están plenamente autorizados a repeler el ataque. Alguien detenido o abatido en estas condiciones no tiene nada que alegar. La serie de Andrés Wood nos muestra un caso de personas transportando explosivos en una ambulancia. Como correspondería, fueron ejecutados, sin chistar.

Inglorious bastards
Pero lo que ocurrió con la comitiva encabezada por el general Arellano Stark está fuera de cualquier reglamento. La tesis y el conflicto que plantea la serie es brillante. Acá no hubo ni confusión ni tiroteos. El mismo ejército, que hace respetar la ley, que incluso da un golpe militar en nombre del orden constitucional, es capaz de seguir los protocolos de guerra. No obstante, un militar de alto rango aterriza en Calama, pasa a llevar la autoridad del gobernador local —el coronel Arturo Rivera—, sacan clandestinamente a los detenidos de la cárcel, vuelven a procesarlos en un juicio express, y a los pies del cerro Topáter, en medio de la Pampa, proceden a una cruenta ejecución sumaria en medio de insultos y consignas anticomunistas: el contraste con las otras ejecuciones —quizás moralmente reprobables pero impecablemente legales— es tan indignante como inaceptable. 

El capitán Moren Brito, uno de los miembros de la desquiciada Caravana, fue quien descargó sus balas contra Carlos Berger acompañado de un "muere comunista conch'etumare". Los cadáveres fueron sepultados en una fosa común no marcada. Tiempo después, las osamentas fueron extraídas para arrojarlas al mar y así no dejar huellas de la fechoría. 

En vez de actuar como hombres, con honor, como soldados, el estupefacto coronel Rivera encubre a los cobardes maquinando una historia tan estúpida como inverosímil: un desperfecto en el camión que los transportaba al "interrogatorio especial" fue usado por los presos para escapar y se les aplicó la ley de fuga, por lo que habrían sido baleados en el acto. Sólo el polemista de ultraderecha Hermógenes Pérez es capaz de creer tamaña imbecilidad.

Esto se llama violación a los derechos humanos, esto es un crimen de guerra perpetrado por agentes del ejército siguiendo órdenes directas del comandante en jefe del ejército, Augusto Pinochet, como fue demostrado y que finalmente le valió la detención el Londres y el desafuero.

"Vuestros nombres valientes soldados", nos obligaron a entonar en aquellos años. Sin duda, que desde nuestra emancipación hemos confiado en nuestras instituciones armadas, fundacionales de nuestra república. Hoy, 19 de septiembre de 2013, festejamos sus glorias. El caso Caravana de la muerte demuestra que bajo el Pinocho no pasamos de tener una soldadesca indisciplinada y psicopática. ¿Cómo podemos resarcir el daño?

Si como país somos capaces de ver estas atrocidades en la TV abierta, en horario estelar, sin que los carapintada salgan a las calles con las otros efectivos acuartelados, es una señal que hace tiempo el país está completamente preparado para investigar todas los casos pendientes. Esto implica derogar la Ley de amnistía. Cuando apareció Los zarpazos del puma, obra escrita que relataba los crímenes de Arellano Stark et al, fue espeluznante la reacción de una minoría demasiado numerosa que entre la indiferencia y la negación continuaba el letargo de la impunidad. Hoy, la vuelta del tablero es extraordinaria.

Ha habido 260 condenas pero apenas 60 cumplen penas de cárcel, con más de mil casos aún pendientes. Chile Liberal propone al futuro gobierno de Michelle Bachelet que tenga como prioridad el tratar urgentemente los temas de derechos humanos, y asegurarse que los ya condenados cumplan sus penas. Si esto implica un esfuerzo por derogar la Ley de amnistía, que así sea.


Una crítica a la serie: tell it like it is
No obstante la calidad de la producción, hay algunas cosas que en lo personal, en Chile Liberal habríamos hecho de otro modo, sin desmerecer en lo absoluto el alto nivel del trabajo presentado.

Los personajes son reales, pero hay elementos que, como lo hacía Shakespare y las grandes luminarias de la literatura, no son lineares, si no que evolucionan, involucionan, cometen errores, y los buenos a veces son malos y el espectador hasta a veces termina compadeciéndose por el malo, planteando un verdadero conflicto ético.

El personaje central, la abogada Carmen Hertz, muestra una férrea determinación para meter a la cárcel a los criminales de la comitiva. Un poco más de sofisticación nos habría mostrado más emoción en el personaje en su lucha por mantener la imagen glacial. 

Por ejemplo, un ripio en la historia es cuando la abogada comienza a sufrir el acoso telefónico de la CNI, que termina con el degollamiento de su empleada doméstica. En seguida la historia nos la muestra preparándose para huir a Francia, desde donde vuelve determinada a proseguir la batalla judicial. Acá —opinamos—, se perdió una gran oportunidad de mostrar como alguien puede estar a punto de quebrarse ante la injusticia, de modo que conmine el espectador para saltar de su sofá y empujarla a seguir luchando hasta meter a la cárcel a todos esos conchas de su madre, que llegaron a degollar a una joven de 18 años, embarazada, con tal de satisfacer su psicopatía. 

Al comienzo de su relato, la abogada participa en una reunión de coordinación con campesinos para administrar el loteo de tierras en la reforma agraria. El texto demasiado simple desperdicia una gran oportunidad para mostrarnos el convencimiento ideológico de ella, y su compromiso con los principios de la Unidad Popular, que finalmente gatillaron la ola reaccionaria anti-revolucionaria. Tal como está, da la impresión que fue una oscura funcionaria de gobierno, lo que no hace justicia a la caldera ideológica que fue antesala del golpe. 

Y en cuanto a los malos, la esposa del coronel Rivera es un personaje secundario que se perdió en la trama, a pesar que habría sido absolutamente fascinante ahondar más en ella, a quien no sólo veríamos participando en protestas contra la dictadura, sino que era la voz de la conciencia de su marido. De otro modo, queda demasiado la impresión que los buenos son buenos y los malos son malos, lo que termina por caricaturizar el conflicto.

Por otro lado, la escena clave es la ejecución de los detenidos en Calama. Si bien relatada impecablemente, faltó audacia. Debió mostrar los acontecimientos al extremo brutal del desquicio de esos chacales hasta que el espectador acabe perturbado. El contraste con las perfectas y reglamentadas otras ejecuciones habría realzado aún más el punto central de la serie. Eso puede ser obvio para nosotros, pero para el espectador internacional la tesis de la historia puede quedar poco clara. Y además, inexplicablemente, el arrojo de los cadáveres al mar quedó fuera del relato.

El interrogatorio en que el juez Guzmán confronta a Arellano Stark con Lapostol es extraordinario, en cuanto nos muestra la perversidad absoluta, pero bajo una lógica perfecta, de los asesinos, que justifican el matar al enemigo, matar a sus hijos y violar a sus mujeres para quebrarlos y así ganar la guerra, lo han hecho los alemanes, lo ha hecho todo el mundo, ¿por qué no podrían hacerlo ellos si su objetivo final, librarse del marxismo, era tan loable?

 Desde luego, uno como espectador debe quedar absolutamente en shock al corroborar el nivel intolerable de inhumanidad de estos altos oficiales del Ejército de Chile.

En definitiva, podemos declarar que este programa de tv ha sido la gota que rebasó el vaso, y que de paso ha causado un enorme cambio en el zeitgeist. 

Algunos se indignan porque no ha habido más justicia, incluso apuntan al otro lado de la cordillera, donde los represores (genial sustantivo que allá tanto usan) están prácticamente todos en la cárcel. Mientras que Leopoldo Galtieri y Rafael Videla murieron después de ser enjuiciados y arrestados, Pinochet se escabulló cobardemente tirando licencias médicas (Arellano Stark y Moren Brito igual, pero viven en cárceles de lujo). 

Pero Chile no es Argentina. Persiste en la población un deseo innato de respetar el profesionalismo de las FFAA, y se ha avanzado en justicia sin desmantelar nuestra institucionalidad. En Argentina, en cambio, el desprestigio de sus fuerzas armadas es total. Los que entran a ellas lo hacen para cobijarse con un sueldo estatal de los constantes estragos económicos de la cleptocracia argentina. En Chile se ha avanzado lentamente, sin afectar el tejido institucional, como es característico de nuestra idiosincrasia.

Pero ahora ya es impostergable el lograr una justicia total. En estos precisos momentos, los efectivos militares desfilan ante las autoridades civiles en el Parque O'Higgins, ante el aplauso unánime del país, y sabemos que las fuerzas armadas son obedientes ante la autoridad civil elegida. Así también, es prácticamente unánime la opinión pública que pide a los jueces castigar por los crímenes que todos conocemos. Ya nada justifica seguir de brazos cruzados. "Justicia en la medida de lo posible", se dijo alguna vez. Hoy, toda la justicia es posible.

La amnistías son necesarias cuando los pueblos viven períodos traumáticos de exaltación extrema, que impiden la serenidad necesaria para impartir justicia. Hoy impera la serenidad, el país ha elegido gobiernos de todos las tendencias políticas, la institucionalidad funciona. Nada justifica la amnistía. Deróguenla, terminen de investigar, y métanlos a todos a la cárcel, civiles y militares.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

¿Nunca más?

Conmemoramos el cuadragésimo aniversario del colapso de nuestra vida democrática con más preguntas que lecciones aprendidas

En 1856, un rico intelectual ruso decidió entregar las tierras heredadas de su familia a los siervos (campesinos) que las habitaban. Este hombre estaba absolutamente asqueado de ver que su país continuaba sumido en el tenebroso orden medieval, el feudalismo, una forma extrema de institucionalidad extractiva en que unos pocos terratenientes, los señores feudales, forzaban a los campesinos a trabajar las tierras como forma de pago por el derecho a habitarlas, lo que constituye una suerte de rentismo. Europa occidental ya había abandonado esta variante de la esclavitud, pero Rusia no. Nuestro intelectual ruso no es otro sino el mítico novelista León Tolstoi, autor de Ana Karenina entre otras obras cumbre de la literatura universal. Fundó además escuelas donde educaba a los campesinos en los principios libertarios y anarquistas, inspirados de Henry David Thoreau, un pensador anarquista norteamericano.

Un hecho exógeno pondría fin al feudalismo europeo. En el siglo 14, la peste bubónica, traída por las ratas de los barcos que comerciaban con el Lejano Oriente, causó la muerte de más de la mitad de los europeos. Los feudos quedaron sin señores feudales, incluso sin campesinos. Los sobrevivientes no sólo abandonarían la fe cristiana, sino que comenzarían a apoderarse de tierras lo que a la larga abriría paso a un extraordinario fortalecimiento de los derechos de propiedad por parte de los más pobres. 

Pero esto ocurría en Occidente. En Rusia, el orden medieval continuaría en su forma más oscura hasta que una ideología radical, forjada en la Inglaterra de la Revolución Industrial por un pensador llamado Karl Marx, incendiara las mentes de los rusos. En 1917, la Revolución Bolchevique, inspirada en parte por la Revolución Francesa, hizo mundialmente famoso el nombre de Vladimir Lenin. La ideología que surgiría de estos hechos se conocería como marxismo-leninismo, que tendría enormes consecuencias, como sabemos, en Chile.

Moscú era conocida como "la ciudad de las mil catedrales". Tal era la influencia de la iglesia cristiana ortodoja, en comunión con el opresivo régimen monárquico zarista. Los bolcheviques transformarían por completo este oprimido y pobre país. Los campesinos, postergados desde tiempos inmemoriales verían por fin la oportunidad de salir de la miseria. Tal era el descalabro espiritual de la pobreza que cuando Tolstoi les ofreció sus tierras, los campesinos las rechazaron pensando que era una broma o un fraude (famosamente, Tolstoi diría "¡por qué, pero por qué la gente no quiere ser libre!"). 

Rusia expandiría su influencia y formaría un imperio llamado Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que deslumbró al mundo por sus avances científicos, sus logros educacionales y sociales, tanto así que cuando el capitalismo colapsó por completo en 1929, el mundo vió en los soviéticos un paradigma válido. Lincoln Steffens, un periodista norteamericano, viajó a la URSS para comprender cómo funcionaba, y a su regreso diría a los norteamericanos su famosa frase: "He visto el futuro, y funciona". Al socialismo soviético sucumbiría prácticamente toda la clase intelectual de occidente. La irrupción del nazismo, luego del colapso económico de 1929, vería su fin gracias en gran parte al Ejército Rojo, que detuvo el avance de Hitler, dándose un prestigio legendario. El socialismo soviético podrá hoy parecer un chiste (todos sabemos cómo terminó la URSS), pero por décadas, intelectuales y campesinos desposeídos vieron en los revolucionarios rusos su única alternativa válida, funcional y legítima.

En Chile y en América latina en general tenemos una enorme deuda con los pobres. Las guerrillas marxistas en Colombia (las FARC), los sandinistas en Nicaragua, incluso la revuelta que puso fin al gobierno de Lugo en Paraguay, todas tienen su origen en la miseria extrema de campesinos que jamás han sido dueños de tierras. Sin nada en qué trabajar, los "inquilinos", forzados a una esclavitud feudal y servil a los terratenientes, han encontrado en el marxismo-leninismo una luz de esperanza.

En Chile se intentó mejorar esta forma de institucionalidad extractiva bajo varios gobiernos, si bien en los 60, durante el mandato de Eduardo Frei, se dio un paso enorme con la "revolución en libertad" y la reforma agraria, que pretendía convertir a los campesinos en propietarios. 

Pero esto no fue suficiente. Sorda ante las demandas, ciega ante las desigualdades asquerosas, incólume ante la necesidad de ilustrar a las masas, insensible ante la pobreza de sus compatriotas, la elite chilena fue incapaz de apaciguar el descontento con una solución sólida. En un estilo muy à la chilienne, nosotros, sí, ¡nosotros!, los chilenos, pretendimos una solución radical en 1970, una revolución marxista-leninista, pero no agitando las masas ni mediante una revuelta popular sino a través de una alternativa pacífica y democrática: la vía chilena al socialismo. Sería una "revolución con empanadas y vino tinto". Estaría a cargo no de un sexy guerrillero, ni de un barbudo, sino de un revolucionario chic, Salvador Allende, un político mainstream y moderado, que se propuso lograr lo imposible.

EEUU no permitiría que su enemigo declarado, ya con misiles nucleares instalados en Cuba, ahora se impusiese democráticamente en el confín de su patio trasero. "Make the economy scream", fue el plan de Richard Nixon para desestabilizar Chile. Y vaya que la economía gritó. Añadamos los errores monumentales del gobierno de Allende, con la complicidad de la derecha conservadora, feudal y terrateniente (votar a favor de la expropiación del cobre, apoyar el paro de camioneros, etc), nuestra forma democrática y civilizada de sacar a los analfabetos y los desposeídos de su condición culminaría con nuestra institucionalidad hecha añicos, La Moneda incendiada, el presidente elegido suicidándose luego de un conmovedor discurso radial. El epílogo: una dictadura sangrienta inédita en nuestro país.

Hoy, 11 de septiembre de 2013, a 40 años del colapso de nuestra larga democracia, el Congreso Chileno se compromete al diálogo y a no repetir los errores del pasado. El Ejército de Chile, institución fundacional de nuestra república, también dijo "nunca más" hace algún tiempo.

No obstante, cabe preguntarse si hemos logrado dar respuestas a las demandas de los más pobres. Hoy, los estudiantes demandan no terminar sus estudios con deudas monumentales, cuyo pago de intereses a los bancos es equivalente al trabajo de los siervos en la Edad Media. Hoy, me pregunto si los pobres siguen haciendo una rifa para pagar la operación del hijo de la vecina, mientras otros se regodean en sus privilegios. Me pregunto si después de una vida de trabajo, los pobres reciben una miseria de pensión mientras los dueños del dinero se echan al bolsillo ganancias astronómicas. Me pregunto si los pobres son educados para obedecer, y no para crear. Me pregunto si los derechos de propiedad sólo son respetados cuando afectan a los dueños del país.

Me pregunto estas cosas, y me pregunto si realmente podemos decir "nunca más". 

sábado, 20 de septiembre de 2008

Por qué Allende sí fue un "Gran Chileno"

“Se muere la perra, se acaba la leva”,
Augusto Pinochet, 11 de septiembre de 1973



Los chilenos han reconocido que no puede pasar desapercibido el suicidio de Allende en el palacio presidencial

Con toda seguridad, Allende ha sido el peor presidente de la historia de Chile, y quizás del mundo. No habrá otro peor que él. A nadie hoy se le ocurriría regalarle un medio litro de leche a los pobres, congelar precios y emitir dinero hasta el hartazgo como parte de un plan de superación de la pobreza. Nadie haría alarde hoy de portar un fusil, o de bailar cumbia con Fidel Castro (o Chávez, etc).

Sin embargo, en medio de la paz republicana de hoy, es un motivo de horror el pensar que un ex presidente chileno, vivo en la memoria de muchos porque los hechos acontecieron hace apenas 35 años, se suicidó en el palacio presidencial mientras las fuerzas armadas bombardeaban su oficina en medio del peor caos del Chile moderno. Un hecho así no ocurre todos los días, ni creo que se repetirá en el futuro próximo.

En el programa de TV "Grandes Chilenos" la teleaudiencia ha querido rendirle un tributo no a un ex presidente marxista, sino a un hombre, compatriota nuestro, con defectos y virtudes, que murió mientras ostentaba el mando de la nación, cargo que ganó de manera legal. La ciudadanía no había tenido oportunidad de metabolizar el trauma del golpe. Hoy, cuando ni siquiera el propio Partido Socialista sería capaz de defender el programa de Allende, existe la madurez cívica como para despedir a este ex mandatario como se merece.

El programa chileno se basa en 100 Great Britons, originalmente concebido y transmitido por la BBC, televisora estatal británica. La idea era generar discusión y debates, y los hubo (número 1, Churchill; 2, John Lennon). Es imposible lograr un acuerdo unánime sobre quién es el mejor de todos los tiempos. Los ingleses lo saben y lo asumen con su flema característica. Los chilenos, gente de estructuras mentales colectivistas, se asombran porque no hay acuerdo sobre quién debe ser ungido como el mejor de la historia. Para evitar tener una diferencia de opinión, algo escandaloso en nuestra rígida sociedad, habíamos inventado el santo secular de Arturo Prat. A los niños se les enseña que él era el más grande y punto. No es necesario discutir, porque tener diferencias es malo: estar todos de acuerdo es bueno.

Espero que sea otro signo de madurez el que en esta oportunidad la gente piense en otro aparte de Arturo Prat como un Gran Chileno, si bien hay patrones que se repiten entre el Capitán Prat y el ex presidente: ambos se arrojan a lo absurdo, ambos dejan la cagada, ambos son suicidas, y terminan siendo aclamados como héroes.

sábado, 6 de septiembre de 2008

El fin de Allende

Otro aniversario de los terribles acontecimientos que estallaron en Chile el 11 de septiembre de 1973. El siguiente es el artículo que The Economist escribió en aquella época para informar sobre el golpe militar. Es interesante además contrastar con el artículo que el semanario liberal publicó a propósito de la muerte del ex dictador chileno.

Sin duda, Pinochet se quedó demasiado tiempo, y lo que fue en un momento pacificación, se convirtió en matonaje estatal que se extendió injustificadamente por años, e incluso hasta la época cuando ya la población aclamaba por un rápido retorno a nuestra extensa tradición republicana y democrática. La falta de accountability, vale decir, de responsabilidad ante los actos, en este caso los abusos, fue inicialmente tolerada, pero finalmente se volvió intolerable. Un gobierno que no es accountable debe ser repudiado.


Con esta entrega completamos un ciclo sobre el golpe militar, que resumimos a continuación:

¡Y si eso significa una guerra civil, que así sea!, Time, agosto de 1973
El sangriento final de un sueño marxista, Time, 23 de septiembre de 1973
El fin de Allende, The Economist, 15 de septiembre de 1973
La partida de un tirano, The Economist, 13 de diciembre 2006


Chile Liberal invita a leer y comentar, y les dejo con un mensaje a favor de la democracia representativa, el gobierno limitado, y un compromiso irrestricto con la economía de libre mercado.


El fin de Allende
15 de septiembre de 1973
The Economist (ver original)


La muerte momentánea de la democracia chilena es lamentable, pero está claro que la culpa recae sobre el Dr. Allende y sus seguidores, quienes continuamente sobrepasaron la constitución

El presidente Allende no se ha convertido en un mártir, incluso aunque fuese cierto el rumor de que él mismo se quitó la vida el martes recién pasado. El bombardeo al palacio presidencial y su posterior asalto, así como la toma del poder que han hecho los comandantes en jefe de las fuerzas armadas de Chile, han puesto un amargo fin al primer gobierno marxista democráticamente elegido en Occidente. Y es posible que esto sea sólo el inicio de la lucha. Con todas las comunicaciones cortadas entre Chile y el exterior, ha sido difícil determinar exactamente qué está ocurriendo pero la violencia parece ser continua. Si el resultado es una sangrienta guerra civil, o si los generales ahora al mando no organizan elecciones pronto, no debe quedar ninguna duda sobre quién es el responsable de las tragedias que afectan a Chile. El responsable es Salvador Allende y los partidos marxistas que continuaron con su estrategia para ganar el poder absoluto en el país hasta el punto en que la oposición se desesperó al ser incapaz de ponerle atajo por medios constitucionales al gobierno.

Lo que ha ocurrido en Santiago no ha sido el típico golpe militar Latinoamericano. Las fuerzas armadas toleraron a Allende por tres años. Durante este tiempo, el presidente logró sumergir al país en la peor crisis social y económica de su historia moderna. La confiscación de fundos y fábricas provocó una alarmante desplome de la producción y las pérdidas en empresas estatales sobrepasaron los $1.000 millones, según cifras oficiales. La inflación aumentó un 350% en los últimos doce meses. Las pequeñas empresas se fueron a la ruina. Los funcionarios y trabajadores de alta calificación vieron cómo la inflación destruía sus sueldos, las dueñas de casa comenzaron a hacer interminables filas para tratar de conseguir alimentos, pero no encontraban. La creciente desesperación causó un enorme huelga que los camioneros ya habían iniciado hace seis semanas.

Pero el gobierno de Allende no hizo otra cosa sino destruir la economía. Violó la letra y el espíritu de la constitución. La forma en que ignoró por completo al Congreso y al Poder Judicial dañó la fe del país en sus instituciones democráticas. Una resolución aprobada por la mayoría opositora en el Congreso declaró el mes pasado que "el gobierno no es meramente responsable por infracciones aisladas a la ley y la constitución, sino que ha hecho de ellas su sistema permanente de conducta”. El sentimiento de que el Parlamento es irrelevante aumentó con la violencia callejera, igual de grave como lo visto en Belfast (Irlanda del Norte), y por la forma en que el gobierno ha tolerado el aprovisionamiento de grupos armados de ultra-izquierda que han declarado abiertamente que se preparan para una guerra civil.

La fuerzas armadas han actuado recién ahora, cuando es evidente que existe un mandato popular para que intervengan. Al final tuvieron que actuar porque todos los medios constitucionales han fallado en su intento por restringir al gobierno, que terminó siendo inconstitucional. El detonante del golpe lo proporcionaron los esfuerzos de los extremistas de ultra-izquierda por promover la insurrección en las fuerzas armadas. Dos de los líderes de la coalición de gobierno, la llamada "Unidad Popular", el señor Carlos Altamirano, antiguo secretario general del Partido Socialista, y el señor Óscar Garretón, del Movimiento Acción Popular Unida, fueron nombrados por la marina como los "autores intelectuales" de los planes de amotinamiento detectados entre los marinos de Valparaíso. Los comandantes de las fuerzas navales en Valparaíso fueron los primeros en movilizarse esta semana.

Pero el rápido éxito del golpe y la participación en él de todas las fuerzas militares (incluida la fuerza policial, Carabineros) indican que los planes fueron prolijamente preparados. Aún está por verse si las fuerzas armadas siguen sólidas en su oposición al gobierno derrocado. La desaparición de dos comandantes, el admirante Raúl Montero y el general Sepúlveda, jefe de Carabineros, quienes fueron reemplazados por sus subordinados anti-marxistas el mismo día del golpe, demuestra que no todo el alto mando era partidario de la movilización. El peligro real de un baño de sangre se hará realidad si es que se produce un quiebre en las fuerzas armadas, o si estallan serios amotinamientos en los rangos inferiores. Esto podría desencadenar una caótica guerra civil. Se puede esperar una fuerte resistencia por parte de los comités de trabajadores y brigadas paramilitares que el Partido Socialista y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria aún manejan en Santiago y de algunos grupos guerrilleros en el sur. Pero si no logran un apoyo significativo, podrán ser controlados

No hay vuelta al pasado
Sea cual sea el gobierno que emerja de este golpe militar, no podrá esperar tiempos fáciles. También habrá tentación entre quienes sufrieron a manos de Allende para ajustar cuentas con los vencidos. Pocos creen que en Chile las cosas volverán a ser como antes. El trabajo de reconstrucción demandará enormes sacrificios, tal como en Brasil cuando Roberto Campos fue el responsable de la planificación económica en los años posteriores al golpe de 1964. Esto no significa que Chile será otro Brasil ya que hay grandes diferencias; primero, incluso con los acontecimientos actuales, Chile es un país menos violento, y segundo, sus soldados tienen una visión distinta de su papel como militares que los soldados detrás de Campos. Los chilenos aceptan que es demasiado tarde para revertir muchos de los cambios introducidos por el Dr. Allende; para reconstruir el sector privado, por ejemplo, pondrán más énfasis en atraer a los inversionistas extranjeros y en la creación de nuevas industrias que en devolver lo que el gobierno ha robado.

El general Pinochet y sus camaradas de armas no son los peones de nadie. Su golpe de estado fue planeado dentro del país, y los intentos de algunos por hacer creer que EEUU está involucrado suenan absurdos para todos quienes saben lo cauteloso que los norteamericanos han sido en sus últimos intercambios con Chile. El nuevo gobierno que emerge, que parece ser de carácter militar-tecnócrata, tratará de recomponer el tejido social que Allende rompió. Si significa la muerte temporal de la democracia chilena, es algo que debe ser deplorado. Pero no hay que olvidar quiénes lo hicieron inevitable.

lunes, 10 de septiembre de 2007

El sangriento final de un sueño marxista

La idea es que la política se ocupe de cosas públicas, y que cada uno sea dueño de sus propios asuntos. El día 11 de septiembre de 1973, ha marcado a generaciones. Todo chileno que lea estas líneas sabe que nuestras vidas fueron determinadas por el golpe militar. Para bien o para mal, esa es la discusión que nos ha dividido por años. Aún no somos capaces de ver la realidad sin sesgo. Por ello, les presentamos el reporte que la tradicional revista norteamericana TIME publicó en su número de septiembre de 1973.

El sangriento final de un sueño marxista
TIME
Lunes 24 de septiembre, 1973

Seleccionado y traducido por Chile Liberal

La semana pasada, la capital de Chile se convirtió en un sangriento campo de batalla que duró dos terribles días. Los aviones pasaban prácticamente por sobre los techos, lanzando bombas y misiles. Tanques recorrían las calles causando daño con sus ataques, militares allanando casas, y el ruido de los enfrentamientos se sentía en toda la ciudad. El objetivo principal, el palacio presidencial, se convirtió en cenizas bajo una nube de humo y llamas. En su interior, el presidente marxista de Chile, Salvador Allende Gossens (65), murió en su oficina, al tiempo que una junta militar se tomaba el país.

Después de asumir el poder, hace tres años, Allende apareció en el pequeño balcón de su oficina para anunciar su gran experimento. Miles de simpatizantes se congregaron en la plaza bajo este balcón, desde donde proclamó su misión: conducir a Chile al socialismo mediante la vía democrática. La semana pasada ese mismo balcón permaneció en pie, aunque el palacio quedó hecho ruinas, al igual que la visión marxista que Allende concibió para su país.

Semana a semana, a medida que una cadena interminable de huelgas sumían al país en el caos económico, comenzaban a escucharse rumores en Santiago de que un golpe militar estallaría en cualquier momento. A pesar de ello, muchos chilenos hicieron caso omiso. Cierto, Chile tiene fuerzas armadas muy profesionales y numerosas. Pero a diferencia del alto mando de sus vecinos peruanos o los generales brasileños, los oficiales chilenos han tenido sin lugar a dudas una extensa tradición profesional y se han mantenido ajenos a la política.

Mártir instantáneo
Los chilenos que hayan creído que su país era de algún modo inmune a los golpes militares han demostrado su error. Más aún, el golpe que puso punto final al experimento socialista de Allende resultó de una violencia extraordinaria, incluso para los estándares latinoamericanos. En el fragor de los enfrentamientos armados que siguieron al golpe, durante los dos días posteriores, varios miles de personas han resultado muertas o heridas. Los militares han declarado que Allende se suicidó, y que no se rindió. Los simpatizantes de Allende insisten que fue asesinado. En realidad, la manera en que murió es irrelevante. De la noche a la mañana, se ha convertido en un mártir para la izquierda de todo el mundo, y en un alma legendaria que quizás penará a América Latina por años.

La caída de Allende ha tenido consecuencias que repercuten muchísimo más allá de las fronteras de Chile. El suyo fue el primer gobierno marxista elegido democráticamente en América Latina. Los moderados seguramente no querrán repetir este tipo de experimentos después de lo acontecido en Chile; la izquierda, por otro lado, llegará a la terrible conclusión de que los métodos revolucionarios son más eficaces que los votos. EEUU se encuentra en una situación bochornosa, aunque Washington ha insistido en que no ha tenido nada que ver con la caída de Allende. Hasta el final de la semana aún no ha reconocido al nuevo gobierno, pero la mayoría de los analistas cree que las relaciones mejorarán. El cambio de gobierno en Chile puede afectar a las grandes corporaciones norteamericanas: sus holdings fueron expropiados por Allende, pero ahora al menos pueden esperar que un gobierno más amigable les compense por las pérdidas.

El golpe fue muy bien planeado y ejecutado meticulosamente, como informa el corresponsal de TIME, Charles Eisendrath, quien presenció los hechos desde una ventana con vista al palacio. En la madrugada del martes, vehículos blindados aparecieron en la Plaza de la Constitución para bloquear los accesos a La Moneda, el sombrío palacio presidencial chileno que data del siglo XVIII. Mientras los francotiradores del ejército ocupaban sus puestos estratégicos, al menos cien carabineros (policía militarizada chilena) se bajaban de buses especiales que los traían hasta el lugar. Su misión, de acuerdo a la orden del día, era “restaurar la normalidad institucional” en la nación más democrática del continente y “prevenir la desastrosa dictadura que intenta dominar el país”.

Allende al parecer escuchó rumores, a la hora bastante inusual de las 7.15 de la mañana, mientras se dirigía a La Moneda desde su apacible residencia en el distrito más lujoso de Santiago, llamado el “barrio alto”. Mientras las tropas tomaban posiciones fuera del palacio, el comandante en jefe del ejército, general Augusto Pinochet Ugarte, vía telefónica dio un ultimátum a todos los presentes en el palacio presidencial. Si Allende entregaba su oficina, se le ofrecía abandonar el país mediante un salvoconducto, de lo contrario, sería derrocado a la fuerza. Allende se negó. “No renunciaré”, declaró en un mensaje radial. “Estoy preparado para morir si es necesario”. Instó a los trabajadores (los más entusiasmados con su programa socialista) a tomarse las empresas como signo de desafío. Los Hawker Hunters de la fuerza aérea chilena volaban a ras del palacio. Allende hizo una última aparición en el balcón del segundo piso y alzó sus manos en gesto de despedida a un grupo de transeúntes a quienes el ejército aún no había obligado a alejarse.

Allende inmediatamente se dio cuenta que enfrentan la peor crisis de sus tumultuosos tres años al mando del país. Una hora antes del ultimátum, llamó por teléfono a su chalet para comunicarse con su esposa Hortensia. “Te estoy llamando desde La Moneda”, le dijo. “La situación es gravísima. La armada se ha rebelado pero yo aquí me quedo”. Allende tenía razón. Incluso antes que las tropas de la junta militar rodearan el palacio, la armada de Chile había anunciado que se declaraba en rebeldía y que el puerto de Valparaíso (a 75 millas de Santiago) estaba bloqueado. Los marinos de Valparaíso avanzaban hacia la capital para unirse a los militares, aviáticos y policías, todos bajo el mando de los líderes del golpe de estado.

Allende pronto se encontró aislado de quienes podían prestarle apoyo. Una emisora de radio que operaba bajo órdenes de su partido, el Partido Socialista, suspendió sus transmisiones luego de hacer un llamado final a todos los miembros de las fuerzas armadas a no acatar las órdenes de sus superiores. Otra estación, que funcionaba bajo control de sus socios del Partido Comunista en la coalición de gobierno (llamada “Unidad Popular”), simplemente dejó de transmitir. La única radio que siguió al aire en Santiago fue la autodenominada “radio del gobierno militar”. Su primer bando: el presidente de la república debe proceder a abandonar inmediatamente su oficina de gobierno.

Un periodista mexicano en Santiago, Manuel Mejido, logró entrevistar a 15 de entre quienes vieron con vida a Allende por última vez. De acuerdo a su relato, el presidente reunió a sus amigos cercanos en el palacio y les dijo: “No abandonaré La Moneda. De aquí sólo me sacarán muerto”. El grupo incluye a diez miembros de la fuerza de seguridad especial y 30 jóvenes de su guardia privada conocida como “Grupo de Amigos Personales”.

El llamado del general Pinochet fue seguido por el comandante de la armada, almirante José Toribio Merino Castro, quien reiteró el ultimátum: “No me voy a rendir”, declaró Allende. “Eso es lo que hacen los cobardes, como ustedes”.

Como el ataque al palacio era inminente, Allende congregó al resto de sus colaboradores en una de las salas del palacio. “Señores”, dijo, “aquí me quedo.” Le pidió a todos que abandonasen el lugar, pero nadie quiso hacerlo. Allende ordenó que todas las mujeres fueran a la oficina del mayordomo de palacio y pidió que los hombres tomasen posición de combate. Se produjo un ataque de 20 minutos con soldados de infantería y tanques. Durante un breve tregua, el general Pinochet llamó nuevamente al palacio. Le dio 15 minutos a Allende para que se rindiese. Allende nuevamente se negó. Cuando se produjo este alto al fuego, las mujeres del palacio, incluida Beatriz (31), hija de Allende, escaparon a un lugar seguro.

Al mediodía, dos Hawker Hunters atacaron el palacio con bombas, misiles y gas lacrimógeno. Una hora y media más tarde, soldados de infantería entraron a La Moneda por una de las puertas laterales, y los oficiales le dieron 10 minutos a Allende para que se rindiese. “Todos ustedes, bajen sin armas y con las manos arriba”, el presidente le ordenó a los pocos colaboradores que aún permanecían con él. “Váyanse y ríndanse a los militares. Yo seré el último en salir”. Luego, de acuerdo a la versión de Mejido, Allende se disparó.

La esposa de Allende había escuchado las últimas palabras de su esposo transmitidas por radio. “Al mediodía, Salvador no contestaba el teléfono en La Moneda”, dijo ella. “Cuando por fin pude comunicarme, los que contestaron fueron agentes de seguridad o carabineros”. Mientras tanto, la fuerza aérea también atacó su chalet en el Barrio Alto. “Entre cada ataque, cuando los aviones volvían a la base para reabastecerse, los enfrentamientos eran feroces. La residencia estaba en llamas. La última llamada telefónica la hice tendida sobre el piso”.

Ni fue sino hasta el día siguiente que la señora de Allende supo que el paradero de su esposo era uno de los hospitales militares del ejército, y que estaba herido de gravedad. Cuando ella fue a verlo, se enteró de que en realidad estaba muerto. En sus declaraciones a la prensa dijo que era probable que él se hubiese suicidado con un fusil semiautomático, obsequio de Fidel Castro. Pero continuaban los rumores de que Allende había recibido trece disparos, la viuda de Allende pudo a continuación ver el féretro pero no el cadáver, y que el presidente y cuatro de sus acompañantes habían sido asesinados a sangre fría. Los rumores inmediatamente comenzaron a contribuir a crear la nueva leyenda de Allende, el mártir marxista.

El mismo día los restos de Allende fueron transportados a un aeropuerto militar en las afueras de Santiago y puesto en un avión rumbo a la ciudad de Viña del Mar, donde se encuentra al mausoleo de la familia del presidente. A la señora de Allende se le permitió acompañar el féretro, al igual que a su hermana Laura, dos sobrinos y un colaborador.

En el cementerio Santa Inés, la viuda de Allende, acongojada por el enorme sufrimiento y arrebatada de furia, cortó algunas flores y las dejó sobre el ataúd. “Salvador Allende no puede ser sepultado en el anonimato”, dijo con su voz endurecida a los sepultureros. “Quiero que ustedes al menos sepan el nombre de quien están enterrando”.

Mientras tanto, la junta comenzó a gestionar su consolidación. En una apresurada ceremonia en la Escuela Militar “Bernardo O’Higgins”, así llamada en honor a uno de los próceres de este país, se formó un gobierno militar que contaba además con dos civiles de tendencia derechista, para mantener las apariencias de algún modo. No deja de ser inquietante que los nuevos líderes hayan prestado juramento de lealtad a la junta, y no a la Constitución chilena. El general Augusto Pinochet ha encabezado el gabinete como jefe de la junta militar. Sus otros miembros son: almirante Merino, comandante en jefe de la fuerza aérea Gustavo Leigh Guzmán, y el general director de Carabineros César Mendoza Durán. La cartera más importante del nuevo gabinete, el ministerio del interior, ha sido asignada al general de ejército Óscar Bonilla.

Los militares han cerrado todos los aeropuertos chilenos y la frontera con Argentina, Bolivia y Perú. Se ha declarado estado de sitio en todo el país y Santiago se encuentra en toque de queda permanente. Se ha advertido que los trasgresores serán baleados inmediatamente. Mientras el ejército combatía contra franco tiradores de izquierda, los residentes de la capital deben mantener su cabeza gacha porque los soldados disparan apenas detectan movimiento en una ventana. A finales de la semana, los militares han declarado oficialmente que la capital volvería a la normalidad. Pero el toque de queda continúa, los aeropuertos siguen cerrados, y todas las comunicaciones con el resto del mundo han sido censuradas.

Circulan historias de soldados que han acuchillado prisioneros sin motivo alguno, mientras que otros soldados, portando listas con nombres de simpatizantes de Allende, allanan puerta a puerta todos los hogares siguiéndoles las huellas.

Se ha informado que al menos uno de los buscados, el secretario general del Partido Socialista, Carlos Altamirano, ha sido muerto “por accidente” durante un combate. Otra fuente ha dicho que al menos 3.000 personas fueron trasladadas a altamar en un barco transformado en prisión. Entre los prisioneros, se cree que se encuentra el miembro del Partido Comunista, el poeta Pablo Neruda, laureado con el Premio Nobel de Literatura en 1971, y ex embajador de Chile en París.
Aunque muchos, sino todos los objetivos a futuro son inciertos, la junta ha dejado bien en claro su determinación de cambiar el rumbo de la política exterior de corte izquierdista que Allende quiso para Chile. Uno de los primeros actos ha sido el cortar relaciones diplomáticas con Cuba, que Allende reconoció apenas asumió el poder, desafiando las restricciones impuestas por la OEA.

Transcurridas unas horas después de la muerte de Allende, 150 cubanos fueron enviados al aeropuerto Pudahuel y puestos a bordo de un avión rumbo a su país de origen. Entre ellos se encontraba la hija de Allende, Beatriz, quien se encuentra casada con el embajador cubano.

Castro, quien ha sido un aliado entusiasta de Allende, ha embestido diciendo que “el imperialismo norteamericano ha derribado un movimiento revolucionario”. Los políticos de todo el continente han manifestado su horror ante la muerte de la democracia chilena. El presidente mexicano Luis Echeverría, quien prestó apoyo moral y financiero al gobierno de Allende, ordenó el retiro de su embajador y ofreció asilo político a todos los chilenos que lo soliciten, específicamente a la viuda de Allende. Ella inicialmente lo rechazó, pero a finales de la semana cambió de opinión y aceptó la oferta. El gobierno mexicano ha decretado tres días de duelo nacional, por primera vez ordenado en honor a un gobernante extranjero desde el asesinato de John F. Kennedy.

En el resto del mundo, ha habido señales claras de que el presidente chileno se ha ganado el estatus de mártir para los radicales, junto a Patrice Lumumba del Congo (hoy llamado Zaire) y Che Guevara. En París, una multitud de 30 mil personas ha marchado por las calles gritando la consigna “fuera los asesinos y la CIA”. En Roma, hubo cese de labores y discursos proclamando que “Allende es una idea que no muere”. Incluso políticos moderados han lamentado públicamente que una república haya sucumbido al dominio de una junta militar. El gobierno de Alemania Federal, por ejemplo, ha expresado su “profunda consternación” y su esperanza de que “la democracia retorne a Chile a la brevedad”.

Pero hay un país que ha brillado por su silencio: Estados Unidos. La administración Nixon se opuso a Allende desde que se anunció su triunfo electoral en la elección presidencial de 1970. La hostilidad de Washington se incrementó luego que Allende nacionalizó por completo las minas de cobre y otras propiedades industriales de compañías norteamericanas, negándose a pagar compensaciones. Las relaciones entre ambos países empeoraron aún más cuando se supo que la multinacional ITT había ofrecido al gobierno de EEUU más de 1 millón de dólares para evitar la elección de Allende, y que sostuvo reuniones con la CIA para buscar formas de mantenerlo lejos del poder.

La administración Nixon hizo todos los esfuerzos posibles para poner en aprietos a Allende, principalmente ejerciendo presiones financieras en organismos internacionales como el Banco Mundial. En agosto de 1971, como resultado de los reclamos de EEUU que el endeudado Chile era un país riesgoso, el Banco de Exportaciones e Importaciones negó un préstamo de 21 millones de dólares para que la aerolínea Lan Chile comprase tres jets Boeing, a pesar que la empresa tiene un historial de pago impecable. Las exportaciones de EEUU a Chile en total cayeron un 50% durante los tres años de Allende.

Apoyo militar
Pero el Pentágono mantuvo relaciones en términos bastante amistosos con el alto mando chileno. El año pasado, por ejemplo, EEUU entregó 10 millones de dólares a la fuerza aérea chilena para la compra de aviones de transporte y otros equipos. Tan sólido ha sido el intercambio militar que, de hecho, se rumoreaba en Washington que la semana pasada que varios oficiales norteamericanos se enteraron del golpe de estado 16 horas antes de que ocurriese.

Los voceros de la Casa Blanca han negado que el gobierno estaba al tanto de estos hechos antes que ocurriesen. Insisten que ha habido muchos rumores, en distintas fechas, de un posible golpe. Pero nada concreto se supo hasta que efectivamente La Moneda ardió en llamas. En cualquier caso, EEUU no puso en alerta a Allende debido a que haberlo hecho se consideraría el intervenir en los asuntos internos de otro país. La explicación evidentemente no ha sido convincente como para despejar las sospechas que EEUU ha desempañado un papel central en la elaboración de un plan para derrocar al presidente chileno.

Gran parte de la culpa de la caída de Allende la tiene él mismo. Las políticas fiscales de su gobierno arruinaron la economía. Siempre un importador neto de alimentos, el país debió importar aún más debido a la reducción en la producción agrícola culpa de las reformas agrarias de aplicadas bajo su administración. Como propietario de las minas de cobre, el gobierno se encontró en serias dificultades cuando cayó el precio del mineral. Las reservas extrajeras sumaban $345 millones cuando Allende asumió la primera magistratura de la nación. A finales del año pasado habían desaparecido por completo, y Chile se vio obligado a solicitar una reprogramación de sus más de $2.500 millones en deuda externa. El país se polarizó de tal modo que Allende estaba bajo ataques simultáneos de derechistas, que reclamaban su extremismo de izquierda, y de la propia izquierda que lo consideraba demasiado blando.

Pocos chilenos fueron neutrales respecto a su figura. Aunque su lujoso estilo de vida disminuyó casi impercetiblemente, los ricos (5% de la población que controla el 20% de la riqueza), lo detestaban por expropiarles sus propiedades, que son la fuente de su riqueza. La clase media, aruinada por la inflación y asediada por la escasez de productos, se encontraba furiosa e irreconciliable. Cientos, quizás miles de chilenos abandonaron el país. Otros que se quedaron han mantenido sus pasajes aéreos a mano en caso de una emergencia.

A pesar de todo, Allende tuvo muchos admiradores. Algunos ni siquiera socialistas, por ejemplo algunos liberales simpatizantes de su causa quienes abrigaron esperanzas de que quizás podría remediar la inmensa brecha entre ricos y pobres. Éstos últimos, principalmente campesinos y obreros, lo idolatraban. “Tendría que ser muy hipócrita para decir que soy presidente de todos los chilenos”, comentó en una oportunidad. Ellos escuchaban atónitos los discursos de el “Chicho”.

Allende dormía solo cinco horas y se pasaba gran parte del tiempo haciendo declaraciones. “Trabajar por el pueblo es un placer para mí”, declaró con grandilocuencia. Allende impresionaba a los visitantes por ser un administrador notable. Era un hombre de línea dura pero no un temerario. Un diplomático norteamericano que lo conocía ha dicho que “cuando se trataba de ganarse el afecto de la gente para hacer algo, Allende dejaba chico a Lyndson Johnson”.

A pesar de ser partidario del marxismo, Allende disfrutó de la buena vida. Bebía buen whisky, gustaba del golf, y amaba los mejores vinos. Además de su residencia particular, tenía una casa de descanso a la cual se llevaba a los amigos, y mujeres, donde los agasajaba con exquisitas carnes asadas. Allende se vestía con ropas sofisticadas pero manteía un estilo casual, usando jerseys de cuello incluso en la oficina presidencial. De hecho, se dice que usaba un jersey blanco al momento de su muerte. Después que los enfrentamientos culminaron la semana pasada, el gobierno militar transmitió un reportaje televisivo mostrando el lujoso guardarropas del presidente y sus estantes repletos de licores importados y alimentos. El mensaje era indiscutible: mientras sus simpatizantes hacían largas colas para comprar alimentos básicos,

Allende disfrutaba del estilo de vida que él tanto criticaba.
La familia de Allende proviene de la época de la fundación de Chile. Su abuelo, también doctor, fue un gran maestro de una logia masónica y dio inicio a las primeras escuelas laicas en Chile, país predominantemente católico. El padre de Allende fue notario, y murió mientras su hijo cumplía una de sus muchas sentencias de cárcel por participar en actividades socialistas. Allende fue autorizado para asistir al funeral de su padre. En su tumba pronunció un discurso improvisado en el que se conminó a sí mismo a luchar por la libertad, a defender el puebo y lograr justicia social. Se graduó de doctor pero renunció a la medicina para dedicarse a la política. Buscó con tenacidad la presidencia del país hasta que en su cuarto intento finalmente logró la nominación.

Una vez en el poder, Allende rápidamente buscó cambiar la economía chilena. Su antecesor demócrata cristiano, Eduardo Frei, ya había impulsado las reformas agrarias e inició la participación gubernamental en el sector industrial. Pero Allende dio inicio a un programa mucho más profundo de operación y propiedad estatal, comenzando con apropiarse por completo de la explotación del cobre, cuyos dueños norteamericanos habían sido deplorablemente lentos en preparar a los empleados chilenos para trabajos mejor remunerados y de mayor sofisticación. Teléfonos, electricidad, acero y cemento fueron nacionalizados, junto con los bancos tanto extranjeros como nacionales. Los sindicatos comenzaron a administrar las nuevas plantas que aparecieron en el cordón industrial de Santiago, cercanos a los barrios de clase media. Con el consentimiento tácito del gobierno, los campesinos se tomaron enormes porciones de tierras cuyos patrones se encontraban ausentes, aunque en su entusiasmo también se apoderaron de las tierras de pequeños agricultores.

Allende cometió al menos dos errores políticos cruciales. Primero, olvidó (o ignoró) el hecho de haber asumido el poder como ganador de una minoría. En la tumultuosa elección de 1970, Allende superó a los otros dos candidatos, pero ganó sólo el 36,3% de los votos. Tal como lo establece la Constitución, el Congreso Nacional debía elegir al ganador. Siguiendo la tradición, se designó a Allende, quien había obtenido más votos que los candidatos restantes. Por esta razón se convirtió en presidente aunqe dos tercios del electorado prefería a otros candidatos. Pero ejerció el poder como si todo el país lo apoyase.

Los cacerolazos
El segundo error fue asumir que las clases medias y altas aceptarían plácidamente su “vía chilena al socialismo” mientras todo fuese hecho dentro de los márgenes constitucionales. Esto nunca ocurrió. “Si tenemos que quemar la mitad de Chile para salvarnos del comunismo, así lo haremos”, amenazó Roberto Thieme, líder del grupo de ultra-derecha Patria y Libertad. Hubo más oponentes, de tipo moderado, que fueron menos drásticos pero de igual convencimiento en su rechazo a los planes de Allende de expandir el sector estatal. Los partidos de Oposición, mayoritarios en las dos cámaras del Congreso Nacional, lucharon contra su gobierno durante todo su mandato.

Uno de los sectores más decididamente opuestos a Allende fueron las mujeres chilenas, quizás las más liberadas de América Latina. A medida que los ocasionales días sin carne se convertían en semanas enteras, organizaron la “marcha de las cacerolas vacías” en 1971 para graficar el constante encarecimiento de los alimentos y su posterior escasez. El sonido de los cucharones golpeando las cacerolas comenzó en uno de los distritos de la capital y se extendió a todo Santiago, lo que disgustó al gobierno. Hace dos semanas, después que los simpatizantizantes de Allende montaron una concentración masiva en la Plaza de la Constitución para celebrar el tercer aniversario de su elección, 100.000 mujeres se agolparon a las calles al día siguiente para manifestar su rechazo. Fueron dispersadas con gas lacrimógeno.

La principal causa de la caída de Allende fue su incapacidad para apaciguar la seguidilla de paros nacionales, originadas no por los sindicatos izquierdistas sino por los implacables enemigos que tenía el presidente en la clase media. A comienzos de este año, los trabajadores de El Teniente, la mina de cobre subterránea más grande del mundo, marcharon por 74 días para conseguir aumentos salariales que costarían al gobierno alrededor de 75 millónes de dólares en reducción de ingresos.

Se extiende el descontento
Tres semanas después de llegar a acuerdo con los huelguistas del cobre, el poderoso gremio de los camioneros (casi todo el comercio nacional se transporta vía terrestre) inició una nueva paralización. Primero pararon en octubre, por quejas sobre la falta de repuestos y los mayores costos operacionales aplicados por el gobierno. Esta vez culparon a Allende por no cumplir con lo pactado el año pasado para solucionar ambos problemas. Este nuevo paro costó al país alrededor de 6 millones de dólares diarios, perjudicando el abastecimiento de alimentos al país, al tiempo que el combustible comenzaba a escasear y los cultivos de cereales cernían una amenaza al país ya que las semillas y fertilizantes no pudieron entregarse a tiempo.

Aunque el país comenzó a sobrevivir con raciones más pequeñas, los camioneros se encontraban inesperadamente bien preparados para un largo paro. Recientemente, el corrsponsal de TIME Rudolph Raunch visitó un grupo de camioneros que acampaban en las cercanías de Santiago y quienes disfrutaban de cantidades prodigiosas de carnes, ensaladas, vinos y las típicas empanadas. “¿De dónde proviene el dinero para todo esto?”, preguntó nuestro corresponsal. “De la CIA”, le contestaron los camioneros en medio de carcajadas. En Washington, la CIA lo negó.
Mientras tanto, la polarización política de Chile continuaba, con Allende al parecer incapaz de cambiar las cosas. Las protestas de los camioneron incitaron a protestas esporádicas de médicos, dueños de locales comerciales, choferes de la locomoción colectiva y taxistas, todos furiosos por la creciente inflación (300% en los primeros seis meses del año) y con sueldos magros. Para evitar el caos, el presidente trató de llegar a un acuerdo con uno de los partidos opositores, la Democracia Cristiana. Nada se pudo conseguir porque el partido está completamente fraccionado. Uno de estos sectores hizo un llamado para apoyar al gobierno. Otros, dirigidos por el ex presidente Eduardo Frei, se decidieron a provocar el derrocamiento del gobierno negándose a cooperar.

En un esfuerzo por reducer la oposición de la derecha y para asustar a los camioneros, Allende persuadió a los comandantes de las fuerzas armadas para que se uniesen al gabinete de gobierno. Este fue un error grave, ya que politizó a los militares, quienes trataron de mantenerse por sobre las diferencias entre partidarios y detractores de Allende. El resultado fue un constante cambio en la designación de puestos políticos.

Hace menos de diez días después de su designación como ministro de obras públicas, y con la responsabilidad de solucionar el paro de los camioneros, el general del aire César Ruiz Danyau renunció, acusando al gobierno de no darle suficiente autoridad. Facciones anti-allendistas dentro del ejército obligaron al general Carlos Prat Gonzalez, comadante en jefe del ejército, a renunciar a su cargo de ministro de defensa. Fue reemplazado por el general Pinochet, quien es hoy el presidente de la junta.

La Democracia Cristiana se ha reagrupado y recibido el golpe con júbilo. Han emitido un comunicado de prensa, previamente aprobado por la junta, donde deploran la violencia pero ofreciendo su apoyo a los nuevos líderes del país. La declaración del partido continuó con su convencimiento de que el poder pronto será devuelto “al pueblo soberano” apenas “la junta termine sus difíciles tareas”.

Historia trágica
La semana pasada, el nuevo ministro del interior, el general Bonilla, prometió que Chile volverá a tener un gobierno civil, pero no aclaró cuándo. La mayoría de los analistas asume que los militares permanecerán en el poder por un buen tiempo, todo el tiempo que sea necesario para borrar cualquier vestigio de marxismo en el país.

La democracia siempre ha sido una de las víctimas de la trágica historia sudamericana de violencia y agitación. Hoy, el 70% de los 200 millones de latinoamericanos viven bajo algún tipo de gobierno militar. En muchos casos, los oficiales han derrocado a líderes populistas o izquierdistas, como el caso de Joao Goulart en Brasil o Jacobo Arbenz en Guatemala, quien trató de cambiar las rígidas estructuras oligárquicas del país. Allende es el caso más reciente de un reformador de este tipo, con grandes ambiciones pero que culminó en un fracaso.

La junta militar chilena ha tenido éxito en su objetivo principal: deshacerse de Allende. Pero la pregunta es, ¿a qué precio? Como inspiración espiritual para la izquierda, Allende puede resultar más poderoso muerto que vivo. Por otro lado, su derrocamiento puede convencer a los más radicales de que la forma más segura para el socialismo es la revolución violenta, reprimiendo a todos los disidentes. Ciertamente, este “hombre honesto, no creyente” jamás será olvidado por los más pobres en Chile, quienes ya lo consideran un santo secular. Lo que significa que la próxima vez que un líder marxista aparezca en Chile, su métodos probablemente no serán pacíficos.

* Uno de los edificios atacados por las tropas chilenas fue la sede central del Partido Comunista en Santiago, que aparece en la portada de TIME con un lienzo de Allende sobre su fachada.

viernes, 31 de agosto de 2007

¡Y si eso significa una guerra civil, que así sea!

Como saben, Chile Liberal fomenta el estudio y la reflexión, apelando a la inteligencia mediante el estudio metódico de la realidad. Llega septiembre, y antes de la patética borrachera nacional del 18, comenzamos un ciclo de reflexión sobre el Golpe Militar de 1973. Para ello, recurramos a la evidencia.
A continuación les presentamos, en exclusiva, una traducción del artículo con el que la revista norteamericana TIME informó de la situación nacional el día antes del 11 de septiembre.
Pueden también ver el original And if it means civil war, so be it!.
Continuaremos luego con el reporte posterior al 11.

Esperamos que sirva de reflexión para ayudar para entender este complejo momento del desarrollo de nuestro país, hecho que probablemente nos divide hasta hoy.

Chile Liberal




Chile, después de meses de inestabilidad, ahora enfrenta la amenaza de una guerra civil. El presidente marxista Salvador Allende Gossens se ha estremecido de tal manera ante la oleada de protestas que ha sacudido al país que ha decidido reorganizar por completo su gabinete de gobierno y ahora ha designado a los comandantes en jefe del ejército, armada, fuerza aérea y policía en cargos ministeriales. La crisis estalló producto de un paro nacional de camioneros que comenzó el 26 de julio y ha aislado parcialmente a los más de 3 millones de habitantes de Santiago. Bandas de terroristas han detonado bombas en oleoductos y han dinamitado las principales carreteras. Personal militar ahora resguarda las estaciones gasolineras mientras los santiaguinos esperan en colas que abarcan varias cuadras los escasos suministros de todo tipo de productos, desde fósforos hasta carnes.

Grupos de trabajadores militantes se han tomado más de 30 fábricas en el “cordón industrial” de Santiago, donde se produce la mayoría de los productos chilenos. James Randall, editor asociado de TIME, junto al reportero Paul Rotter, han recorrido recientemente la capital de Chile y han visitado una de las fábricas en toma. El siguiente es el informe de James Randall:

Aquí cuelgan lienzos enormes junto a la carretera que conecta Santiago con el resto del país, mostrando consignas pintadas a mano que proclaman el nuevo orden: “Los trabajadores, no los empresarios, dirigirán la industria nacional”. Las tomas fueron iniciadas por Allende durante el cuasi golpe militar de junio (TIME, 7 de julio). En dicho momento, Allende vio estas acciones como el primer paso en la movilización de los trabajadores para así rescatar al gobierno de la posibilidad de que las Fuerzas Armadas resulten desleales. La lealtad se mantuvo. Pero Allende ahora se encuentra consternado frente a la negativa de los trabajadores a desalojar las fábricas ocupadas. Este rechazo ha sido un golpe mortal al descalabro de la economía chilena.

Decidimos visitar la planta Lucchetti, una de las empresas expropiadas, y que produce cerca de la mitad de las pastas chilenas. En el portón de entrada fuimos detenidos por un fornido “guardia del pueblo”, quien nos vigiló muy de cerca mientras uno de sus acompañantes desapareció rumbo a una fábrica cercana. Al cabo de unos minutos, un hombre más bien rechoncho, que vestía una arrugada chaqueta deportiva, vino a nuestro encuentro. Después de escuchar nuestra solicitud de entrevista, nos guió hasta una pequeña oficina. “Hemos tomado la fábrica”, dijo el vocero sindicalista Guillermo Bonilla, “porque los jefes nunca nos han tratado con respeto ni tampoco nos consultan sobre cambios en los trabajos. Son unos desgraciados”. Continúa Bonilla: “Ahora que nos libramos de ellos, los trabajadores administrarán por su cuenta la empresa y harán una labor mucho mejor. A los trabajadores disconformes los apartaremos pronto, y la producción aumentará [la verdad sea dicha, desde el comienzo de la toma la producción ha caído]. Eliminaremos la inflación trabajando extra, cuidando mejor las maquinarias y no pidiendo excesivos aumentos de sueldo”.

Considerando el desesperadamente ruinoso estado de la economía chilena, la solución de Bonilla suena un tanto simplista. El hecho concreto es que los trabajadores chilenos ahora ganan alrededor de $ US 30 mensuales, y necesitarán de aumentos sustanciales de sueldo para superar la inflación, que ha llegado al 300% anual, la tasa inflacionaria más alta del mundo. Si ellos llegasen a recibir semejante aumento salarial, la tendencia a la inflación continuará disparándose como lo ha hecho hasta ahora, aniquilando las ganancias obtenidas. Es decir, están atrapados en su propia Trampa 22. Bonilla ha jurado que los trabajadores de Lucchetti continuarán la toma hasta que el gobierno tome las medidas necesarias para mejorar las condiciones laborales de su gente. Ahora bien, qué es exactamente lo que el gobierno debe hacer, él no lo explica. Pero ha advertido que responderán ante cualquier intento por desalojarlos mediante la fuerza. “¡Y si eso significa una guerra civil, que así sea!”

Respaldando las palabras de Bonilla se encuentra la disciplina militarizada de los trabajadores. Se turnan para dormir en la fábrica, por lo que mantienen una guardia constante en el recinto. Y aunque no hemos visto armas, la derecha chilena (la oposición al gobierno de Allende) insiste en que los trabajadores sí están armados.

A pesar de todo, los trabajadores se veían bastante felices, casi eufóricos. Durante nuestra visita se jugaba un partido de fútbol, y por otro lado un grupo de jóvenes cantaban con guitarra en mano canciones para nada revolucionarias (por ejemplo: “tallarines Lucchetti son muy muy muy ricos”). Pero la semana pasada el buen humor se acabó. En busca de armamentos, efectivos militares tomaron por asalto una fábrica textil en la ciudad sureña de Punta Arenas. Un trabajador fue golpeado brutalmente y otro fue asesinado de un tiro. En Lucchetti, a un fotógrafo se le advirtió no entrar ni tomar fotografías “por motivos de seguridad”. Bonilla, nervioso, añadió: “Creemos que los militares pueden venir en cualquier momento”. Con los jefes militares, tradicionalmente neutros, ahora como integrantes del gabinete de Allende, todo el país se pregunta si las palabras de Bonilla se cumplirán o no.