lunes, 24 de marzo de 2008

III Congreso de la RELIAL

Estimados amigos,

Con motivo del próximo Congreso Liberal que se efectuará en Rosario, Argentina, me permito difundir la presente columna de opinión de un gran amigo de este blog, el profesor peruano Eugenio D'Medina Lora, que pueden visitar en su blog Referente Libertad y en su thinktank CEPPER. Invito a conocer sus opiniones y a leer su opinión:



Conjeturas y reflexiones en torno al III Congreso de la RELIAL

Por Eugenio D'Medina Lora

Lima, 23 de marzo de 2008

http://referentelibertad.blogspot.com


Un encuentro tan estimulante como el del Rosario, Argentina, con ocasión del III Congreso de la Red Liberal de América Latina (RELIAL), no es moneda corriente que se pueda desperdiciar. Plantea desafíos muy grandes: construir institución a partir de la diversidad de visiones institucionales y de países, concretar en acción los postulados ideológicos y los idearios institucionales de los miembros y elaborar un mensaje de alta convocatoria hacia nuestras sociedades y que pueda ser el telón de fondo sobre el cual desplegar los dos desafíos anteriores.

La construcción de una institución corporativa es inherente a la acción concreta de sus miembros, lo que genera una simbiosis que compromete a “hacer” antes que “decir”. Sin acción de las instituciones individuales, será imposible sostener la institucionalidad de RELIAL, al menos si se pretende que se proyecte a una entidad cuya opinión se convierta en referente en Latinoamérica.

Dista mucho mi intención de plantear una agenda, ni siquiera un marco para la discusión de la RELIAL. El solo hecho de plantearlo, además de arrogante, sería inútil por la variedad de talentos y visiones de los integrantes de la organización. Apenas alcanza para delinear conjeturas a modo de reflexiones, por donde, en algunos casos, quizá se puedan construir algunas sinergias institucionales que nos permitan avanzar en cada uno de nuestros países, a través de pasos concretos con los que logremos trascender desde la fina teoría hacia la práctica política.

¿Es esa práctica política, inherente a la construcción de partidos liberales en América Latina? Estoy entre los que piensan que sí. El liberalismo sólo se construye con marca de clase. Insertarlo en otros programas ideológicos es útil para las políticas públicas en el corto plazo, pero resulta poco valioso para el sostenimiento de la doctrina en el largo plazo, que a su vez, da coherencia a las políticas públicas de largo plazo. Un sostenimiento que se constituya en dique de contención de las arremetidas de la marea colectivista que cada tanto golpea las playas del desarrollo sostenido en América Latina y que en la actualidad, se perfila como un ataque estructurado desde el socialismo hegemónico en el continente, en todas sus variantes y matices. Socialismo que llega incluso a la abierta y oficial apología de grupos terroristas y que las variantes presuntamente menos radicales, muchas veces consideradas “moderadas” o “responsables”, no condenan ni deslindan con claridad y energía.

Ese sustento doctrinal de largo plazo necesario para contener este avance del socialismo latinoamericano, requiere de una acción política también sostenida y debidamente posicionada en el espectro político de nuestros países, a través de los partidos políticos. El hecho de que algunos gobiernos socialistas de la región hayan cosechado ciertos éxitos debido a elementos de liberalismo económico que insertaron en sus políticas públicas – i.e. Chile, Argentina, Perú - , en algún momento pudo haber sido suficiente para avanzar hacia reformas necesarias para torcer la ruta del descalabro. Sin embargo, en presencia de la reciente sumatoria de elementos como el chavismo combinado con el terrorismo y el neo-armamentismo promovido en la región desde el autodenominado “socialismo del siglo XXI” - que en realidad es el socialismo de siempre - vuelve insuficiente la receta de un liberalismo que se derrame y se infiltre en las políticas de gobiernos de izquierdas y derechas. Se hace indispensable pasar a la acción política con membrete propio.

Ahora bien, situar la acción política en el terreno de los partidos, en un sistema democrático implica aceptar que: i) los partidos son organizaciones cuyo fin fundamental es alcanzar el poder y ejercer funciones de gobierno, para lo cual, en sistemas democráticos, implica ganar elecciones; y ii) el mensaje y la doctrina deben diseñarse para convocar la mayor cantidad posible de electores “duros” que sustenten votaciones ganadoras. Lo segundo se hace imprescindible para lo primero y lo primero se vuelve vital para la existencia de un partido político como tal. De esta manera, especial cuidado merece la pena la construcción del mensaje.

Esa construcción, para ser real y consistente, tiene que estar basada en la consolidación de principios que aglutinen un mensaje uniforme, coherente y realista, pero también en un convencimiento profundo de que la crisis política dirigente en que ha devenido América Latina, con un elemento particularmente peligroso como el “social-imperialismo de estado” que encarna nítidamente Hugo Chávez y sus allegados ideológicos, en otros gobiernos latinoamericanos, hace imprescindible actuar de manera decidida y participativa en el campo de la política activa, sin excluir la posibilidad de encontrar acuerdos programáticos con quienes sin profesar la doctrina, comparten un anhelo genuino de construir sociedades donde existan oportunidades de desarrollo individual y social y en el que los latinoamericanos no seamos extranjeros en nuestros propios países.

La práctica política, a diferencia de la ciencia política, necesariamente implica, en consecuencia, capacidad de tender puentes estratégicos a los que no se puede cerrar ningún proyecto viable de partido liberal que tenga verdadera opción de ganar una elección. Sin embargo, esos canales deben ser administrados tan pulcramente como sea posible, sin abandonar banderas fundamentales que alteren la naturaleza liberal de una propuesta. En este sentido, entregarle al socialismo latinoamericano la autocrítica por las reformas de los noventa, que en el caso de países como México y Perú, fueron tan decisivas, es una abdicación, antes que una concesión estratégica, puesto que dichas reformas cambiaron el rumbo de tales economías y permitieron que los gobiernos de esta década partieran de economías más consolidadas para poder exhibir hoy algunos éxitos que de otro modo, si se hubiera continuado gobernando como en los ochenta, hubiera sido imposible.

Más allá de los despropósitos de la corrupción de algunos funcionarios particulares, que se generó por la desnaturalización, en casos puntuales, de los procesos de privatización y concesiones, y que merecen el peso de la ley sobre la base de procesos justos y no políticos, lo cierto es que estas reformas, y otras, fueron provechosas para las economías de América Latina y son de factura liberal. Los noventa representan, para todas las versiones del socialismo latinoamericano, un golpe del que recién se vienen recuperando en la presente década, pero también un icono contra el cual enfilan sus baterías en todos los frentes – de la economía, de la política e inclusive de los derechos humanos – sencillamente porque en dicha década se marcó un quiebre en varios países que implicó también, entre otros efectos, la ruptura de las izquierdas latinoamericanas, incluidos sus hoy nítidamente aliados grupos terroristas marxistas-leninistas que azotaron países como el Perú. Por este motivo, mi posición es no hacerle el juego a las izquierdas sólo para “limpiarnos” de los activos y pasivos políticos que significaron los noventa.

Caso distinto es el de pretender aligerar la tradicional y fundamental distinción liberal, entre el manejo de los asuntos públicos y los asuntos religiosos. El afán por promover el ideario liberal no puede llevarnos, según mi opinión, a mezclar el discurso liberal con los temas de fe. Una de las conquistas fundamentales de la doctrina fue la separación del estado con las iglesias, por lo cual, el no-clericalismo – antes que el anti-clericalismo – es consecuentemente, una marca de clase de la doctrina. Es altamente peligroso tomar esta clase de atajos, pues la confusión de lo político con lo confesional es algo, sencillamente, reñido con el alma liberal. Pienso que debemos mantenernos críticos de los políticos que, aprovechando su posicionamiento en cuestiones de fe, en cualquier expresión religiosa, pretendan extrapolarlo a los asuntos públicos con evidentes intenciones de manipulación de las masas. Los liberales tenemos que ser leales y consistentes a nuestra esencia, como defensores de una doctrina que acepte todo tipo de adeptos a un ideario político que acepte por igual a todos los creyentes de cualquier credo, sin pronunciarse sobre ellos ni caer en el juego de la polémica con cualquier iglesia o agrupación religiosa.

Para avanzar en la construcción del mensaje apropiado de cualquier movimiento o partido liberal en América Latina, es conveniente empezar planteando la pregunta fundamental que, según mi parecer, debiera ser eje de la reunión de Rosario. La pregunta es: ¿por qué ha sido tan vulnerable el liberalismo en América Latina y cómo podemos fortalecerlo a corto y mediano plazo? Sería un gran avance que la respuesta a esta pregunta, y todo lo que se acuerde en torno a ella que se vincule a la acción institucional, pueda concretarse en una Declaración de Rosario que consigne una renovada visión del liberalismo latinoamericano, de acuerdo a las amenazas actuales y que involucre compromisos reales de las instituciones miembros.

Ensayando explicaciones, se me ocurren cuatro: la construcción del mensaje equivocado, la inexistente estrategia de comunicación, la incapacidad de establecer una suerte de simbiosis entre los hechos empíricos de nuestras realidades y la doctrina liberal y, finalmente, la incapacidad de trabajar en equipo entre los propios liberales y construir plataformas programáticas.

La constitución del mensaje liberal ha tendido a ser ahuyentador en vez de atrayente. Exclusivo, no inclusivo. El entusiasmo o la desesperación por acelerar cambios y establecer distinciones doctrinarias, ha llevado a trazar líneas divisorias radicales en el discurso que han terminado, unas veces, por desanimar afiliaciones y desincentivar intentos de conformación de alternativas liberales, y muchas otras veces, por minar el alma misma de la ideología liberal acercando los contenidos ideológicos hacia utópicas visiones anarquistas que no resisten contrapesos con la realidad de la práctica política.

En esta línea, se debe ser prudente y serio en la elaboración de propuestas que den contenido a este mensaje. Vemos como ejemplo de la inmadurez y la improvisación, el caso reciente de Rafael Correa, que estuvo a punto de desatar una guerra en el continente, para ganarse los parabienes de su “hermano mayor ideológico”, dejándose manipular por su icono del Orinoco. O el caso del Alan García de los ochenta que desató el descalabro peruano por sus apresuramientos extremistas inspirados en el viejo velasquismo que hoy, otro aspirante a púber político, Ollanta Humala, pretende revivir en el Perú cuarenta años después.

Para marcar la diferencia, los liberales debemos ser impetuosos y decididos, pero a la vez, serenos y creíbles. No por ir a los extremos vamos siempre a ganar presencia. Hay que tener la capacidad y el talento de elegir los frentes de batalla en que no queremos ceder, de cara no a una arrogancia intelectual sino con miras a una estrategia política. En esa línea, hay que salir del facilismo de las soluciones utópicas, que sólo nos abre nuevas vulnerabilidades y no permiten que nos tomen en serio en el debate público.

Un elemento claramente recurrente que ilustra este punto es la proclama generalizada de la reducción del estado, cuando lo que se busca en realidad es el gobierno limitado. Limitado a acciones de gobierno, desde luego. Pero entrar al terreno de propugnar drásticas reducciones impositivas, reducciones a cinco ministerios o la abolición de los sistemas de seguridad social, cuando no se analiza la situación de cada país y los grados de libertad de la política pública en cada uno de ellos, es sencillamente ir por el camino del facilismo. Y lo que es peor, de la utopía.

No es posible comparar, por ejemplo, realidades como la de Costa Rica y Perú. Mientras Costa Rica es un país con un proceso de consolidación que partió de una cultura del trabajo generalizado donde no había grandes distancias entre diversas clases sociales, Perú atravesó un proceso de mestizaje violento y jerarquizado desde el inicio de la colonización española, que produjo una sociedad culturalmente fragmentada. Asimismo, mientras Costa Rica tiene poco más de medio millón de pobres, la mayoría incluso constituida por la población inmigrante nicaragüense, Perú posee quince millones de pobres y seis de ellos en situación de extrema pobreza. Es decir, en Perú existe toda la población costarricense, y una mitad adicional, sólo de pobres extremos, diseminados en un territorio donde no llega el estado ni la ley ni los valores occidentales en general.

En escenarios como el descrito, planteo abiertamente que si un gobierno liberal “químicamente puro” – si esto existiera – llegara al poder, no reduciría drásticamente los impuestos ni el total del gasto público, simplemente porque no podría. Lo que sí es factible es que redistribuya ese gasto, financiado con la recaudación tributaria, y lo haga más eficiente. En otras palabras, no propongamos lo in-factible porque nos quita credibilidad como alternativas de gobierno. En vez de ello, enfoquémonos en el campo de las políticas públicas, antes que en el de la teoría política utópica.

En consecuencia, pienso que hay que abandonar el anquilosado lugar común de la simple reducción del estado y transformarlo en la idea de construcción de un aparato estatal liberal, que sea del tamaño apropiado a las necesidades de cada país, pero que fundamentalmente sea eficiente y eficaz, no corrupto y no entorpecedor, capaz de establecer alianzas con el capital privado para implementar grandes proyectos, facilitar condiciones de desarrollo de competitividades y construir espacios de tolerancia pacífica entre diversas expresiones culturales – dentro de las cuales incluyo a las expresiones religiosas – , étnicas – porque el racismo es un anacronismo incivilizado que debemos combatir desde la esencia liberal - y de vivencias diversas – lo cual implica la no discriminación por modos de vida particulares. Todo lo cual, enmarcado en un respeto a un sistema legal que establezca reglas de juego claras, simples, sostenidas e invulnerables a los cabildeos y tráficos de influencias.

Ante este hecho, no hay que horrorizarse ni sorprenderse. Baste la observación empírica de que no existe nación ni país sin estado. De lo que se trata es que se promueva toda la libertad económica como sea posible y de contar con un estado hasta donde sea estrictamente necesario. Debe marcarse entonces sí con claridad, la línea divisoria muy clara entre liberalismo y anarquismo, que es el caldo de cultivo de los totalitarismos de extrema izquierda y extrema derecha.

Ha fracasado, por otro lado, la estrategia de comunicación con el ciudadano – si es que hubo alguna – porque no se aprovecha en el discurso político, las conquistas ideológicas que se han logrado en el terreno económico y político. Nada de esto se ha capitalizado, porque cuando los socialistas de siempre pretenden comportarse como liberales, nosotros, en vez de ponerlos en evidencia, los aplaudimos por la “conversión” o nos auto-relegamos hacia posiciones radicales pretendiendo mantener una identidad, cayendo en la trampa de no afirmar los principios liberales y dejarnos “acomplejar” por la prédica socialista comunitarista. Se ha aceptado así, como práctica tolerable, quedarnos en las catacumbas camuflando nuestra identidad como liberales y sin capacidad de articular la respuesta política adecuada de cara a una propuesta concreta, realista y viable en el contexto de cada uno de nuestros países.


El trabajo de los socialistas en áreas como los derechos humanos y el medio ambiente, convirtiéndolos en dos de sus vetas de desarrollo más activas, ante el fracaso histórico de sus tesis en contra de la economía de mercado, ilustra muy bien este punto. Increíble si tenemos en cuenta que en los países donde mayores violaciones a los derechos humanos se han hecho – y se siguen haciendo – son precisamente aquellos de regímenes comunistas. Y por cierto, los mayores atentados contra la ecología se dan en aquellos países donde los estados totalitarios hacen posible la emergencia de monstruos capaces de mega-destrucciones medioambientales, precisamente debido a la ausencia de libertad de información.


Hemos dejado vacíos estos segmentos de desarrollo ideológico, haciéndole un harakiri a la doctrina puesto que para ninguna corriente de pensamiento, el bienestar humano ha tenido tanta preponderancia como para el liberalismo. Se ha hecho descansar al liberalismo sólo en el concepto del libre mercado y se han desprotegido otros terrenos. Se cayó en la trampa de anteponer a las utopías marxistas, las utopías de los mercados puros y perfectos y del laissez faire, o los purismos pretendidos de los que se dicen seguidores2 de los austrians, con el resultado de dividir en vez de sumar.

El gran Friedrich Hayek advirtió estos peligros. Al respecto, dijo3:

“No hay nada en los principios básicos de liberalismo que hagan de éste un credo estacionario; no hay reglas absolutas establecidas de una vez para siempre. El principio fundamental, según el cual en la ordenación de nuestros asuntos debemos hacer todo el uso posible de las fuerzas espontáneas de la sociedad y recurrir lo menos que se pueda a la coerción, permite una infinita variedad de aplicaciones. En particular, hay una diferencia completa entre crear deliberadamente un sistema dentro del cual la competencia opere de la manera más beneficiosa posible y aceptar pasivamente las instituciones tal como son. Probablemente, nada ha hecho tanto daño a la causa liberal como la rígida insistencia de algunos liberales en ciertas toscas reglas rutinarias, sobre todo en el principio del laissez-faire. Y sin embargo, en cierto sentido era necesario e inevitable.”

Y añade el propio Hayek, para que no queden dudas, lo siguiente4:

“Crear las condiciones en que la competencia actuará con toda la eficacia posible, complementarla allí donde no pueda ser eficaz, suministrar los servicios que, según las palabras de Adam Smith,´ aunque puedan ser ventajosos en el más alto grado para una gran sociedad, son, sin embargo, de tal naturaleza que el beneficio nunca podría compensar el gasto a un individuo o un pequeño número de ellos´, son tareas que ofrecen un amplio e indiscutible ámbito para la actividad del estado. En ningún sistema que pueda ser descrito racionalmente el estado carecerá de todo quehacer. Un eficaz sistema de competencia necesita, tanto como cualquier otro, una estructura legal inteligentemente trazada y ajustada continuamente. Sólo el requisito más esencial para su buen funcionamiento, la prevención del fraude y el abuso (incluida en éste la explotación de la ignorancia), proporciona un gran objetivo - nunca, sin embargo, plenamente realizado - para la actividad legisladora.”


En consecuencia, no hay razón para relegar espacios ideológicos que nos pertenecen históricamente. En vez de ello, debería retomarse los terrenos perdidos y tener la audacia de penetrar decididamente en ellos. Por ejemplo, los temas de derechos humanos y el cuidado medioambiental no pueden ser ajenos al liberalismo, pues tuvieron tanta importancia en el desarrollo de las ideas liberales del siglo XX, que la Internacional Liberal explícitamente las destacó en las Declaraciones de Ottawa de 1987 y Helsinki de 1990. Vale la pena incorporar estos principios adecuándolos al ideario de la propuesta a construir en América Latina del siglo XXI y, según mi opinión, debe inspirar la acción de la RELIAL.


Además es importante recobrar para el liberalismo muchos otros temas. Uno de ellos es el de la descentralización. Si algo está sintonizado con el liberalismo es el límite a los gobiernos y los que más poder acumulan son, precisamente, los gobiernos centralistas. La descentralización tiene que ser distribución de ese poder entre los miembros de la sociedad representados en instancias subnacionales – sean estatales o privadas - sobre bases territoriales. Un ejemplo de esto es la lucha de resistencia del pueblo cruceño ante la prepotencia del gobierno boliviano que encabeza Evo Morales.

También ha habido una incapacidad para relacionar hechos reales con la doctrina. En todos nuestros países han aparecido experiencias que pueden ilustrar el avance del liberalismo en la experiencia real del ciudadano. En Perú tenemos la experiencia de lo que ha sucedido en las áreas marginales de la ciudad de Lima, muy particularmente en lo que respecta a la zona norte, que ha experimentado un crecimiento sin precedentes fruto de la pujanza empresarial de dos generaciones de inmigrantes. Y hay otras experiencias en el resto de Latinoamérica. En vez de buscar en la lejana Europa la invocación a estas experiencias, nos está faltando ejemplificar el avance de la doctrina con las experiencias locales. El liberalismo no debe convertirse en una lista de citas bibliográficas. En vez de ello, el liberalismo como políticas públicas debe partir de un catastro de buenas prácticas para exhibirlas a nuestros ciudadanos como prueba de su capacidad para generar desarrollo.

Pero la defensa del liberalismo y la comprobación de que en el subconsciente colectivo hay un germen creciente de ese ímpetu por hacer prevalecer derechos individuales, diversidad de modos de vida y economía de mercado, no es lo mismo ni implica necesariamente, la construcción política de una verdadera opción liberal. Esta solamente puede lograrse mediante una docencia ciudadana que abarque tanto un frente académico como el frente de la política activa. Y es aquí donde la desidia, por un lado, y el facilismo de pretender consolidar un discurso “químicamente puro”, por el otro, conspiran contra esta construcción.

Nos ha distraído la actitud de fomentar las divisiones y no consolidar las coincidencias. Dividir a los liberales entre “auténticos” y “no auténticos” es un ejercicio bizantino, arrogante y torpe. Nos hemos vuelto desconfiados entre nosotros, arrogantes y soberbios. Habremos crecido en capital humano, pero no hemos construido capital social dentro de las comunidades liberales de nuestros países. Parafraseando al Presidente colombiano Alvaro Uribe, hemos dejado que se nos aplique el cinismo socialista para extremar nuestras posiciones y generar divisionismo donde debería reinar la convergencia en la diversidad. La diversidad coordinada que construye proyectos políticos, no la anarquía que explota las diferencias sólo para generar el caos y facilitar la derrota.

El rezago del posicionamiento del liberalismo en América Latina no está en el terreno de la práctica, sino en el de la teoría, que nos entretiene en las sesudas reuniones de hoteles lujosos o de charlas de café, pero que son absolutamente irrelevantes para el votante común de cualquiera de nuestros países. Así tenemos la paradoja que la gente puede pensar como nosotros pero no quiere que se les identifique con nosotros. Nos hemos convertido en marginales, mientras que la convocatoria política, imprescindible para la construcción de partidos políticos liberales potentes – i.e. que ganen elecciones – requiere que seamos convincentes, con capacidad de atractivo de amplias masas de votantes y así, salgamos del ghetto.

De hecho, algunos liberales han hecho un flaco favor a la doctrina con una defensa de utopías de libro de texto antiguo, consintiendo el avance del socialismo en los gobiernos y en las mentes de los latinoamericanos. Ensimismados en pretendidos purismos ideológicos, relegaron la construcción política para privilegiar sus proyectos de crecimiento personal en el terreno académico que les brindaba los blindajes para escribir y decir, pero nunca para actuar en el terreno del mundo real de las políticas públicas.

Revisados los factores posibles del fracaso del liberalismo latinoamericano, a nivel de configuración de alternativas electorales, es claro que existen vetas de desarrollo ideológico por trabajar y camino por recorrer. Esto implica fortalecer la doctrina y enriquecerla con la adecuación a nuestras realidades. Además, consolidar el mensaje fundamental y hacer docencia de él, no sólo en el trabajo “hormiga” de difusión del liberalismo, sino institucionalmente a través de escuelas populares de gobernabilidad liberal, que permitan formar cuadros de recambio generacional, fortalecer los actuales en formación, construir un espacio de diálogo doctrinal y generar un know how ideológico capaz de sintonizarse con la evolución de nuestros procesos socio-económicos y culturales particulares.

Cumplir este propósito es vital para una auténtica construcción política, pues careciendo de la vocación de docencia política institucional, se carece también de auténticos políticos. Esto marca la diferencia entre los políticos de trascendencia y los oportunistas que sólo se cuelgan de cualquier pista doctrinal, aunque no la conozcan a cabalidad, para tentar un lugar en la burocracia del poder sin otro propósito que el del beneficio personal, apetitos de egocentrismo o de intereses de clan. Los políticos son el elemento final del proceso de consolidación de las opciones políticas y por tanto su importancia es crucial para el éxito del posicionamiento de la doctrina, pues con políticos liberales corruptos o ineptos, la imagen del liberalismo latinoamericano será corrupta e inepta también.

Soy de la opinión que la consistencia del mensaje liberal tiene que fundamentarse en una propuesta que atraviese todo el espectro del desarrollo humano y que trascienda, por tanto, la visión economicista. A tal efecto, es importante consolidar una propuesta que contemple el desarrollo de las libertades en su más amplio sentido, dejando en claro que el individuo esté por encima de cualquier estructura de poder que limite su libertad, sea estatal o privada. Una propuesta que el individuo pueda comprender que va a comprometerse con su bienestar y el de los suyos, sin otro tipo de componendas con intereses que riñen con el bien común. Y además, una propuesta que atraviese transversalmente el tejido social nacional, para que más peruanos la hagan suya. Hay que construirnos un liberalismo al que hay que teñir de cobrizo y que debemos hacer brotar de los Andes, de las selvas y de los arenales. He ahí el reto.

Una propuesta liberal que recoja los principios originarios que animó a los fundadores del liberalismo y a sus más preclaros propulsores, debidamente calibrada y adecuada a la realidad de nuestros países, pero fundamentalmente generadora de desarrollo, es la única que tendrá posibilidad política de amalgamar voluntades y lograr que nuestros ciudadanos la acepten. Y por supuesto, convocando la mayor cantidad de esfuerzos posibles, sin excesivas líneas de separación ni “liberales de primera” ni “liberales de segunda”.

Pienso entonces que, en un esfuerzo por integrar los principios de los fundadores del siglo XVIII, pasando por los nuevos aportes de sus sucesores como los de la denominada escuela austriaca y otros, así como de los manifiestos, declaraciones y proclamas de la Internacional Liberal, sin exclusiones porque aquí no sobra nadie, la propuesta liberal tiene que aterrizar a proposiciones concretas que impacten en el desarrollo de los ciudadanos de nuestros países, de la manera más extensiva posible. Este aterrizaje es imprescindible para calibrar la doctrina a nuestras realidades y trasuntar hacia un mensaje digerible, viable, creíble y realizable en líneas concretas de acción que empiecen por ser asumidos por la RELIAL, y a partir de ella, ser asimilados por los partidos liberales que se puedan formar.

Asimismo, hago un paréntesis y me tomo la libertad de proponer, con la mayor humildad y desde la posición de un simple ciudadano, que las instituciones peruanas que asisten a este importante congreso de la RELIAL, demos una muestra concreta de capacidad de encontrar puentes de entendimiento y suscribamos una declaración de intención de re-fundar, en el más breve plazo y ya en territorio peruano, como corresponde, el proyecto que de una u otra forma, los presentes aquí y otros, impulsamos en su momento en la presente década. Vale decir, el Partido Liberal del Perú, sobre las bases de un ideario que, para no entrar en aguas turbulentas exploradas pero no cartografiadas, se inspiren en los lineamientos que se acuerden para la RELIAL en este evento. A partir de este esfuerzo, si se persiste en continuar a un nivel superior, podremos convocar a otros liberales a unirse a este proyecto en los próximos meses, esperando que figuras prominentes del liberalismo peruano se sumen a este proyecto para coadyuvarlo o para liderarlo, sobre las bases ideológicas y programáticas que se establezcan en esta declaración de intención. Teniendo en cuenta que es claro que el Perú será escenario de una lucha sin cuartel contra el avance del chavismo socialista en las elecciones regionales y municipales de 2010 y en las presidenciales de 2011, resulta particularmente importante trabajar rápidamente en la acción política desde el presente 2008.

Me permito, del mismo modo, una licencia para expresar que me gustaría que la Declaración de Rosario pudiera incluir una posición expresa acerca de los siguientes temas:

  • Apoyo al pueblo y al gobierno colombiano en su lucha contra los terroristas de las FARC y contra los gobiernos totalitarios socialistas que interfieren en la política colombiana y apoyan a estos grupos en América Latina.
  • Rechazo a la intromisión y provocación del gobierno venezolano en el Perú a través de las denominadas “Casas del ALBA” que son centros de adoctrinamiento y de descarada penetración ideológica chavista.
  • Solidaridad con la lucha del pueblo cruceño para obtener su autonomía en el manejo de sus recursos y en respuesta al autoritarismo del gobierno boliviano.
  • Rechazo a la intromisión y violación de los derechos humanos en que está incurriendo el gobierno chino con la población del Tibet.

Volviendo a la esfera latinoamericana, el desafío nos obliga a trabajar ahora, sin prisa pero sin pausa, sin exclusiones y con el convencimiento firme de que sólo esto es probable siempre que aprendamos a tender puentes de entendimiento y desterremos esa idea de que sólo unos pocos son “propietarios” de la doctrina o depositarios del “santo grial” del verdadero liberalismo. Si hay que marcar la diferencia, el estilo también es importante. Y ese estilo tendrá que ser firme pero, a la vez, conciliador e inclusivo. Después de todo, la política es arte de lo posible, lenguaje de los gestos, ciencia del equilibrio de la convivencia social.

Estamos asistiendo a una crisis política profunda en América Latina que se está expresando con fiereza en Bolivia y Venezuela, y un poco menos explosiva, pero siempre potencialmente incendiaria, en Ecuador y Colombia. El Perú no está al margen y ya vimos lo está pasando en países como Argentina, Brasil, Chile e inclusive Uruguay, en donde no existen rechazos categóricos ni deslindes notorios con el chavismo rampante e invasor. La gente pobre es empujada, en su desesperación y en su desesperanza, hacia liderazgos que reviven, insólita y peligrosamente, esperpentos políticos causantes de la actual crisis latinoamericana. No hay más tiempo para continuar con trayectorias erráticas, ni para trazar divisiones irrelevantes ni para hipotecarnos al pasado, sino que se impone comprar futuro.

Aun los enfrentamientos que hemos sostenido entre nosotros y las diferencias que podamos conservar hasta ahora, nos han servido para librar esta lucha. Con perspectiva, debemos verlos como la preparación necesaria para haber afilado las lanzas y poder confrontar al verdadero enemigo. No sobra nadie. Y nadie, por tanto, debe ser sujeto de exclusión ni ha de sentirse excluido. Estamos ante una nueva oportunidad, esta vez, de hacer la diferencia y convertir un interesante encuentro de intercambio académico en una extraordinaria línea de partida para la consolidación de redes de cooperación, puentes de entendimiento y sinergias institucionales. Nosotros podemos decidirlo. Podemos decidir estar a la altura del desafío y situarnos inclusive, por encima de nuestros propios desacuerdos y nuestros propios individualismos mal entendidos. O decidir continuar siendo conservadores de nuestra anomia y levedad en el escenario político latinoamericano de esta hora. Repito que nosotros podemos decidirlo.

Constituye entonces un deber de los liberales latinoamericanos de esta generación consolidar propuestas viables que trasunten la academia y entren a la lucha política concreta, que amalgamen a voluntades diversas y construyan puentes de entendimiento entre los mismos liberales y con aquellos que, aun sin compartir la doctrina, sí pueden trabajar en conjunto sobre bases programáticas serias. Sin soberbias y con mucha capacidad de empatía para construir plataformas que nos permitan ganar elecciones democráticas y enfilar a América Latina sobre un horizonte de quince años con una visión libre y compartida, cuando nuestros países conmemoren el bicentenario de la independencia latinoamericana, conquista liberal por cierto, y que nos marcó como lo que somos hoy.

Cumplamos el deber de mantener el ideal de los fundadores de nuestras repúblicas que nos dejaron en el siglo XIX y asumamos la responsabilidad histórica de la construcción nueva del liberalismo latinoamericano del siglo XXI, precisamente para poder conservarlas como repúblicas viables.


Siempre liberales,

Eugenio D'Medina Lora

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