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sábado, 8 de septiembre de 2012

Mentiroso mentiroso


Nadie te cree, payaso



El gobierno de Chile ha manipulado las cifras de la pobreza, y debe asumir las graves consecuencias de su irresponsabilidad 

Cuando Granma, el periódico oficial de la dictadura cubana, fustigó al gobierno de Chile, el vocero Andrés Chadwick ironizó diciendo que "es un honor" ser el blanco de un medio como aquel. Sin duda, un honor. Lamentablemente para el gobierno, no es ningún honor que el prestigiso Financial Times compare al gobierno con las "malas prácticas" —como diría Andrés Velasco— , de la cleptocracia de los Kirchner, en Argentina. Piñera no pudo sino minimizar el incidente, descalificando al FT como un medio "sesgado".

Primero, entendamos el gravitas de este periódico. Las pink pages son omnipresentes. Lo típico, cuando abordas un British Airways, en la cabina tienen las páginas rosa. Llegas al London City Airport, en las tiendas está a la venta las páginas rosa. En el hotel, junto al buffet para el desayuno, tienen una rumba de ejemplares del Financial Times. Llegas a la City a visitar a tus clientes, y mientras esperas en recepción, ¿qué tienen para leer? ¡El Financial Times! Su prestigio e influencia los ha logrado gracias a su excelencia e independencia —desconocidos en la prensa chilena— además de su honestidad en defender la democracia liberal y la economía de mercado, siendo ambas el pilar de nuestra civilización. Un medio escrito serio no puede hacer otra cosa sino defender estos principios, además de informar y formar a sus lectores.

Como tristemente sabemos, el gobierno anunció con boato que la pobreza se había reducido, rompiendo la inercia que arrastraría desde el gobierno anterior, bajo la conducción económica de Andrés Velasco. En Tolerancia Cero, el ministro Lavín se defendió torpemente ante los cuestionamientos de que, primero, la  caída se encuentra dentro del margen de error, y segundo, no han podido aclarar satisfactoriamente la razón de los cambios metodológicos ni la mensualización de un bono que distorsiona los resultados, situaciones denunciadas por un reportaje de Ciper, un centro de estudios. Las diapasón aumentó hasta volverse insoportable.

Once is a happenstance...
Esta ya es la tercera vez que el gobierno de Piñera procura malograr el principal recurso natural de Chile: su credibilidad. El fiasco de AngloAmerican, recién rectificado, fue la primera torpeza, incomprensible en un gobierno que pretenda ser business-friendly. El segundo, los serios cuestionamientos al supuesto fin de las listas de espera en la atención del sistema de salud pública.

Ahora, el incidente de la encuesta CASEN, añade un factor más, la mauvaise foi. Porque el gobierno ha mentido descaradamente, no una vez festejando lo que no es, ni dos veces, manipulando las preguntas, ni tres, descalificando las críticas. Sino que cuatro, al no asumir sus errores. Esta maquinación propagandística à la Kirchner exige, como mínimo, la renuncia de Joaquín Lavín, ministro de Desarrollo Social (un ministerio inherentemente absurdo, pero capaz de causar gran daño). Un pez gordo debe caer, luego que rodaran cabezas de los encargados técnicos tanto de gobierno como de la Cepal.

El FT citó al ex ministro y actual precanditado presidencial Andrés Velasco, quien ha aprovechado esta oportunidad para reafirmar sus pergaminos de presidenciable. Su explicación además es atinente, ya que en su calidad de ex ministro tiene mucho que decir sobre las novedades técnicas empleadas en este gobierno. 

Cabe destacar que en Chile Liberal hemos sostenido que la pobreza en Chile no va a disminuir. Después de 20 años de ayudas sociales, bonos, educación municipal, y todo tipo de dádivas, la pobreza ha sido erradicada, al menos dentro de las posibilidades de un gobierno. Ahora nos enfrentamos a una pobreza dura, que no responde a los criterios conocidos. Se podrá duplicar o triplicar el presupuesto para planes sociales, pero con suerte la pobreza se disminuirá apenas unas pocas décimas, a lo cual se aplica el fenómeno ricardiano de los rendimientos decrecientes. Se requiere otro enfoque, ahora que los gobiernos ya ha hecho lo que han podido.

En lo inmediato, estamos en presencia de un acto inexcusable de este gobierno, que ha dañado la reputación del país, y ha mermado la fe pública en las instituciones técnicas. Y más aún, hipócritamente, continúan la mala fe de negar lo que todos hemos visto. La renuncia de Lavín sería un acto tan expiatorio como improbable porque Piñera elegirá sabotear sus extraordinarios logros hundiéndose en mal entendidas lealtades personales. Lo único que lo mantiene a flote es que la oposición continúa desarticulada, añorando el regreso de la ex presidenta, en vez de reforzar a Velasco en su labor opositora.

martes, 10 de enero de 2012

Presidente, ¡en qué idioma quiere que se lo digan!

A continuación la columna del Financial Times que recomienda a Piñera dedicar lo que queda de mandato a las reformas electorales. No lo dice la prensa del marxismo internacional ni de la conspiración judeo-masónica, ni los tabloides de la prensa amarilla ni los diarios que se creen de calidad pero no son lo son (tipo The Guardian), ¡lo dice el Financial Times por la cresta! Presidente, en serio, ¿qué espera que no elimina el sistema binominal?
Nota del FT: 
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http://www.ft.com/cms/s/0/9ee4a9ec-3875-11e1-9f07-00144feabdc0.html#ixzz1j5uArK4N

Igual tuve que cortar y pegar, para que sea legible. Aclaro que los derechos son del FT y no pretendo mensocabar a este venerable diario (lejos, por masacre, el mejor del mundo) sino que difundir esta importante columna editorial.

No play on words
In its inception, the word change in the history curriculum for Chilean schools – from military “dictatorship” to “régime” for the period of general Augusto Pinochet’s violent rule – was part provocation, part slip-up. In its effect, it reflects that while Chile is an economic athlete, it remains a political cripple. So does its government.

Whoever in the education ministry had the bright idea of sanitising language to describe one of the more murderous governments of an era stiff with competition in political violence, it did not come sanctioned from the highest echelons of governments. The hapless minister for education, the technocrat Harald Beyer, is only a week into his job. And Sebastián Piñera, the businessman-turned-president, is an economic liberal who is unexcited by ideology. That is why his election two years ago brought an opportunity to mend the rift that still splits Chile after nearly 25 years of democracy and why his failure to do so is so disappointing.

Polarisation into left and right has persisted through truth commissions and high and steady economic growth; indeed it has grown more acute under Mr Piñera. Student protests recur annually in Chile, but last year’s were bigger in scale and harsher in tone than anything seen in a long time. The immediate cause is legitimate frustration with a heavily private education system that costs much and yields too little quality. But having a right-wing government in power has also whetted protesters’ appetite for confrontation, while that government’s tin-eared response to demands backed by a large majority has hardened fronts further.

In such an environment, a word change that can only be seen as an attempt to rehabilitate Pinochet throws fuel on the fire. It also exposes Mr Piñera. Not only has he let his lack of ideology become a political blind spot instead of turning it into a political resource. Even on plain managerial grounds, the president looks ever less in control of his own government.

To be fair, Mr Piñera was always hostage to the Independent Democrat Union, the irreconcilably conservative party that is the biggest in his coalition and muscles its way to more influence the lower the president’s approval rate falls.

But the greatest obstacle to political renewal in Chile are the institutions beaqueathed by the dictatorship, which congeal any serious reform effort in permanent deadlock. Mr Piñera has two years left of his non-renewable mandate: he should devote it to electoral reform. His country needs a statesman, not a lame duck manager.