sábado, 7 de septiembre de 2019

Zimbabue: Adiós al tirano

Peace has come to Zimbabwe
Third World's right on the one
Now's the time for celebration
'cause we've only just begun

Master Blaster (Jammin') - 1980;  Stevie Wonder



El dictador comunista Robert Mugabe ha muerto. Pero su terrible legado persiste.

Robert Mugabe ha muerto en un sofisticado hospital de Singapur, lejos de su Zimbabue natal. Después de gobernar casi cuatro décadas, en su país no hay hospitales, ni un sistema educacional, ni infraestructura, ni democracia. Saludado alguna vez como el héroe liberador del yugo imperialista británico, se le comparó con Nelson Mandela. Pero su símil sudafricano se despercudió de su marxismo juvenil y pasó a la sensatez, y su funeral congregó a todas las rutilantes figuras del mundo político. Mugabe, en contraste, muere en el desprecio absoluto ⎯ excepto de los obtusos que despiden al "camarada Mugabe".

Vivió su niñez y primera adultez obligado a labrar las tierras del patrón de fundo blanco, lo que él resintió tal como todos sus compatriotas en la colonia británica de Rodesia de entonces. Descubrió en el marxismo que podría subvertir el orden colonial y quitar la propiedad de la tierra a los patrones británicos. Lideró escaramuzas y acabó en prisión, donde sus carceleros blancos le impidieron asistir al funeral de su hijo de apenas 3 años. Juró seguir combatiendo el colonialismo hasta expulsarlo. 

La guerra civil de Rodesia culminó con el Acuerdo de Lancaster en 1979, donde el ex mandamás del Ejército Africano para la Liberación de Zimbabue emergió como líder de la prometedora República de Zimbabue, finalmente proclamada el 18 de abril de 1980. 

En la víspera, y ante gran exepctación mundial, Bob Marley amenizaba la nueva era política con un concierto masivo e histórico, equivalente al concierto de Rod Stewart en Chile en 1989 (sin duda la apoteósica performance de "Forever Young" fue el himno de la transición chilena; de sólo rememorarlo me conmuevo). Zimbabue ⎯la última colonia británica en África⎯, se emancipaba. Tal como el pan-arabismo, el pan-africanismo inauguraba una era de esperanza para el Tercer Mundo (en esa época "Tercer Mundo" no era un término peyorativo sino que con orgullo así se autodenominaban las naciones que se declaraban ajenas tanto a la órbita sovietica como al orden capitalista occidental).

¿Qué podría salir mal? Todo, en realidad.

Una de las principales cláusulas del Acuerdo de Lancaster fijaba un abultado número de senadores designados en el Congreso de la naciente república, para así preservar por al menos una década el orden colonial y asegurar que no se aplicaría bruscamente la Reforma Agraria que los negros exigían. La idea era garantizar los derechos de propiedad de los terratenientes blancos mientras se producía la transición.

Lo anterior resultó providencial porque una terrible sequía azotaría África en 1983, ante la cual las cooperativas agrícolas comunistas establecidas por los marxistas en Etiopía no supieron reaccionar y causaron una horrible hambruna, quizás la más desgarradora que vimos durante la posguerra (al respecto nunca olvidaré cómo me impactó el reportaje de Informe Especial de TVN y me decidí a ser periodista, pero luego recordé cuánto también me gusta comer y recapacité). Todos recordamos "We Are The World" en EEUU y al otro lado del Atlántico "Do They Know It's Christmas?", organizada por el rockero irlandés Bob Geldof. En cambio en Zimbabue los vilipendiados agricultores blancos  aún conservaban el know-how para explotar sus granjas y mantenerlas productivas, pero esto no perduraría.

Mugabe a pesar de ciertos chispazos conciliadores comenzaba su mandato con mano de hierro, y una de sus primeras medidas fue el exterminio de los otros líderes independentistas ⎯ fenómeno conocido en todo proceso revolucionario. Muchos más negros murieron a manos de Mugabe que luchando contra el poder imperial británico. Finalmente, los terratenientes blancos fueron expropiados y comenzó la escasez cuando se les reemplazó con vociferantes y amigotes del régimen. La productividad se desplomó.

La respuesta fue, como suele ocurrir, la emisión de dinero. La hiperinflación estalló y se llegó a imprimir el tristemente célebre billete de Cien Trillones de Dólares, superando las denominaciones del marco alemán de la República de Weimar. Cuando se envilece la moneda nada bueno ocurre. De hecho, Mugabe exhibía un bigote estilo cepillo de dientes à la Adolf Hitler: Mugabe fue un Hitler negro.
El sátrapa descendió a niveles surrealistas de sordidez en 1996, luego de enviudar, cuando contrajo matrimonio en una pomposa ceremonia católico-romana ⎯era católico devoto⎯ con su amante y ex secretaria 40 años menor que él, Grace, también conocida como "Señora Gucci" por su afición a los artículos de lujo europeos. La cárcel la llama hoy.

El mismo héroe que inició la rebelión popular contra el latifundista y explotador blanco se convirtió en el peor verdugo de su propio pueblo. Sus carceleros no le permitieron ir a enterrar a su hijo, pero él mismo causó muerte infantil, hambre y miseria más que cualquier colono de origen británico. Con el tiempo el tirano se mostró cada vez más colérico, racista anti-blanco y con una demencial fijación homofóbica ⎯ sus insultos contra "los gays en el gobierno británico" eran constantes.

En 2017 una especie de golpe de Estado lo sacó del poder y comenzó otro proceso de transición. Pero esta vez el país se encuentra mucho más devastado que cuando el Príncipe Carlos le entregó el poder en 1980 para que forjase una república libre y para corregir los errores de la era colonial.

Es triste comprobar que otros tiranos comunistas aún persisten. Tenemos la tiranía ilegítima e ilegal de Maduro en Venezuela, hija bastarda del comunismo cubano, y en la misma liga de malditos está  Kim Jong-un en Corea del Norte. China, de hecho, es un sistema comunista que si bien ha adoptado ciertos principios de la economía de mercado es, no obstante, un régimen aborrecible.

Ya no hay ningún enclave colonial en África pero ahora es China quien inyecta ahí dinero, arrojándole bencina a las llamas de las cleptocracias regionales. 

En la medida que estos países no puedan votar para elegir sus gobernantes, es decir, si el poder no se ejerce en un marco de legitimidad, los africanos tienen pleno derecho a rebelarse. Será interesante ver dentro de algunos años si Zimbabue enmenda el rumbo o no. Chile Liberal espera que sí. La muerte de Mugabe probablemente sea el primer paso hacia la prosperidad y las libertades individuales.




                                                                                                      
Para profundizar:

domingo, 21 de julio de 2019

Déjenlos entrar

Migra, migra
Pinche migra
Déjame en paz

Me necesitas tú a mi
Más que yo a ti

"Migra", Carlos Santana



Chile debe recibir a los migrantes
En la actualidad alrededor de un 3% de la población mundial está desplazándose en calidad de migrante, cantidad inferior al máximo histórico de 5% registrado a principios del siglo 20. No obstante, la inmediatez de los medios de comunicación actuales y el populismo que arrecia crean una sensación de gran pánico al respecto.

Imágenes desgarradoras han encendido las alarmas en el mundo civilizado: el pequeño muerto en el Mediterráneo, o el padre y su hija ahogados cruzando el Río Grande rumbo a EEUU. A cualquiera que tenga hijos se le empequeñece el corazón. Hoy son ellos, pero pudimos ser nosotros.

Chile no es ajeno a este fenómeno y ocurre que hoy nos encontramos como país receptor de migrantes y parecemos olvidar que históricamente siempre lo fuimos: el "asilo contra la opresión" es parte integral de nuestro ethos como país. Una migrante venezolana, huyendo de la satrapía narco-comunista de Nicolás Maduro, perdió su guagua en la frontera chilena con Perú mientras añoraba entrar a Chile. Como país nos avergonzamos.

El mundo se ve azotado por una ola de movimientos populistas y xenófobos, que ya fueron el corolario de las migraciones del siglo 20 y que significaron la ascención del fascismo y las consecuentes Guerras Mundiales. EEUU y Europa Occidental ven crecer como la maleza los peores resabios de los fanatismos del siglo pasado. En Chile, con las sinuosas retóricas de J.A. Kast, no somos meros espectadores del rebrote populista.

Un país lo construye su gente, y la gente está formateada por una narrativa y unos valores que nos hacen reconocernos como un mismo y único pueblo. Chile es un país acogedor, una sociedad abierta y tolerante, y más allá de un gobierno de izquierda o derecha, nuestra idea-nación es la de la angosta faja de tierra detrás del murallón de los Andes donde siempre han sido bienvenidos quienes tienen las agallas para dejar atrás su pasado y venir a instalarse a vivir en paz con nosotros. La "vida, libertad y la búsqueda de la felicidad" son los valores fundacionales de EEUU pero resuenan en todos los países libres ⎯ Chile incluido.

En este blog lo planteamos de manera taxativa: Chile debe recibir a los migrantes instalados en la frontera. Quienes les llevaron comida y bebidas calientes encarnan el espíritu auténtico del país. Muchos huyen de la pobreza y del socialismo y añoran venirse a Chile, así como nosotros en los 70 arrancamos del fascismo. Otros escapan de la violencia, las enfermedades y la devastación. Pues nuestra obligación ética es abrirles las puertas.

Existen resquemores legítimos. ¿En qué trabajarán? Cuesta creer que en un país como Chile, donde tenemos tantos puertos que mejorar, carreteras por construir, hospitales que equipar, líneas de metro que cavar, puentes que tender y casas que levantar, y tantas cosas aún por hacer, no podamos utilizar esa mano de obra que nos exige con desesperación que les demos un lugar.

En tiempos de una economía alicaída ⎯como lo alertó  Chile Liberal en su debido momento⎯ el gobierno actual debe recurrir a estas medidas de grandes trabajos si quiere asegurar progreso y prosperidad. 

Las líneas del Underground en Londres y todas las carreteras de Gran Bretaña se forjaron con la mano de obra irlandesa. El país se levantó de la II Guerra gracias al trabajo de los inmigrantes venidos de sus ex colonias. Estas obras quedan y son una enorme contribución a la productividad. Sólo un necio puede desaprovechar la oportunidad que nos brinda la inmigración.

La necesaria documentación e  identificación de los migrantes debe acelerarse. El gran problema de la migración es más que nada para el país que ve partir a sus habitantes. El que más gana es el que recibe. El gobierno actual debe terminar de coquetear con la retórica xenófoba de la naciente ultra-derecha y decidirse a mantener un flujo migratorio humanitario y digno.

Ellos quieren venir, y nosotros tenemos necesidad de ellos: ¿en qué topamos? Déjenlos entrar. Déjenlos entrar ya.