Debe ser tolerado mientras no haya "discurso de odio" o negación de las atrocidades
Un grupo de los más exaltados recalcitrantes apologetas de Augusto Pinochet, ex mandamás de Chile entre 1973 y 1990, planea un aquelarre en que se declamarán todo tipo de loas y ditirambos en honor al más grande sátrapa, nepotista y cleptómano que la historia de Chile ha conocido, quien no sólo usurpó la presidencia del país sino además se enquistó en la comandancia en Jefe de nuestro Ejército, y, también, el Senado.
La paradoja que se nos plantea a los liberales es ya conocida, y la abordó hace tiempo Sir Karl Popper, un filósofo y catedrático de la London School of Economics, en su obra La sociedad abierta y sus enemigos:
"La tolerancia ilimitada conlleva a la desaparición de la tolerancia. (...) si no estamos preparados para defender a la sociedad tolerante contra los ataques de los intolerantes, el tolerante será destruído, y la tolerancia desaparecerá con ellos."
Bajo su régimen, Pinochet impuso la censura. Exilió a sus críticos. Uno de los grandes baluartes de occidente, el habeas corpus, fue completamente obliterado ya que miles de chilenos fueron juzgados en tribunales de guerra sin derecho a defensa y sin ser miembros de un ejército; se decretó pena de muerte sin que jamás los cuerpos fuesen entregados. Muchas de éstas fueron meras ejecuciones... por la espalda. Otros muchos profesionales fueron relegados, otros detenidos arbitrariamente.
Al final de su mandato, Pinochet acabó con más de 20 millones de dólares a pesar que sólo recibía remuneración por ser Comandante en Jefe del Ejército y "presidente" del país.
Sin olvidar que Pinochet jamás fue presidente del país. Sólo es presidente de la república el que es nominado como tal por el electorado, en comicios donde al menos hay un otro contendor. Jamás nadie votó por Pinochet. El ex dictador fue el mero mandamás de Chile, el Hombre Fuerte, etc, pero no "presidente".
¿Es posible homenajear a tal inícuo personaje? Al parecer sí. Mentes enfermas pretenden exaltar su figura. ¿Debe impedirse semejante acto? La respuesta es no. Debe tolerarse. Lo que, claro, no es fácil.
Si somos realmente liberales, tendremos que tragar saliva y contar hasta tres, pero sería apostasía el que nosotros mismos llamásemos a prohibir un acto, aunque sea de esta bajísma estofa.
Y es que no es fácil ser liberal. La gracia de defender la libertad de expresión ("freedom of speech") es que el resto diga lo que se le plazca. Alguien podrá decir, como Morrissey, que somos unos salvajes por comer carne, y nos aseguraremos de que cada cual tenga garantizada su libertad de manifestar una opinión. Pero no podemos acallar al otro.
Hay una salvedad, como lo explica Popper, y ésta es la médula del asunto. Si queremos mantener una sociedad abierta y tolerante, no podemos censurar aquello que no nos guste, pero para preservar las libertades políticas y civiles que hemos recuperado éstos últimos 20 años, debemos defendernos de los elementos odiosos que pretenden justamente mermar y destruir los valores liberales. De otro modo, terminarán por destruirnos.
No podemos amordazar a priori a los pinochetistas. No obstante, si en este aquelarre se profiere "hate speech" ("discurso de odio"), por ejemplo burlándose de las atrocidades ordenadas por Pinochet, o incluso llegan a negarse, o se hace un llamado a restablecer la dictadura, o se insulta a los políticos elegidos que han defendido la democracia, o se acosa a los actuales oficiales del ejército republicano y democrático que sólo quieren cumplir su labor y olvidar el daño que causó Pinochet a nuestras instituciones fundacionales, entonces corresponde legítimamente arrestar a quienes propugnen intolerancia de esta especie.
Dicho de otro modo, la libertad de expresión se acaba cuando se llama al odio, a causar daño, o a zaherir gratuitamente los sentimientos de otros.
En muchas ocasiones, baste el oprobio público para castigar actitudes intolerantes. Pero dependiendo del nivel de odiosidad, bien hace la sociedad abierta en defenderse, siempre cuando exista un poder judicial independiente, una prensa libre y una clase dirigente elegida de entre miembros de la comunidad. Sin olvidar que también otros tienen libertad de ir a manifestarse en contra de este acto, organizando una "funa".
Y una reflexión final. En 1988, ciertamente Pinochet obtuvo un 43% de votos en el Plebiscito que, paradojalmente, planeó él dictador para darse un viso de legitimidad. Perdió gracias a que se impuso la cordura, y por nuestro historial democrático. El Acuerdo Nacional había pavimentado el camino para que el país marchase a la democracia. Legítimamente, muchos tuvieron miedo al cambio, o no se daban cuenta de qué realmente ocurría, y votaron Sí. Pero eso fue en 1988.
Es francamente incomprensible para Chile Liberal que hoy, año 2012, después de haber visto las pruebas irrefuitables de lo matonesco que fue Pinochet, Contreras, Krasnoff y muchos otros, ahora que vivimos en democracia, libertad y prosperidad insistan en defender a Pinochet, nos hace creer que algunos sólo buscan desatar su locura. Actuar en su contra los convertiría en mártires. Es tan demente homenajear a Pinochet que en realidad es mejor dejar que el oprobio público y el escarnio hagan su trabajo. Los apologetas de Pinochet no nos pueden dar rabia, sino una mezcla de risa, y lástima.

