lunes, 5 de junio de 2017

Revolución y precariedad


La revolución de Emmanuel Macron debiese tener efectos en Chile

"Usted habla de revolución, pero usted ha trabajado en el Banco Rothschild", le decía un periodista inglés al entonces candidato Emmanuel Macron. El actual presidente contestaba que no era un sans-culotte ni un Robespierre. Lo suyo era una revolución en cosas como por ejemplo el mercado laboral.

Acá debemos examinar qué propuso Macron, cómo implementará y aplicará esas reformas, y preguntémonos qué lecciones sacaremos para Chile.

Lo primero que debemos entender es que la economía francesa es muy diferente hoy de su época dorada, los Treinta Gloriosos, es decir, las décadas de reconstrucción post II Guerra Mundial. La economía y la moral habían colapsado en Francia y en todo el continente europeo. Se necesitó mucha mano de obra y grandes industrias para reactivar el país.

En ese contexto, el desempleo era una desgracia total pero que afectaba sólo a una minoría ínfima. Era impensable dejar a un veterano de guerra, a una viuda de la guerra o a un huérfano de la guerra abandonado a los vaivenes de la economía de mercado. Un Estado de Bienestar era la solución para que estos países no se devorasen en guerras intestinas.

La realidad hoy es muy distinta. La guerra es un recuerdo lejano. Macron, por ejemplo, nació en los primeros años de la hemorragia fiscal, no bajo los recuerdos de los bombardeos, de las cocinas populares o de la Gestapo sacando a los compañeros de curso judíos de la sala. El desempleo ya no es una excepción en las economías de pleno empleo de la post guerra. El desempleo, en la actualidad, no es una desgracia sino una etapa normal en la vida laboral de todos nosotros. Y un fenómeno masivo.

Las generaciones que hoy se unen al mercado laboral, tanto en Chile como en Francia o en cualquier país occidental, nunca recibirán un galardón por cumplir 15 años en su puesto de trabajo. Ni 20 o más años. No se jubilarán después de toda una vida en la misma empresa. Los sindicatos ya deben renunciar a proteger empleos porque las economías modernas destruyen empleos con la misma voracidad y velocidad que crean nuevos trabajos.

La flexibilidad laboral no es un eufemismo para arrojar a la precariedad a los trabajadores, sino que una necesidad vital para cualquier economía innovadora y competitiva.

La lucha contra la précarieté, no obstante, es la clave de la gobernabilidad. Con mercados laborales rígidos ningún país sobrevivirá la nueva era que hoy comienza, que es la automatización, sino se corre el riesgo de caer en la obsolescencia, intensificando el desempleo masivo. 

Por otro lado, en lo político, no ofrecer una red de seguridad social a la fuerza laboral también tendrá efectos nocivos, que es uno de los factores que explica el fenómeno del populismo. La elección de Donald Trump en gran parte se atribuye al temor que siente el electorado ante la economía de la automatización. Cuando todo lo que tienes depende de tu trabajo, y ese trabajo es volátil, inestable o en riesgo de desaparecer, la masa empieza a clamar por un Trump o una Marine Le Pen que ofrecen protección.

¿Cómo mitigar estos resquemores? Se han propuesto soluciones, como por ejemplo el salario universal, que ya hemos discutido.

La clave es disociar el acceso a la red de seguridad social del empleo. Hoy acceden a los beneficios, tanto de cesantía como de formación, aquellos que ya están empleados. La seguridad social se dedica a volver a los cesantes cada vez más obsoletos. Esto debe cambiar. Esperamos que Emmanuel Macron lo logre.

Las medidas anunciadas son sensatas. Por ejemplo, extender los beneficios sociales a quienes renuncian a sus trabajos, y no sólo a quienes ven su trabajo desaparecer. La idea es fomentar la especialización y la innovación. La educación y las universidades deberán cooperar con las empresas. El Estado debe reducir su tamaño para así consecuentemente reducir los impuestos necesarios para mantenerlo.

En Chile la situación es similar a la francesa en la actualidad. Aunque nunca pasamos por la etapa de la post guerra, también sufrimos la precariedad. En realidad, desde siempre hemos tenido un mercado laboral precario e informal. Los tontos que hicieron depender las jubilaciones de las cotizaciones hoy ven cómo el sistema de aseguradoras privadas y cotización individual está a punto de derrumbarse, lo que se supo desde siempre pero nadie hizo nada.

Hacer depender la seguridad social y la capacitación de las cotizaciones está creando un problema gigantesco en un mundo donde cada vez las empresas pequeñas y medianas irán empleando más gente, y donde el mercado laboral estará cada vez más uberizado.

En Chile hemos llegado a la tragedia de escuchar propuestas para industrializar el país, cuando la clave hoy es automatizar y desindustrializar. Los pasos de la asonada populista se sienten cada vez más cercanos.

La única solución es crear una combinación de fondos públicos y privados al que puedan acceder todos los ciudadanos para guarecerse y sentirse protegidos. Una red de seguridad es imprescindible como pieza esencial en una economía de mercado productiva.

En Chile si nadie se hace cargo de la precariedad laboral, y no sólo la precariedad real sino además la percepción y sensación de precariedad, esteramos entregando el poder al neo-chavismo kirchnerista y peronista, que revive los errores cepalinos y socialistas de antaño. Es altamente peligroso predicar que el pleno empleo de por sí es la solución y todo lo demás viene por añadidura. Necesitamos a un Emmanuel Macron en Chile pero lamentablemente no lo tenemos.

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