martes, 4 de diciembre de 2018

Macron: En Marche arrière

Pero qué más puede hacer un muchacho pobre
Excepto tocar en una banda de rock'n'roll
Porque en la adormecida ciudad de Londres
No hay cabida para el Hombre que lucha en las calles.

"Street Fighting Man" (1968), The Rolling Stones





Emmanuel Macron decepciona

"A monsieur Macron le preocupa el fin del mundo, pero a nosotros nos preocupa el fin de mes", declaraba enfático un gilet jaune en la radio. En Francia, país fundado sobre la mitología de ese inolvidable invierno de 1789, en que los furibundos sans culottes salieron a las calles a degollar y a desestabilizar la monarquía para fundar la République, esto de las manifestaciones masivas son algo serio ⎯ muy serio. La Comuna de París (1871) se nos viene a la mente pero sobre todo está aún fresco en la memoria viva el Mayo de 1968 (ver epígrafe).

En principio Chile Liberal expresaría simpatía por los chalecos amarillos: subir impuestos es anatema al ethos de nuestro sitio. No obstante, también hemos sido fervientes partidarios de los impuestos al carbono como medida imprescindible para revertir el cambio climático ⎯ la más grande amenaza que enfrenta nuestra civilización desde el miedo a una guerra nuclear con la URSS. El impuesto al carbono, en el marco de los llamados "impuestos verdes", de Macron es lo opuesto a la postura obtusa del gorila en la Casa Blanca. "Disfrútenlo!", dijo Trump por Twitter ante la brusca caída del precio del petróleo (que explica el colapso venezolano). Pero si no aceleramos ahora la transición a las energías limpias, entonces, ¿cuándo? Los impuestos verdes son un paso doloroso pero imprescindible.

En Marcha a ninguna parte
Pero Macron pasa por un momento aciago y esto quedó en evidencia cuando Sebastián Piñera visitó París hace unas semanas. El presidente francés soslayó una rueda de prensa junto al mandatario chileno no por molestia ante la increíblemente estúpida visita del chileno a Sarkozy, o por la afronta al prestigio de Francia al no nombrar un embajador. No. Macron pasa por problemas domésticos gravísimos. No quiso enfrentar a la prensa porque estuvo semanas enfrascado en un tortuoso cambio de gabinete sólo para darse cuenta de que no cuenta con mucha gente de confianza y que sus ministros estrella lo habían abandonado apenas empezó a balancearse el barco.

El verano septentrional fue muy duro. Un video colgado en las redes sociales mostraba a un agente de policía golpeando brutalmente a unos manifestantes. Excepto un detalle: no era un policía sino Alexandre Benalla, uno de los hombres de mayor confianza de Macron, encargado de la seguridad del presidente de la república y quien comandó el resguardo del bus durante el regreso triunfal de Les Bleus a París. Ese mismo sujeto, que jamás ha sido funcionario policial, apareció con una jineta de policía actuando como bestia sádica. La prensa, sin nada que hacer en el asueto veraniego, se dio un festín con la ineptitud e irresponsabilidad del mandatario francés. Castigado Benalla con un par de días sin sueldo, quedaba en evidencia que la Policía se manda sola bajo el gobierno de Macron.

Macron acabó por desaparecer varios días, extenuado físicamente, poco después de la visita de Piñera. Ahora, con miles de manifestantes en las calles, es el jefe de gabinete a quien se ha visto completamente exhausto. Este era un gobierno liderado por un energético banquero de 39 años, símbolo de la réussite a la francesa, un winner que lejos de un EEUU alicaído y de un Reino Unido replegado nos mostraba una Francia winner, hiperconectada y energética, la nueva líder global que el mundo necesita.

Pero el macronismo viene chirriando de antes. Las cifras económicas no acompañan al ex banquero Rotshchild. Una que otra huelga congregaba más reporteros que manifestantes pero en el panorama político no tiene contrapesos. Macron pulverizó a la derecha conservadora, hizo derrumbar el establishment socialista (el Partido Socialista, de hecho, feneció), destruyó a la ultraizquierda y como sabemos, en la segunda vuelta, barrió el piso con el Frente Nacional de Marine Le Pen. Ni siquiera los sindicalistas pudieron contra Macron. Le Roi Macron, se le llamó.

La contestación social esta vez vino desde las mismas coordenadas de donde salió Macron. Recordemos que el presidente francés formó su alianza política por las redes sociales. En Marche!, renombrada luego "La República En Marcha!", no es un partido como tal. Esa misma energía luego la capitalizó con una abultada representación en la Asamblea Nacional.

Pero realmente falta la estructura tradicional, como quedó en evidencia al ser incapaz de formar un gobierno y de verse rodeado de matones e inexpertos. Los diputados de En Marche! son cool, hay varias muchachas bastante guapas, todos exudan vitalismo con sus iPad y sus tazones Starbucks. Los chalecos amarillos usaron las mismas redes para decirle Non al impuesto a los carburantes y expusieron a los parlamentarios oficialistas como gente hiperconectada con problemáticas globales como el cambio climático pero totalmente desconectados de cuestiones elementales como lo es llegar a fin de mes.

Francia es un país bastante curioso. La Francia profunda es esencialmente conservadora y esto se expresa en las urnas. La Cinquième République ha visto principalmente triunfos de la derecha, en el gobierno y el parlamento, pero la legislación se ha redactado en las calles con protestas y huelgas de todo tipo. Esta anomalía fue tolerable durante los Treinta Gloriosos, el período de fuerte expansión económica que siguió a la II Guerra Mundial. Pero el sistema de seguridad social y laboral de aquella época es incompatible con la realidad actual. Urge un hombre fuerte que tenga el coraje de la Thatcher. Los franceses pensaron que Sarkozy era el indicado. No lo fue. Esta vez, un hombre ajeno a la política haría una transición serena, coherente y racional cartesiana, si me apuran a la economía del conocimiento alimentada con energías verdes y limpias. Pero todo indica que Macron no lo está logrando.

El error brutal fue dar el puntapié inicial a su mandato con la supresión del impuesto a la fortuna. Esto fue tan absurdo como el primer acto de Sarkozy después de ser elegido: una opípara cena en un lujoso restaurante en los Campos Elíseos con los grandes empresarios de Francia. No puedes acurrucarte con los ricos del país y bajarle impuestos a ellos para acto seguido pedirle a los pobres que se aprieten el cinturón y subir el precio a los combustibles con un impuesto inherentemente regresivo.

Para la niña bien que se desplaza por las calles parisinas con una baguette en el canasto de la bicicleta, el aumento del precio del combustible es un tema irrelevante o, en el mejor caso, lejano. Hasta curioso. Así como Santiago se divide entre el sector oriente y el poniente, y Londres entre el West End y el East End, el París hermoso es el que está dentro de la periphérique, algo así como la Américo Vespucio santiaguina. Lo corona exterior, llamada coloquialmente l'autre côté de la périph, es la periferia, la banlieu, ahí donde la gente necesita sus cacharros para ir a comprar no a las finas epicerías céntricas sino a las grandes superficies los paquetes de 24 cajas de leche con descuentos, el pan para la semana que se mete al congelador, y la norma es la comida en lata, y es ahí donde el cacharro es el medio de transporte para acercarse a las estaciones de tren para ir a la pega, porque la vivienda a precios razonables existe en la banlieu y no en las casonas hausmanianas céntricas. El auto es un medio de sobrevivencia. Subir el precio del combustible merma aún más en el poder de compra de la estrujada clase trabajadora, que ya simplemente no puede pagar más impuestos. Un impuesto más y queda la cagada.

Extrañamos al Macron que habló de construir autos limpios con tecnología francesa y que estén a disposición de las masas. Alguna vez Ford, con su mítico Model T en los años 20, masificó el auto y creó la famosa clase media norteamericana. Detroit producía empleos y bienestar. EEUU se quedó pegado en la era de los autos contaminantes. Un visionario político francés ahora nos llevaría al futuro. Pero no sabemos en qué piensa Macron hoy. Mencionó un voucher de 4 mil euros a quienes adquieran autos eléctricos, medida inaplicable y ridícula. En teoría iba a suprimir el impuesto más repulsivo imaginable, la asquerosa taxe d'habitation, la versión francesa de nuestras "contribuciones", lo que en parte se hizo pero como es un impuesto local los municipios se las arreglaron para seguir cobrándolo. Y así otros trasteos con la fiscalidad aliviarían el enorme peso fiscal sobre los contribuyentes, para dar espacio al impuesto a los carburantes. Pero se ha hecho todo mal.

El chaleco amarillo tiene una connotación extraordinaria. Lo usa quien tiene su auto en panne. Miles de chalecos amarillos parecieran decir que es el país el que está en panne. Invitan a los set de los noticiarios a los "portavoces", pero no son un movimiento como tal, no tiene jerarquías. Uno de sus representantes, en una declaración epatante, ha propuesto deponer al jefe de gobierno e instalar en su lugar al ex Jefe del Estado Mayor francés, el general de Ejército Pierre Villers ya que la guerra civil sería inminente. Los gilet jaune tampoco son la gente más sensata de Francia.

Durante el célebre Invierno del descontento, Margaret Thatcher se despachó el conocido discurso The Lady is not for turning. Echar pie atrás en inglés se dice hacer un U-Turn. Thatcher, ante un país entero que se declaraba en paro nacional, con ese legendario humor británico decía: a los que me piden un U-turn, yo les digo: you turn if you want to! Eso fue coraje. Coraje para cerrar las minas de carbón. Coraje para dejar no ceder ante la huelga de hambre de los criminales del IRA. Coraje es lo que le falta a Macron. Coraje necesitamos para enfrentar el cambio climático.

Los impuestos verdes son necesarios si queremos de una vez por todas hacer la transición a las energías limpias y renovables. Hay que aplicarlos y no recular por miedo a las encuestas o a la próxima elección o a los manifestantes en las calles. Lamentablemente, Francia va en marcha atrás.

lunes, 15 de octubre de 2018

Reflexiones en Narbona


Hace poco anduve de paseo por la hermosa ciudad de Narbona. Ahí aprendí varias cosas. A sus habitantes se les llama los tête plates, los "cabeza plana", porque antaño se dedicaron a la fabricación de clavos de cabeza plana. Pensé en un principio que los fuertes vientos que llegan desde los Pirineos les habían aplanado las cabezas. Narbona fue, además, la primera colonia romana fuera de la península itálica. Por estos lados también llegaron muchos británicos que contagiaron a los locales su pasión por el rugby.

Vagabundeando por las calles del casco histórico de Narbonne no me pude resistir a entrar a una librería. Me encontré acá con una grata sorpresa. Cayó en mis manos Hasta ya no ir, de la novelista chilena y educadora Beatriz García Huidobro, si bien era una traducción al francés con el enigmático título de "Las tierras de mi padre". 

Es un libro breve. De hecho, partí a una pastelería cercana y la leí la mitad. Esa noche de vuelta a mi hotel leí el resto. Es un relato en primera persona ⎯los franceses llaman récit a las novelas de este tipo⎯ de una niña preadolescente en algún poblado perdido de la cordillera de la costa, y en su lenguaje rústico e inocente nos cuenta las acongojantes miserias del campo chileno y los abusos sexuales que ella sufre. Como telón de fondo, en la misérrima podredumbre de los campesinos en el Chile que vivía las primeras convulsiones de la Reforma Agraria, estalla el golpe militar de 1973.  

Después de Narbona volvimos a la campiña de Occitania y tuvimos la genial idea de visitar una abadía. Cualquiera se da cuenta de la diferencia abismal entre el campo francés, con sus loteos ultra-productivos y sus agricultores profesionales (si bien hoy bastante maltrechos), y la miseria atávica de Chile y sus gañanes. Cualquiera sabe que la causa es la destitución de los campesinos, su falta de tierras, y la injusticia perduró por culpa de la mezquina ideología conservadora de la clase terrateniente, que tardó siglos en entender que sin democratizar los derechos de propiedad no se puede construir un país viable. 

En la abadía, después de unos agradables y tranquilos días en el silencio casi sepulcral de un B&B cercano, tuve otro encuentro con la historia. La guía turística, una muchacha muy simpática con una pasión desbordante por la Historia de su país y de su región, nos relataba cómo vivían en la Edad Media los monjes benedictinos.

El sistema era muy similar a la estructura social chilena. Los monjes eran hijos de los dueños de la tierra y por ello normalmente eran gente letrada, que decidían apartarse de sus familias (sospecho que para ocultar su homosexualidad) para consagrarse a la oración y el trabajo en una vida de claustro. Como gozaban de cierto nivel educacional y debían percibir ingresos, sabían explotar el campo, pero para esto empleaban la mano de obra de los inquilinos sin tierra, a quienes llamaban Hermanos. En la capilla, monjes y Hermanos se sentaban aparte. 

Un momento bastante impresionante que nos relata la muchacha fue cuando la Peste negra arrasó con los residentes de la abadía. De más de 200, llegó a contar con apenas una decena. Las enormes extensiones de tierra de las que los monjes eran propietarios quedaron sin dueño. Junto con el colapso del monasterio caía, asimismo, todo el orden social y económico medieval de Europa.
Lo que la guía no sabe, desde luego, fue que la estructura feudal se exportó a la América latina y allá la aristoracia castellano-vasca replicaría el mismo esquema: unos pocos señores feudales, sustentados por la iglesia de Roma, serían los dueños de la tierra y los patrones de esos fundos y haciendas harían trabajar a los desposeídos para su propio beneficio. Los campos, tal como nos relata la protagonista de Hasta ya no ir, eran improductivos y apenas alcanzaban para alimentar a los campesinos. En Chile, lo que la Peste negra logró en Europa de algún modo lo haría la Reforma agraria.

Esta abadía no obstante sobrevivió incluso la Revolución francesa. Los furiosos revolucionarios exigirían a los monjes que trabajaran la tierra ellos mismos. Clausuraron la capilla. Pero algunas tortuosas negociaciones lograron que unos pocos monjes continuaran la vida monástica.

El epílogo de este monasterio llegaría a comienzos del siglo 20. La implacable Ley Laica de 1905 establecía una nítida separación entre iglesia y el Estado francés. Los monjes decidieron que no se someterían a ninguna autoridad civil y se exiliaron, los pocos que quedaban, en España. El monasterio fue abandonado y sufriría un letargo hasta la Segunda Guerra mundial, cuando fue empleado como albergue. Luego, un grupo de benefactores privados lo adquirió y hoy se conserva como parte del rico patrimonio cultural de Francia.

En Chile recién ya vemos los efectos que surtió la reforma agraria. El campo chileno se ha vuelto productivo, de hecho ya se erradicó el hambre y ahora se exportan alimentos, y las gentes pueden ganarse la vida gracias al fruto de su esfuerzo y viven cada vez menos en relaciones feudales propias de las tinieblas del medioevo. La iglesia católica se cae a pedazos, aunque dilapidamos nuestro patrimonio (que tampoco es mucho). Vaya uno a saber en qué terminará todo esto.