Reflexiones de Chile Liberal sobre el juramento como senador del odioso Carlos Larraín
Nadie puede disputar que la democracia chilena ha caído bajo luego que el Soviet Supremo de RN designase como senador al señor Carlos Larraín, miembro conspicuo de la secta Opus Dei, sin que mediase un sólo voto del electorado. A pesar que se resistió como "gato de espalda" (sí huevón, estoy que te creo), él ha jurado como senador y se ha sentado en un escaño de nuestro Congreso, aparte de sentarse en la democracia.
Este sujeto es un misógino. Recordemos cuando dijo "las mujeres son muy débiles, como lo sabemos los hombres", a propósito de una absurda controversia suscitada entre la ex presidenta Bachelet y un humorista chileno. La misoginia de "Cara de Tortuga" Larraín por supuesto que viene de sus convicciones cristianas, ya que él sigue al pie de la letra la epístola de Pablo a Timoteo quien eructó: "Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio" (1 Timoteo 2:12).
Aparte de su peculiar visión sobre la mujer, el flamante senador ha comparado la homosexualidad con la zoofilia: "(...) en esto de las relaciones sexuales, por lo que he oído, hay una tremenda variedad. Entiendo que también hay personas que les gusta tener relaciones con animales, hay literatura sobre eso, la zoofilia. Yo no creo que las políticas públicas de un país tengan que ser en función de opciones sexuales diversas". Ahora que Larraín es senador, cabe preguntarnos si acaso la zoofilia es aceptable.
Digamos que si una persona sostiene relaciones sexuales con un animal, por ejemplo un hombre con una gorila, si ésta útlima al menos pareciese demostrar que está disfrutano, ¿podríamos castigar este comportamiento? Difícilmente. El filósofo australiano Peter Singer ya ha elaborado al respecto en su célebre ensayo "Heavy petting", donde establece que la zoosexualidad es ética siempre y cuando no incurra en crueldad hacia el animal. Éstas además son relativamente comunes. Por ejemplo, hace poco una mujer mantenía relaciones con un pingüino, o hemos sabido de mujer con simio, u otras como una mujer con un auquénido indeterminado (probablemente un guanaco), y en Chile el país ha sabido de una mujer con guarisapo, y así como hemos sido espectadores de un hombre seducido por un hipopótamo.
Alguno se preguntará entonces cuál es el límite, ¿podemos llegar a aceptar la necrofilia (el mantener relaciones sexuales con muertos)? Digamos que éstos también son actos harto más comunes de lo que pudiese parecer a primera vista. Los maridos de Jacqueline Rysselberghe o Ximena Ossandón son sujetos que copulan con momias, lo que per se constituye un acto de necrofilia.
Por cierto, desconozco la postura de Peter Singer u otro pensador contemporáneo al respecto, y si bien no llegaría al extremo de elogiar la necrofilia, si me preguntan, sólo diré que la muerte física no puede ser una barrera para el amor.
