lunes, 15 de octubre de 2018

Reflexiones en Narbona


Hace poco anduve de paseo por la hermosa ciudad de Narbona. Ahí aprendí varias cosas. A sus habitantes se les llama los tête plates, los "cabeza plana", porque antaño se dedicaron a la fabricación de clavos de cabeza plana. Pensé en un principio que los fuertes vientos que llegan desde los Pirineos les habían aplanado las cabezas. Narbona fue, además, la primera colonia romana fuera de la península itálica. Por estos lados también llegaron muchos británicos que contagiaron a los locales su pasión por el rugby.

Vagabundeando por las calles del casco histórico de Narbonne no me pude resistir a entrar a una librería. Me encontré acá con una grata sorpresa. Cayó en mis manos Hasta ya no ir, de la novelista chilena y educadora Beatriz García Huidobro, si bien era una traducción al francés con el enigmático título de "Las tierras de mi padre". 

Es un libro breve. De hecho, partí a una pastelería cercana y la leí la mitad. Esa noche de vuelta a mi hotel leí el resto. Es un relato en primera persona ⎯los franceses llaman récit a las novelas de este tipo⎯ de una niña preadolescente en algún poblado perdido de la cordillera de la costa, y en su lenguaje rústico e inocente nos cuenta las acongojantes miserias del campo chileno y los abusos sexuales que ella sufre. Como telón de fondo, en la misérrima podredumbre de los campesinos en el Chile que vivía las primeras convulsiones de la Reforma Agraria, estalla el golpe militar de 1973.  

Después de Narbona volvimos a la campiña de Occitania y tuvimos la genial idea de visitar una abadía. Cualquiera se da cuenta de la diferencia abismal entre el campo francés, con sus loteos ultra-productivos y sus agricultores profesionales (si bien hoy bastante maltrechos), y la miseria atávica de Chile y sus gañanes. Cualquiera sabe que la causa es la destitución de los campesinos, su falta de tierras, y la injusticia perduró por culpa de la mezquina ideología conservadora de la clase terrateniente, que tardó siglos en entender que sin democratizar los derechos de propiedad no se puede construir un país viable. 

En la abadía, después de unos agradables y tranquilos días en el silencio casi sepulcral de un B&B cercano, tuve otro encuentro con la historia. La guía turística, una muchacha muy simpática con una pasión desbordante por la Historia de su país y de su región, nos relataba cómo vivían en la Edad Media los monjes benedictinos.

El sistema era muy similar a la estructura social chilena. Los monjes eran hijos de los dueños de la tierra y por ello normalmente eran gente letrada, que decidían apartarse de sus familias (sospecho que para ocultar su homosexualidad) para consagrarse a la oración y el trabajo en una vida de claustro. Como gozaban de cierto nivel educacional y debían percibir ingresos, sabían explotar el campo, pero para esto empleaban la mano de obra de los inquilinos sin tierra, a quienes llamaban Hermanos. En la capilla, monjes y Hermanos se sentaban aparte. 

Un momento bastante impresionante que nos relata la muchacha fue cuando la Peste negra arrasó con los residentes de la abadía. De más de 200, llegó a contar con apenas una decena. Las enormes extensiones de tierra de las que los monjes eran propietarios quedaron sin dueño. Junto con el colapso del monasterio caía, asimismo, todo el orden social y económico medieval de Europa.
Lo que la guía no sabe, desde luego, fue que la estructura feudal se exportó a la América latina y allá la aristoracia castellano-vasca replicaría el mismo esquema: unos pocos señores feudales, sustentados por la iglesia de Roma, serían los dueños de la tierra y los patrones de esos fundos y haciendas harían trabajar a los desposeídos para su propio beneficio. Los campos, tal como nos relata la protagonista de Hasta ya no ir, eran improductivos y apenas alcanzaban para alimentar a los campesinos. En Chile, lo que la Peste negra logró en Europa de algún modo lo haría la Reforma agraria.

Esta abadía no obstante sobrevivió incluso la Revolución francesa. Los furiosos revolucionarios exigirían a los monjes que trabajaran la tierra ellos mismos. Clausuraron la capilla. Pero algunas tortuosas negociaciones lograron que unos pocos monjes continuaran la vida monástica.

El epílogo de este monasterio llegaría a comienzos del siglo 20. La implacable Ley Laica de 1905 establecía una nítida separación entre iglesia y el Estado francés. Los monjes decidieron que no se someterían a ninguna autoridad civil y se exiliaron, los pocos que quedaban, en España. El monasterio fue abandonado y sufriría un letargo hasta la Segunda Guerra mundial, cuando fue empleado como albergue. Luego, un grupo de benefactores privados lo adquirió y hoy se conserva como parte del rico patrimonio cultural de Francia.

En Chile recién ya vemos los efectos que surtió la reforma agraria. El campo chileno se ha vuelto productivo, de hecho ya se erradicó el hambre y ahora se exportan alimentos, y las gentes pueden ganarse la vida gracias al fruto de su esfuerzo y viven cada vez menos en relaciones feudales propias de las tinieblas del medioevo. La iglesia católica se cae a pedazos, aunque dilapidamos nuestro patrimonio (que tampoco es mucho). Vaya uno a saber en qué terminará todo esto.

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